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jueves, 30 de junio de 2022

ELVIS (Baz Luhrmann, 2022)

 


Fui al cine espoleado por la obligación de ver el biopic del showman más importante de la historia (uno se reserva ciertos placeres para realizarlos como si fueran obligación), pero receloso porque había visto el tráiler y era conocedor de algunos de los intentos perpetrados con anterioridad por el mismo director, pero no quise caer en el desaliento y, a la vista de la duración del film, me planté en la sesión de las 15:45 asumiendo que, en caso de salir las cosas torcidas, siempre me quedaba la oportunidad de echarme una siesta.

Siempre olvido que las salas de cine no son lugares apropiados para dormir si has olvidado los tapones para los oídos, como era mi caso.

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Resumo mucho (sin adentrarme en destripar tramas, ni dedicarme a vendimiar en exceso) afirmando que la película tiene múltiples defectos. Pero concedo al director que nadie va al cine (a estas alturas) para conocer la biografía de Elvis Aaron Presley (Austin Butler), del que, grosso modo, todo es sabido.

Y centrar la trama en el enfoque del Coronel Parker (Tom Hanks) tiene interés; los malos son personajes cautivadores (al menos en la época de la post-verdad). Pero su protagonismo es excesivo; en ocasiones parecía que asistíamos a la biografía de Parker. Y (seguro que mi opinión es compartida), los recuerdos del manager de un cantante tampoco constituyen motivo de peregrinación.

Finalmente: ver, en una pantalla de cine, la vida de un ídolo (muerto) implica que los motivos más sórdidos adquirirán más importancia de la debida, pero una cita de Chesterton previene sobre estos males:

 

“Es una pena que a menudo conozcamos el pasado sólo por el final. Recordamos el ayer sólo por las puestas de sol. Hay muchos ejemplos. Uno es Napoleón. Siempre pensamos en él como un déspota viejo y gordo que gobernó Europa con una despiadada maquinaria militar. Pero ésa fue sólo la 'última fase'. En la época más sorprendente e intensa de su carrera, que fue la que le hizo inmortal, Napoleón era casi un muchacho, y no precisamente un mal muchacho, ambicioso y obstinado, pero sinceramente enamorado y entusiasmado por una causa, la de la justicia e igualdad francesas”.

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Hechas estas salvedades debo reconocer que (expectativas bajas ayudan a una valoración más positiva) la película tiene algunos aciertos.

Y son colosales.

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Lo primero: la Banda Sonora. ¡Claro! El material del artista nacido en Tupelo, Mississippi conforma una de las discografías más extensas y reconocibles. No en vano es el cantante solista que más discos ha vendido.

Lo sigue siendo.

Segundo acierto: se escogen con tino los momentos decisivos de su trayectoria artística y se transmite de forma cristalina la construcción de su música, con tanto acierto que, sin contar ni explicar nada, haciendo sonar la música (y empleando recursos cinematográficos con verdadero oficio), se conecta de manera diáfana con lo que estás oyendo. Siendo la música una forma de arte “natural” (llevamos el ritmo arraigado en nosotros, lo que nos lleva a movernos de manera inconsciente), resulta muy complicado conseguir la asimilación de una evolución; aquí se logra de manera imparable.

 

Rock & roll como fusión de rhythm & blues y góspel.


Comeback Special. Elvis vuelve a actuar con público después de siete años

Debut como músico residente en Las Vegas

 

Son tres secuencias épicas; hacen que te olvides del resto (el excesivo metraje, el excesivo protagonismo del Coronel Parker, el excesivo final, no demasiado morboso) y recuerdas lo que ya sabías antes de decidirte a ir al cine: todo en la vida de este titán debe ser, a la fuerza, excesivo.

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Y concluyes que esta película (para los que nos consideramos inoculados por la música del diablo) es un evento IMPRESCINDIBLE.

 

Coda: evita el tráiler en la medida de tus posibilidades

(Consejo aplicable a cualquier película actual)

 

“Cuando sea peligroso decir algo, cántalo”

 



jueves, 29 de enero de 2015

Cara o cruz

Tengo una importante decisión que tomar.
Se presentan ante mí dos alternativas.
He analizado las posibilidades.
Hice una lista de “pros” y “contras” de ambas opciones.

Pero sigo sin tener ni idea de qué debo hacer.

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He pensado: ¿qué tal si lo decido lanzando una moneda al aire?
A cara o cruz.
Va.
Venga.

"Espero no perder la moneda"

Cuando se trata de una decisión de índole personal, emplear una moneda implica adoptar una doble dosis de humildad. La primera, procede del gesto anticipatorio de aceptación del resultado, sea el que sea, provocado por el pulgar que queda extendido. La segunda, a la obligación de agacharse a recoger la moneda, en un mudo humillado.

Se desconoce la fiabilidad del procedimiento —que se intuye nula, por su talante azaroso—, pero se reconoce la eficacia de la acción combinada de aceptación y humillación.

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El método “cara o cruz” también se emplea para dirimir diferencias: quién saca y quién elige campo en una contienda deportiva; la asignación de turnos en el uso de un objeto compartido entre hermanos; la elección de la lista de reproducción que sonará en el coche —programada en orden aleatorio, en todo caso—.

En estas ocasiones, el azar es un buen predictor y libera al árbitro, padre o chófer de tener que entregar todo su crédito (la auctoritas romana) en procedimientos rutinarios; permite reservarlo para asuntos de enjundia.

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— Me toca a mí montar primero en la bici.
— No. Me toca a mí.
— A mí.
— Que no. Me toca a mí.
(((Cualquier padre asume que este soniquete se prolongará hasta la próxima glaciación)))

— Me toca a mí.
— No. Tú fuiste primero la última vez.
— Que no. Me acuerdo perfectamente.
— Yo sí que me acuerdo perfectamente.
— Me toca a mí.
— A mí.
— A mí.
(((Los casquetes polares empiezan a notar los efectos del deshielo)))

— ¿Qué tal si lo echáis a suertes?
— Jo. Yo siempre pierdo.
— Vale. Lo echamos a cara o cruz.
— Pido cara.
— No vale. La última vez pediste cara.
— Sí. Y perdí.
— Pues no pidas cara.
— Me da suerte.
— La última vez, no. Perdiste.
— ¿Ves cómo la última vez montaste tú primero?
(((Un amigo holandés me llama para avisarme que en Grecia están con el agua al cuello)))

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Tras este interludio, no necesariamente breve, decidimos usar una moneda.
Que, no es necesario explicarlo, debo aportar yo (y que, el que pierda, pretenderá quedársela, a modo de compensación).

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Busco en el bolsillo y encuentro una moneda de 1 €.


Los europeos son unos tipos precavidos. Asumiendo la posible inconveniencia de que las monedas de todo el continente incluyeran un símbolo religioso —pero incapaces de predecir el alcance del cambio en los límites del territorio interior— decidieron sustituir la tradicional cruz por un mapa, que colocaron en el lado al que llamaron reverso. Determinaron que esa imagen fuera común para todo el sistema monetario, permitiendo que en el otro lado, el anverso, cada Estado eligiera la imagen que considerara más representativa.


En España se optó por la efigie de un rejuvenecido JC.

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Las alternativas por las que debemos optar, a la hora de realizar un sorteo, se han transformado.

Ya no se debe elegir a “cara o cruz”; ahora se trata de “cara o mapa”.

El cambio ha sido cosmético: no es que permitan decidir a quién poner en su lugar (o la necesidad de sustituir el sistema político, o económico, por uno nuevo); ni siquiera se considera un acto verdaderamente subversivo nombrar al titular como “cara”.

La consecuencia más relevante es que, recurriendo al azar, se invoca de forma diferente.

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Nuestros vecinos del norte, acostumbrados a las Revoluciones, huyen de la imagen de una cabeza que les recuerda al cesto que ponían a los pies de la guillotina. Su sangrienta historia, que ensalzan cuando la rememoran, les ha hecho cautos, cuando menos. En su lado, en el anverso del que eligen motivo propio, han colocado un árbol y el lema que les hace ponerse firmes.

"Literal: Liberté, Egalité, Fraternité. Árbol hexagonal. RF"
"Interpretación canónica: Lema nacional. Forma del territorio (continental). República Francesa"
"Interpretación icónicaRousseau, Montesquieu, Voltaire. El árbol del ahorcado guillotinado"

Tras la Revolución Francesa y el derrocamiento de Luis XVI en 1789, el terreno quedó abonado para la llegada de un iluminado corso, con nombre de cognac. Empleó como estrategia de reparto la auspiciada por su apellido.

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Los franceses no aprendieron la lección. Casi 200 años después alentaron una nueva revolución, alimentada con ideales de cambio en un mes de mayo del año 1968 que, si se hace caso de las batallitas narradas por españoles, extraña que no se popularizara el flamenco en las calles de París. Todo el que se opusiera al régimen que imperaba aquí, debía acudir a la ciudad de la luz para pedir, comme il faut, que pararán el mundo para poder apearse.

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Me he ido.

Lo sé.

En 2015, año de cambios (todos lo son), debo decidir algo importante. Emplearé mi moneda francesa de 1 € y elegiré entre mapa y árbol. Si lo hiciera optando entre anverso y reverso nunca sabría cuál es cuál.

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Aquí, en España, en 1987, Radio Futura describió la necesidad de buscar alguna luz.

Pongamos la cosa clara
Busquemos alguna luz
Lo echamos a cara o cruz
O lo hacemos por la cara



Creo que en los pasillos del Congreso han escuchado una copia pirata de “La canción de Juan Perro”.


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...