En
la época en que estaba componiendo, preparando y grabando Tea for the Tillerman
(1970), Cat Stevens escribió esta canción que apareció en la película “Harold and Maude” (1971), dirigida por Hal Ashby y que empareja a Harold Chasen (Bud Cort), un joven obsesionado con la muerte, con la mujer de 79
años, Maude (Ruth Gordon). Entre ambos se establece una singular relación en la
que ella le enseña la importancia de vivir la vida exprimiéndola al máximo.
Además
de la música de Stevens, la película está en todas las listas que recogen las
más divertidas de la historia del cine.
*****
Bueno,
si quieres cantar, canta
Y
si quieres ser libre, sé libre
Porque
hay un millón de cosas para hacer
Y
si quieres vivir alto, vive alto
Y
si quieres vivir bajo, vive bajo
Porque
hay un millón de caminos por recorrer
Puedes
hacer lo que quieras, la oportunidad está presente
Y
si encuentras una nueva forma, puedes hacerlo ahora
Puedes
hacer que todo sea verdad, y puedes deshacerlo
Joseph Keefe, Sebastian Keefe, James Buckey &
Christina Schroeter
*****
Segundo
single del segundo LP de esta banda;
la canción que les hizo inmortales.
*****
Déjame
ir
No
quiero ser tu héroe
No
quiero ser un gran hombre
Sólo
quiero pelear con todos los demás
Tu
mascarada
No
quiero ser parte de tu desfile
Todo
el mundo merece la oportunidad
De
caminar junto a todos los demás
Por
supuesto, gran parte de su éxito está asociado a la película “Boyhood”, estrenada en 2014 y rodada
por Richard Linklater entre 2002 y
2013. La película sigue a Mason Evans Jr.
(Ellar Coltrane), sus padres (Patricia Arquette y Ethan Hawke) y su hermana (Lorelei Linklater, hija del director),
con el original planteamiento de aprovechar el desarrollo de sus actores en la
trama de la cinta.
La
canción sonaba en la película, se empleó en el tráiler y
se rodó un nuevo
videoclip (está vez en color) que mezclaba imágenes de la banda y el film.
Fui
al cine espoleado por la obligación de ver el biopic del showman más
importante de la historia (uno se reserva ciertos placeres para realizarlos
como si fueran obligación), pero receloso porque había visto el tráiler y era conocedor de algunos de
los intentos perpetrados con anterioridad por el mismo director, pero no quise
caer en el desaliento y, a la vista de la duración del film, me planté en la
sesión de las 15:45 asumiendo que, en caso de salir las cosas torcidas, siempre
me quedaba la oportunidad de echarme una siesta.
Siempre
olvido que las salas de cine no son lugares apropiados para dormir si has
olvidado los tapones para los oídos, como era mi caso.
*****
Resumo
mucho (sin adentrarme en destripar tramas, ni dedicarme a vendimiar en exceso) afirmando
que la película tiene múltiples defectos. Pero concedo al director que nadie va al cine (a estas alturas) para conocer la biografía de Elvis Aaron Presley (Austin
Butler), del que, grosso modo, todo
es sabido.
Y
centrar la trama en el enfoque del Coronel
Parker (Tom Hanks) tiene interés;
los malos son personajes cautivadores
(al menos en la época de la post-verdad).
Pero su protagonismo es excesivo; en ocasiones parecía que asistíamos a la
biografía de Parker. Y (seguro que mi opinión es compartida), los recuerdos del
manager de un cantante tampoco constituyen
motivo de peregrinación.
Finalmente:
ver, en una pantalla de cine, la vida de un ídolo (muerto) implica que los motivos
más sórdidos adquirirán más importancia de la debida, pero una cita de Chesterton previene sobre estos males:
“Es una pena que a menudo conozcamos el pasado sólo por el
final. Recordamos el ayer sólo por las puestas de sol. Hay muchos ejemplos. Uno
es Napoleón. Siempre pensamos en él
como un déspota viejo y gordo que gobernó Europa con una despiadada maquinaria
militar. Pero ésa fue sólo la 'última fase'. En la época más sorprendente e
intensa de su carrera, que fue la que le hizo inmortal, Napoleón era casi un
muchacho, y no precisamente un mal muchacho, ambicioso y obstinado, pero
sinceramente enamorado y entusiasmado por una causa, la de la justicia e
igualdad francesas”.
*****
Hechas estas salvedades debo reconocer que (expectativas bajas
ayudan a una valoración más positiva)
la película tiene algunos aciertos.
Y son colosales.
*****
Lo primero: la Banda Sonora. ¡Claro! El material del artista nacido
en Tupelo, Mississippi conforma una de las discografías más extensas y
reconocibles. No en vano es el cantante solista que más discos ha vendido.
Lo sigue siendo.
Segundo acierto: se escogen con tino los momentos decisivos de su
trayectoria artística y se transmite de forma cristalina la construcción de su
música, con tanto acierto que, sin contar ni explicar nada, haciendo sonar la
música (y empleando recursos cinematográficos con verdadero oficio), se conecta
de manera diáfana con lo que estás oyendo. Siendo la música una forma de arte “natural” (llevamos el ritmo arraigado
en nosotros, lo que nos lleva a movernos de manera inconsciente), resulta muy
complicado conseguir la asimilación de una evolución; aquí se logra de manera
imparable.
Rock &
roll como
fusión de rhythm & blues y góspel.
Comeback Special. Elvis vuelve a actuar con público después de siete años
Debut como músico residente en Las Vegas
Son tres secuencias épicas; hacen que te olvides del resto (el
excesivo metraje, el excesivo protagonismo del Coronel Parker, el excesivo
final, no demasiado morboso) y
recuerdas lo que ya sabías antes de decidirte a ir al cine: todo en la vida de
este titán debe ser, a la fuerza, excesivo.
*****
Y concluyes que esta película (para los que nos consideramos
inoculados por la música del diablo) es un evento IMPRESCINDIBLE.
Coda: evita el tráiler en la
medida de tus posibilidades
Cada
película de Paul Thomas Anderson es
un acontecimiento.
Recuerda
a directores clásicos; algunos que fueron capaces de dejar una impronta, un
sello personal que, puede que no supieras concretar en qué consistía, pero que
diferenciabas de la mediocridad del resto de coetáneos.
Ahondando
en detalles, él es Cooper Hoffman
(hijo del fallecido Philip Seymour
Hoffman, actor fetiche del director). Ella es Alana Haim, una de las tres hermanas HAIM (sus hermanas mayores, y también sus padres, aparecen en la
película replicando sus relaciones reales).
Ambos
son debutantes, pero están dotados de tanto talento, son tan asombrosamente
naturales, que sostienen el desarrollo de la trama. Todo lo que sucede (y
suceden unas cuantas peripecias) son episodios de su vida y su relación, desde
el momento en que se descubren y se fascinan.
Sus
personalidades son tan deslumbrantes que da gusto verlos, cómo interactúan y
cómo evolucionan conforme el tiempo va pasando en el Valle de San Fernando, en
California, en 1973.
Y
es un placer descubrir que son deslumbrantes porque son extravagantes, nada
anodinos, alejados de afectación o postureo.
Son
deslumbrantes sin tener que ser raros, tortuosos o atormentados.
Hoy
es una novedad gratificante.
Es
una película optimista.
*****
La
música está escogida con verdadero mimo.
Una
canción, incluida en el tráiler y en el metraje, compuesta e interpretada por David Bowie, tiene tanta miga que
merece un tratamiento en detalle.
En
1968, Bowie recibió el encargo de escribir la letra en inglés de una canción
francesa que había tenido éxito.
Se
trataba de “Comme d’habitude”,
de Claude François. La versión de
Bowie fue rechazada y Paul Anka lo volvió
a intentar y escribió, “My Way”, que Frank Sinatra convirtió en un clásico,
versionado por gente tan dispar como Elvis Presley, o Sid Vicious.
*****
No
me quiero perder: el caso es que Bowie, decepcionado y molesto por el éxito de
la otra versión, concibió “Life on Mars?”
como una parodia de la interpretación de Sinatra.
*****
Y
lo que viene a contar es el optimismo y el escape de la realidad que se produce
en una chica que va al cine, o en alguien de “esa incierta edad” que evita enterarse de lo que pasa en Ucrania,
o en Génova, pasando un rato en una sala.
La
celebración de los 25 años de la publicación de Show World fue festejada
por Juanjo Mestre en “Melodías Cósmicas”, tal
y como reseñóExile SH Magazine.
*****
Coincide
el evento con la actuación prevista de esta banda en Gijón, el próximo 12 de
marzo, una vez que la gira europea de 2021 tuviera que cancelarse por motivos fáciles
de adivinar.
Así
que me dispongo a repasar su disco más reciente (7º de estudio) y caigo en la
cuenta de lo discontinuo de la trayectoria de la banda de los hermanos McDonald, Jeff y Steve, consciente
de que optan por la subversión como forma de diversión, pero sin alcanzar
explicaciones para su intermitencia, pese a que esté convencido que no se deba a la influencia de una Organización Internacional (que no voy a nombrar), aunque sea conocedor de que sí lo fue del cambio de nombre (una letra añadida al final y el cambio de una inicial fueron suficientes), descontenta con la apropiación que consideraban fraudulenta cuando al inicio de la carrera la banda se llamaba de manera idéntica a la ONG:
Neurotica (1987)
Third Eye (1990)
Phaseshifter (1993)
Show World (1997)
Researching the Blues (2012)
Hot Issue (2016)
Beyond the Door (2019)
*****
Su
último trabajo se abre con una canción festiva; era el espíritu de (aquel)los
tiempos.
El
rodaje de una película ambientada en la India se complica cuando deciden contratar
a un actor local para interpretar un papel menor.
Todo
irá a peor cuando una confusión le haga ser el invitado extra en el guateque
que organiza el dueño de la productora.
El
tema del que se habían apropiado los hermanos McDonald es el que suena en el
apocalipsis de la fiesta en la que se conocen Hrundi V. Bakshi (Peter
Sellers) y Michèle Monet (Claudine Longet), una inolvidable
locura épica, dirigida por Blake Edwards,
el tipo que, por aquella época, se encamaba con Mary Poppins y Maria Von
Trapp.
No
importa demasiado que destripe su trama, porque:
1
- No la vas a ir a ver
2
- No se trata de “Psicosis”, “El golpe”, “El sexto sentido”, “El club
de la lucha”, o “Sospechosos
habituales”, películas donde un giro argumental inesperado te dejaba con la
mandíbula batiente; los pocos que incluye son predecibles, lo que hace que la
lectura de lo que vendrá no quite alicientes a su visionado
La
película en cuestión se llama “Way Down”,
dirigida por Jaume Balagueró,
protagonizada por Freddie Highmore (ha
tenido que hacer de productor, porque arrastra la alargada sombra del doctor,
más autista que precoz, en “The Good
Doctor” y, de hecho, interpreta a un joven prodigio de 22 años cuando cumplirá
treinta el próximo San Valentín), Lian
Cunningham y una cuota patria que encabeza José Coronado (le roban chocolate de continuo y ya no va con
regularidad al excusado, justificantes suficientes del careto que luce durante
todo el metraje), Luis Tosar y Emilio Gutiérrez Caba (Gobernador del
Banco de España que fuma a escondidas y aguanta que su jefe de seguridad
coronado le solmene un sopapo).
En
fin.
*****
No
lo he dicho todavía pero la película se sitúa en medio (no “a mitad de camino”) entre las de robos y las de descubrimiento de
tesoros mediante la resolución de enigmas históricos, así que Highmore no alcanza
a ser un juvenil Danny Ocean; ni siquiera
se acerca a Benjamin Gates (Nicholas Cage en “La búsqueda”). Simplemente muestra unas dotes que hacen que, con
22 años, las empresas petrolíferas se lo rifen y le hagan ofertas que no le
cuesta lo más mínimo rechazar. Pero una rubia de peluca (Àstrid Bergés-Frisbey) deja a las claras su ingenuidad galopante
enredándole en una trama para la que sólo se necesitan lisonjas.
El
propietario de un negocio de rescate de pecios decide trasladar sus actividades
submarinas a Madrid para ir al Banco de España, “uno de los edificios más impenetrables del
planeta” y, cómo decirlo, penetrarlo, aprovechando la excepcional circunstancia
de que, en esas fechas (¿quién se acuerda ya?) la selección española de fútbol
(¡No! ¡Toda España!) disputa la fase final de la Copa del Mundo en Sudáfrica.
Así
que el día de la final, mientras todos mirábamos el TV y nos concentrábamos
simbólicamente en Cibeles, las cámaras nos miraban a nosotros y dejaban al
edificio carente de protección.
Dudo
que tanta metáfora sea meramente anecdótica.
En
fin.
Antes de que Iniesta marque gol, esta
pandilla será capaz de desvalijar la cámara acorazada.
Eso
pretenden.
No
sólo buscan la solución a un problema, sino que ni siquiera saben cuál es el
problema
Sin
plan B.
*****
Se
ve de forma fugaz, pero he capturado el momento en que se intuye una
inscripción: “Sic parvis magna”.
Es
el lema elegido por Francis Drake,
marino inglés de origen humilde pero dotado de osadía y soberbia, combinación
excelente para medrar en el Nuevo Mundo en el siglo XVI.
“La grandeza nace de
pequeños comienzos”.
Hace
falta tener arrestos para hablar así de uno mismo.
En
la película lo adaptan a sus intereses y lo transforman en “la grandeza se vislumbra en los pequeños detalles”.
Y
esto sí que es un estímulo para que siga profundizando.
Desplegamos
planos (la verdadera esencia de la planificación) y nos ponemos a darle vueltas
al tarro.
Entrarán
por debajo: “hay más túneles bajo Madrid
que calles en la superficie” (por supuesto esto no ocurre en ninguna otra
ciudad del mundo civilizado donde, es bien sabido, las calles se apilan sobre
la superficie dejando una única avenida —muy amplia, eso sí— soterrada). En
todo nos tienen que ganar, los muy gustavomedinas.
Sólo
disponen de un boceto de la cámara acorazada “que hizo un antiguo empleado que pasó unos minutos en la cámara, en
1944”. Unos minutos, ¡pero qué retentiva y qué pulso tenía el tío!
Tienen
también “una especie de grabado. En el
siglo XIX la estética era lo más importante” (no como ahora, que vivimos
encorsetados por el imperio de la ética).
“Iconografía católica.
Probablemente un mártir. ¡Muy español!” (Tosar sabe de qué habla).
Un
par de llaves, una huella dactilar del jefe de seguridad y parece que todo está
hecho.
Pero
no. “La cámara tiene un sistema de
seguridad, que desconocemos. Si no lo desactivamos antes de entrar, no podremos
salir. Ése es el milagro de la ingeniería que tienes que identificar. Y
resolver”.
*****
¡La
leche!
Pues
sí que servimos para algo los españoles.
Tenemos,
de milagro, un ingenio que nadie
conoce.
Y
yo, que estuve una vez de visita en el Banco de España, sé cuál es, porque la
persona que nos guiaba nos lo explicó, abiertamente, sin que transmitiera la
sensación de estar haciendo algo incorrecto o inadecuado.
Nos
lo dijo: el agua.
Claro
que Freddie lo averigua por su cuenta y elabora un sofisticado plan en el que
pone patas arriba todo lo que habían adelantado sus colegas y por eso ya no van
a entrar por debajo, sino por arriba, aprovechando el despropósito de que, por costumbre
española, ante aglomeraciones multitudinarias tengamos la puta manía de enfocar
todas las cámaras de vigilancia hacia el gentío, en lugar de vigilar ventanas,
terrazas o azoteas.
Así
nos azotó el terrorismo sin que aprendiéramos ni una mínima lección de
seguridad.
*****
La
película española de la temporada, una producción internacional en la que no se
han ahorrado costes y que he tenido la desgracia de ver.
Lo
de que no se han ahorrado costes es un hecho: el presupuesto inicial era de
14.025.598 €, algo menos de los 20 millones en los que Coronado valoraba el
tesoro guardado en la cámara. Se detalla en la resolución
definitiva del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA),
en la que se concede un millón de € y se especifica su reparto entre las tres
productoras concurrentes: El tesoro de Drake, I.A.E. (967.500 €), Producciones
Cinematográficas Ciudadano Ciskul, S.L. (2.500 €) y Think Studio, S.L.U. (30.000
€).
Un
sólido argumento: las subvenciones están bien porque se devuelven, “altas en la seguridad social, IVA” y, además,
devuelven relato cultural, “para que los que vengan detrás sean capaces
de entender qué preguntas nos hacíamos en este momento”.
*****
Es
una idea.
¿Se
justifica la concesión a esta película de un
millón de euros con el relato cultural que devuelve?
Veamos:
1
— El rescate del pecio
La
trama inicial en la que recuperaban un tesoro de un barco hundido es un
trasunto del Cisne Negro, el nombre de la operación en la que la empresa
Odyssey descubrió y extrajo 500.000 monedas de oro y plata procedentes de un
naufragio en aguas jurisdiccionales españolas, asunto que en 2008 generó
gran atención y que se
resolvió en un juzgado de Tampa, Florida (donde Odyssey tenía su sede) que
dictaminó que el barco naufragado era español (Nuestra Señora de las Mercedes)
hundido tras ser cañoneado por la flota inglesa, que el tesoro debía devolverse
a España (pese a que quedaron dudas que las 17 toneladas trasladadas desde
Gibraltar fueran el total del material rescatado) y que la empresa Odyssey tuvo
que indemnizar al Estado español con un millón de dólares por los costes
judiciales (una tercera parte de la cantidad reclamada por España).
En
la película el relato lo devuelve Walter
Moreland (Lian Cunningham) y, por supuesto, da verosimilitud a la versión
inglesa, invalidando la postura española, refrendada por la justicia de Estados
Unidos.
2
— La cámara acorazada
Resulta
sonrojante pretender que una cámara acorazada tenga un sofisticado sistema de
seguridad que nadie conoce si, en una visita guiada, el personal del Banco nos
explicó la historia de los dos arroyos subterráneos que alimentan la plaza de
Cibeles y que, en caso de atraco, inundarían la cámara, una historia que he
leído en algún sitio que puede tratarse de una leyenda. Es interesante
algún detalle más de los que se apuntan en ese artículo, pero dejo que vuestra
curiosidad os empuje a seguir buscando (y a que os quedéis mirando a la pared).
En
todo caso, resulta inverosímil que una cámara tan sofisticada, un milagro de la
ingeniería, haya sido construida por no se sabe quién; en el cine parecía que
unos alienígenas se habían confabulado para dejar ahí tal invento, como si
fuera el monolito de 2001.
Y
la pretensión infantil de que no hay planos; tan sólo el esbozo de un empleado
que, en 1944, pasó unos minutos en
la cámara, es insultante, con ese uso limitado del retrovisor que hace que
tengamos que pasar temerosos por la Historia, de puntillas, como sin duda
hicieron los que en su día debieron cruzarse, unos sacando oro y otros
guardando obras de arte del cercano Museo del Prado.
Pagar
un millón de euros nos devuelve el relato de que los logros de nuestros antepasados
son ninguneados pese a reconocerse su mérito. Un despropósito.
Es
significativo que, siendo su título original en España, “Way Down”, se titule en el mercado internacional “The Vault” (“La cámara”). Quizá hubiera estado mejor si hubiera referencias
patrias, “Atraco en Cibeles”, “Golpe al Banco de España”, o “La cámara impenetrable”, pero es
posible que habiendo especificado un título no hubiera opción de cambiarlo. Es
evidente el poco tirón que tiene el elegido. Peor para ellos.
3
— Francis Drake
Esto
es lo que se nos devuelve tras haber abonado un millón de euros a una
productora que tiene la desvergüenza de llamarse El tesoro de Drake, conocedora de que la ignorancia les permitiría
actuar con impunidad.
Drake,
ese sujeto que fue pirata para españoles y nombrado caballero por Isabel I de Inglaterra, con el único
mérito de combatir contra nuestros compatriotas.
El
final de la película es predecible: la banda logra penetrar la cámara, extraer
el tesoro y, en una rocambolesca peripecia que me niego a relatar, el destino
del mismo es, lo juro por Blas de Lezo,
el Banco de Inglaterra.
Hemos
pagado un millón de euros
al descendiente de Drake para que, lo que no consiguió su antepasado, ni la
Odyssey, lo haya logrado el relato
cultural.
Viajo atrás en el tiempo y llegó hasta 1995 para recordar una
película estrenada ese año.
Un canadiense (interpretado por un norteamericano) viaja a París
pero su prometida, una norteamericana que ha solicitado nacionalizarse
canadiense (a la que da vida una muchacha de Connecticut) decide no acompañarle
por su intolerancia a los aviones y la lactosa (luego se sabrá que también a
los franceses). El canadiense descubre el amor en París y, pensando que antes
no le había pasado a nadie, decide casarse con su particular diosa. Su prometida, lejos de dejarlo
pasar, se pone en jarras, rompe la hucha y toma una decisión arriesgada (no es
su convencional modo de actuar): se va a París para luchar por su amor (en
lugar de darse cuenta del cretino que tenía por compañero). En el avión se topa
con un golfo francés (el actor que se pone en su pellejo es de Missouri) que la
utiliza y que le ayuda y que la acompaña mientras expulsa las variedades de
queso francés que la moza ha ingerido, olvidando situaciones similares previas.
Un policía amigo del francés de dedos largos interviene. No es Clouseau (desde
luego). Es un actor nacido en Casablanca, de nacionalidad marroquí (y
francesa), epítome del nuevo (entonces) cine galo. En algún momento, los
protagonistas se separan en la ciudad del amor y, ante una esquiva torre Eiffel
(que ella no logra ver), el director de la cinta decide ambientar el momento
con la canción de un italiano que repite el estribillo en inglés.
Para quien no se haya percatado debo decir que la película es “French Kiss”, dirigida por Lawrence Kasdan. El novio canadiense es
Timothy Hutton (de Malibú,
California); su prometida, aspirante a recibir la ciudadanía canadiense, es Meg Ryan (reina de la comedia
romántica, nacida en Fairfield, Connecticut); el francés buscavidas con el que
se va complicando es Kevin Kline (de
St. Louis, Missouri), el policía parisino es interpretado por Juan Moreno y Herrera-Jiménez, nacido
en Casablanca y nacionalidad marroquí (aunque también responda al nombre de Jean Reno y pueda mostrar un pasaporte
expedido en Francia).
Finalmente la música es de un italiano del Piamonte y, al parecer,
refleja muy bien el momento parisino.
El mundo global se asomaba con fuerza a finales del pasado
milenio.
Película que vi el otro día y en la que me apetece detenerme.
Antes que nada: no voy a poner el tráiler. Acabo de verlo en
YouTube y destripa la trama.
Así que estás avisado: si vas a verla, huye de él.
Una producción de Blumhouse
(responsables de, entre otras, “La purga”),
protagonizada por una estupenda Betty
Gilpin, se trata de una película del género muerte y destrucción, habitual en los estrenos actuales.
El entonces presidente Trump,
tan amigo de pronunciarse públicamente, criticó la película antes de su estreno.
Además de ser una muestra de su preclaridad de ideas, suponía una confirmación
implícita de una de las tesis sobre las que pivota la cinta, pues incluía una
denuncia a la creciente polarización del país en dos bloques enfrentados
(azules y rojos, por los partidos Demócrata y Republicano).
Estaba previsto que se estrenara en septiembre de 2019, pero los
tiroteos de Dayton (9 muertos, 17
heridos) y El Paso (23 muertos, 23
heridos) los primeros días de agosto, hicieron que los planes se vieran
alterados.
Finalmente se estrenó el viernes 13 de marzo de 2020. Menos de una
semana después, los cines empezaron a cerrar a causa de la pandemia y la
película pasó a distribuirse online.
Todo este preámbulo para resumir la trama de forma sucinta: doce
personajes protagonizan un remedo de “Diez
negritos”, la novela de Agatha
Christie en la que tal número de personas enclaustradas van desapareciendo.
Sé que hay otros referentes modernos más ajustados (y reconocibles), pero llevo
un rato tratando de jugar al despiste.
*****
Y he pensado: ¿qué tal si uso la música, tal y como me gusta
hacer?
El tráiler preparado para el estreno programado en 2019 (recuerda,
¡huye de él!), incluía este tema que, sin embargo, no suena en la película.
Es la canción más famosa de una banda de dilatada trayectoria
(siguen tocando), importante en la definición de los cánones del southern rock. Se incluyó en su disco de
debut, cuyo nombre no corresponde a ningún miembro del grupo, sino que se trata
de un afinador de pianos, ciego, de Columbia, la capital del Estado, que había
dejado escrito su nombre en la llave que abría la puerta del almacén donde
ensayaban y, mientras decidían qué nombre elegir, alguno de los componentes de
la banda (es probable que su cantante solista, Doug Gray) se fijó y decidieron que sonaba bien, sin saber que
correspondía a una persona real y, entonces, todavía viva.
Una de las características más singulares es su inicio, con Jerry Eubanks a la flauta.
*****
¿No puedes
ver, Señor, lo que esta mujer me ha estado haciendo?
Se preparó un nuevo tráiler (¡HUYE mucho!) para el estreno de 2020 que, por razones que no acierto a
comprender, incluía una nueva canción, de una chica nacida Maggie Eckford, conocida
(tampoco demasiado, no te vayas a pensar) por su nombre artístico: Ruelle. La letra incluye claves sobre
el desarrollo de la trama; alguien la ha subtitulado lo que me ha ahorrado un
trabajo.
Pero la productora asegura que (salvo el tráiler; recuerda: NO LO VEAS) no hicieron ningún cambio
en la película, ni como resultado de las críticas de Trump, ni como influencia
de los tiroteos, ni para satisfacer el espíritu ocioso que anida en las calenturientas
mentes de los que discurren este tipo de filmes.
Nada.
Impóluto, que diría mi amigo.
Asumo que la confección de tráiler se incluya en un negociado diferente
al rodaje y edición de una película; hay quien asegura que son escuela para cineastas
neófitos; es la posible explicación de que se haya maquetado uno nuevo, que
requiere tomas, montajes, sonidos alternativos.
Siempre hay becarios más hambrientos que tú, por mucho apetito y ansia de
saciarte que seas capaz de mostrar a los que mandan.
Y así, hago uso de ella cuando una música reclama mi atención; lo
que suele suceder a menudo. En “La caza”
pasó en un par de ocasiones.
La primera fue después de que Crystal
(Betty Gilpin) afirmara que procedía de Mississippi. De allí también es Bobbie
Gentry, una cantante, ahora retirada, que puede afirmar sin atribularse que
ella, exactamente ella, fue la
primera mujer en componer y producir su propio material, rompiendo un techo de cristal que, hasta su
fulminante aparición, parecía sólidamente consolidado.
Pero en 1967, justo antes de afrontar el verano del amor, su única
motivación era escribir canciones que vender a otros artistas. Hizo llegar una demo a Capitol y los directivos vieron el potencial del material
entregado. Uno de los temas incluía jerga local, hablaba de comida del terruño
y situaba un emplazamiento que también enseñaba a pronunciar.
¿Quién dijo que la música no podía ser didáctica?
M, I, doble S, I, doble S, I, doble P, I
Justo en medio del cinturón de algodón
Cerca del Delta del Mississippi
El año pasado el cinturón de zarigüeya causaba sensación
El lote también incluía la canción que iría en la cara B del single, que sería preferida por los DJs
de radio, que daría título a su LP de debut, que alcanzaría el #1 en listas y que
convertiría a Gentry en mujer referencial. No sale en la peli, pero los que
seguís Común Sin Sentido sabéis que
adoramos los vericuetos y entraremos a echar un vistazo en esta espléndida historia,
llenos de confianza, sabedores de que nos complace indagar en las cosas que se
cuecen en los sitios y a las personas que conocemos.
Fue el tres de junio, otro somnoliento y polvoriento día en el
Delta. Yo estaba fuera cortando algodón y mi hermano empacaba heno. Paramos a
la hora de la cena y volvimos a casa para cenar. Mamá dio una voz por la puerta
trasera: “no os olvidéis de limpiaros los pies”. Y dijo también: “Tengo
noticias de Choctaw Ridge. Hoy, Billie Joe McAllister se tiró desde el puente
del Tallahatchie”.
Papá le dijo a Mamá, mientras se servía las judías: “Bien, Billie
Joe nunca tuvo un ápice de sentido común; pásame el pan, por favor”. “Hay cinco
acres de los cuarenta de abajo que tengo todavía que arar”. Mamá dijo que era
una vergüenza lo de Billie Joe, de todas formas. “Parece que nada bueno ocurre
nunca en Choctaw Ridge y ahora Billie Joe McAllister se tira desde el puente
del Tallahatchie”.
Mamá me dijo: “niña, ¿qué ha pasado hoy con tu apetito? He
cocinado toda la mañana y no has tocado el plato. ¡Ah!, por cierto, ese
agradable joven predicador, el hermano Taylor, se pasó hoy por aquí, dijo que
le agradaría venir a cenar el domingo. Dijo que vio a una chica muy parecida a
ti en Choctaw Ridge y ella y Billie Joe estaban tirando algo desde el puente
del Tallahatchie”.
Un año ha pasado desde la noticia sobre Billie Joe. Mi hermano se
casó con Becky Thompson y compraron una tienda en Tupelo. Había un virus
rondando y Papá lo cogió y se murió la pasada primavera. Ahora Mamá no parece
querer hacer nada. Y yo paso mucho tiempo cogiendo flores en Choctaw Ridge y
echándolas al agua fangosa desde el puente del Tallahatchie.
Hoy se nos hace imposible pensar que esta historia hubiera podido
ser cantada por alguien que no fuera Bobbie, pese a que ella afirmó que su
pretensión era componer y que tan sólo accedió a interpretarla cuando
comprendió que resultaba más barato que cantara ella, en lugar de contratar
cantantes adicionales.
Como sucede con las obras maestras su importancia puede
comprobarse atendiendo a su influencia. Tony
Joe White escuchó a Bobbie Gentry cantar su Oda y comprendió, al instante, que él también podía hablar de la
vida de su familia, de las cosas que contemplaba de continuo, una
historia que ya relaté antes.
La segunda de las canciones que suenan en “La caza” (te recuerdo que estás leyendo la reseña de una película,
por si lo habías olvidado) está interpretada por Mary Isobel Catherine
Bernadette O’Brien, un nombre demasiado largo para alguien que quiera dedicarse
al mundo del espectáculo (los costes de imprimir los carteles anunciadores se
dispararían), abreviado con acierto a Dusty
Springfield (de pequeña le gustaba jugar en la calle al fútbol, como si
fuera un muchacho más, y no le importaba estar sucia y sudada, llena de polvo.
Cuando formó un trío con su hermano Tom y un amigo lo llamaron The Springfields y los hermanos tomaron
ese apellido para siempre).
Estaba previsto que Dusty editara un tercer disco con Atlantic (tras los éxitos de Dusty
in Memphis, 1969 y A Brand New Me, 1970), pero el proyecto se fue
aplazando hasta su cancelación. Ficha por Philips
y edita un único disco, en el que se mezclan canciones que había ido grabando
para su LP fallido, algunas publicadas como singles
y otras grabadas en Londres, como es la que nos ocupa, que además produjo ella
misma. El carácter poliédrico de la obra (participaron hasta siete productores
diferentes más) condujo a un sonido menos compacto que el aclamado in
Memphis, pero repetir un disco así es difícil y, para quienes primamos las
canciones por encima de los LPs, el resultado era un aliciente por su variedad.
Todo quedó enfatizado por el título, uno de los temas de la cara B. Sólo se
editó en el Reino Unido; lo que dota de un aire de misterio a este singular
trabajo.
La canción, deliciosa, es un ejemplo precoz (y muy ingenuo) de
sororidad.
Sí. No es fácil
Chicas, no es fácil
Mantener satisfecho al hombre que amas
El trabajo de una mujer nunca se termina
Nunca se detiene y sigue y sigue
A veces las cosas se ponen difíciles
Y parece que tu esfuerzo no es suficiente
Tienes que perder el sueño
Siete días a la semana
No es fácil retener a tu lado a quien amas
Para que esté feliz debes estar preparada
Dispuesta a pasar noches solitarias
Tienes que concederle tus favores con comprensión
Cuando comprensión es lo que él necesita
Nos esforzamos en darles respeto
Y todo lo que obtenemos es su arrepentimiento
Pero cuando tienen problemas
Necesitan nuestro amor y cuidado
No importa cuándo tenemos que estar ahí
Tendré que seguir intentándolo entre llantos
Pero el mensaje es completamente inapropiado, al menos para una
película que se resume en un enfrentamiento, a muerte, entre dos mujeres: Betty Gilpin y Hilary Swank.