¿Alguna vez has
dado “me gusta” a un texto que no has
leído, una foto que has mirado al bies, una canción que no has escuchado y ni
siquiera conoces, amparado en un deseo de reciprocidad, sabedor que las
relaciones se alimentan de estas migajas de aceptación que se dan en espera de
ser cobradas?
¿Has subido una
foto, escrito una ocurrencia pasajera, compartido una canción ñoña y resultona,
rebotado un enlace de un artículo demasiado largo y enrevesado para detenerte a
leerlo; y te has quedado oteando, como un halcón, esperando que más y más gente
(hordas desconocidas, ¡cómo os anhelo!) se abalancen en una interacción que,
mal que te pese, es fructífera y satisfactoria?
Una realidad
tiránica, descrita (empleando palabras ilustres) y editada por Santi Alverú, ejerciendo de pope de Yonlok, la revista de la que todavía no me han echado.
El
meollo del asunto. El corazón de todo. El castañazo.
La madre del cordero.
Todo
eso es Ohio: enclave del noroeste americano, centro industrial de primera
magnitud y cuna de presidentes; uno de los estados más ricos y prósperos de
USA.
Delimitado
al sur por el río que le da nombre (el Gran Río, en lengua iroquesa), que
establecía la frontera entre los estados esclavistas y abolicionistas, el agua
marca también su límite norteño. Ontario es el intento canadiense de dar un
lametón, húmedo, empleando el lago Erie a modo de lengua, buscando hacerse
sitio y acomodarse en Ohio.
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En
Fairport Harbor, cerca de Cleveland, un antiguo faro construido en 1871 ha
dejado de operar como tal y han habilitado el lugar como museo. Las bajas
temperaturas hacen que, en ocasiones, se hiele y sea cubierto por gaviotas; una
forma de plantear un intrigante escenario para una trama de Hitchcock.
"Faro helado de Fairport Harbor; lago Erie"
Aquí
dirigiremos nuestros pasos, tratando de desentrañar las claves del enclave.
Uno
de los primeros detalles llamativos es que, su bandera, es la única de todo
Estados Unidos que no tiene forma rectangular; una verdadera rareza.
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Buckeye state
"With God, all things are possible" (Con Dios, todo es posible)
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Capital y ciudades
Columbus es la capital del Estado y,
también, la ciudad más poblada.
Otras poblaciones con más de 50.000 habitantes:
Cleveland, Cincinnati, Toledo, Akron, Dayton, Parma, Canton, Youngstown,
Lorain, Hamilton, Springfield, Kettering, Elyria y Lakewood.
Canción
4 de mayo de 1970. Estudiantes de la Kent State
University se manifiestan contra la invasión americana de Camboya. La
intervención de la Guardia Nacional concluyó con la muerte de cuatro jóvenes: Jeffrey Miller, Allison Krause, William
Schroeder y Sandra Scheuer. El
reportaje publicado por la revista Life,
impresionó profundamente a Neil Young,
que compuso un tema en el que deja claro su repulsa por la actuación, acusando directamente al presidente Nixon. Junto a
la banda con la que trabajaba entonces, CSNY
(formada por David Crosby, Stephen Stills y Graham Nash), dejaron un grito de denuncia en contra de la
violencia gubernamental.
Antes de eso, en noviembre de 1966, se
produjeron los disturbios de Sunset Strip, en Los Angeles, California. Era la
época de esplendor de la psicodelia y el movimiento hippie. Una de las formas
de divertirse consistía en conducir, luciendo coche y actitud, al modo que recogía
“American graffiti”.
Tanto se popularizó esa forma de diversión que el tráfico se colapsaba de forma
continuada. Las autoridades locales, en una de esas decisiones que muestran la
adecuación al puesto de los responsables políticos, decidieron restringir el
tráfico y el estacionamiento en torno a la franja de Sunset Boulevard, donde,
en el cruce con Crescent Heights, se ubicaba el club Pandora’s Box. El corazón de Sunset Strip. Se dio aviso de que se
iba a producir una redada. Una multitud se concentró en el lugar y se detuvo a
cualquiera que estuviera presente, con independencia de que se tratara de Jack Nicholson o Peter Fonda.
Stephen Stills escribió una canción
para el conjunto que lideraba, Buffalo
Springfield, en el que Neil Young tocaba la guitarra. Pese a que
inicialmente no trataba de la guerra de Vietnam, ni de la invasión de Camboya,
ni de la masacre de Kent State, rápidamente se adoptó como canción
protesta. El título ni siquiera aparece en la canción: fue un comentario casual
que Stills hizo a Ahmet Ertegun,
propietario de Atlantic, la editora del disco. “Tengo aquí esta canción, para lo que pueda servir, si la
quieres”.
Incluye uno de los mensajes más
memorables de la música rock:
“Nadie
tiene razón si todo el mundo está equivocado”.
Con interés extra, se enlaza la
actuación original, en directo, en el programa de TV The Hollywood Palace, en la que tras los primeros compases de la
canción presentada, cambian posiciones y repertorio y, sin mediar aviso, Neil
Young toma el centro del escenario para acometer “Mr. Soul”, una canción que la censura no permitía interpretar.
Las tijeras son largas y la mayoría de
vídeos que se encuentran en youtube muestran un montaje con el vídeo de la
primera parte de la actuación y escenas de la matanza de Kent State que se
produciría dos años y medio después.
El resultado: una canción protesta, plenamente
vigente.
Libro
David
Foster Wallace es un
escritor. Para muchos, uno de los grandes. Quizá el escritor más importante de
su generación.
Un tipo interesante, al que resulta
moderno citar. Sus obras (de ficción, periodísticas o ensayos) tienen una vitola
especial que hace que, muchos, le consideren un genio. Algunas extravagancias ayudan
a formar esa consideración: su novela más famosa, “La broma infinita”, se extiende en la edición española durante más
de 1.200 páginas, llenas de notas al pie, tramas y subtramas enrevesadas y
enredadas, con redacciones tortuosas organizadas en frases que avanzan durante
páginas. En sus escritos muestra una capacidad para entrever detalles que pasan
desapercibidos a la mayoría (y es capaz de transmitirlo de forma entendible). Y
cuando fue invitado a hacer el discurso de graduación del Kenyon College, en
2005, dejó una estremecedora reflexión sobre el significado de la compasión, y
de las decisiones que tomamos (muchas veces de forma automática), titulado “Esto es agua”.
La mejor forma de ocupar tus próximos
nueve minutos, si no lo has visto todavía.
No añadiré muchas más cosas: salvo
que, pese a que en su momento no pude apreciarlo, ahora comprendo que el
interés en el proyecto del Gran Ohio
Desértico, era una forma acrónima de revitalizar el motto del estado:
“With G.O.D., all things are possible”
En cualquier caso, estoy contento de haber
eludido mencionar el gusto de DFW por llevar bandanas y de su trágico final,
suicidio mediante.
Una gran novela. Un extraordinario
escritor.
Película
Un tipo con un deshilachado jersey de
rayas horizontales de color rojo y negro. Lleva sombrero y las uñas de su mano
derecha presentan un aspecto descuidado.
Tiene un talante juguetón y, usando el
teléfono, enreda a adolescentes que gustan de darle al pico y sentirse
deseables. Que quizá deban plantearse la conveniencia de acostarse (y dormirse)
a tiempo. Que descubrirán a la fuerza que el sueño puede transformarse en la
mayor de las pesadillas.
En 1984, la película dirigida por Wes Craven, “A nightmare on
Elm Street” (“Pesadilla en Elm street”)
supuso la adquisición inmediata de trastornos adultos, con el insomnio empleado
como forma de evasión, y la carrera hacia delante como única forma de escapar de
un túnel del terror en el que un desconocido te persigue, sin despegarse nunca
de ti. Todo lo que ocurría en la ficticia Springwood, Ohio, alcanzaba cotas
universales por medio de Freddy Krueger
y Robert Englund (el hombre tras la
máscara).
Y su capacidad para multiplicarse en las interminables secuelas.
Serie de TV
Ed
Stevens (Tom Cavanagh) es un abogado que vive en
NY. Su vida es un éxito aparente: trabaja en un gran bufete, está casado y todo
marcha bien. Ha sido capaz de alcanzar el gran sueño americano.
Pero, cosas que pasan, algunos detalles
cobran importancia. En la redacción de un contrato de 500 páginas, Ed se
confunde y olvida poner una coma. Puede parecer un suceso nimio, pero a la
firma le supone 1,6 millones de dólares.
Ed es despedido.
Abatido, vuelve a su casa y encuentra a
su mujer acostada con el cartero. Al margen de la relevancia de si se trata de “el” cartero, como Ed sostiene, o de si
es “un” cartero, como su esposa
defiende, alegando que era una circunstancia accidental que su amante trabajara
para el servicio postal y que lo verdaderamente importante era que su matrimonio
no funcionaba y que ella quería a otra persona (que, por azar, repartía
correspondencia), en lugar de amar a su esposo.
Ed trata de orientar su vida y vuelve
a su ciudad natal, la ficticia Stuckeyville, Ohio, a vivir en casa de su amigo Mike Burton (Josh Randall), enamorarse de una antigua compañera en el Instituto,
Carol Vessey (Julie Bowen; más tarde sería Claire
Dunphy en “Modern family”),
comprar la bolera Stuckeybowl, montar
allí su despacho como asesor legal y, con el tiempo, redescubrir la importancia
de las relaciones de proximidad y la grandeza de las personas con las que,
todos los días, debes convivir y estrechar vínculos.
Una de las series de TV con las que más
he disfrutado.
Visita obligada
Me siento empujado a decirlo, pese a
que sepa que sea evidente: me gusta la música popular. Creo que establece
claves que llegan a todos, de forma directa e intuitiva.
Siendo así, uno de los lugares que
visitaría ineludiblemente, recorriendo Ohio, es el Rock & Roll Hall of Fame.
En Cleveland, al borde del lago Erie. Justo
cuando se acaban de anunciar los nominados
para la ceremonia de 2015: The
Smiths, Lou Reed, Sting, Nine Inch Nails, Green Day,
Bill Withers, The Spinners, Kraftwerk,
Joan Jett & The Blackhearts, The Marvelettes, N.W.A., Stevie Ray Vaughan,
The Paul Butterfield Blues Band, War o Chic.
Te
haces mayor y los médicos deciden qué debes comer, qué ejercicios debes hacer,
qué hábitos son saludables para ti, como si no fueras capaz de imaginar cómo
está organizado el sistema.
Sientes
que formas parte de un grupo de gente que va con chándal y calzado deportivo.
Te fijas y te das cuenta que no se trata de una maratón: es una excursión del
Imserso.
Y
ves a esos jóvenes,
que creen que lo saben todo, que piensan que su juventud les durará siempre y
que muestran desprecio hacia los que encuentran a su alrededor. En ocasiones,
sientes ganas de darles una lección. A uno cualquiera de esos desconsiderados,
esos patanes que creen que lo saben todo. Sientes que serías capaz de mostrarle
que, a tus años, has tenido que acumular paciencia, teniendo que hacer lo que
sentías que debías hacer.
Hall & Oates era una pareja que supo cantar al origen de los
sueños. Aparece en “500 days of summer”,
la película con la mejor banda sonora imaginable.
“Samsara” es un documental que se adjunta completo y del que se ha extraído
el corte dedicado a la industria de la alimentación. Merece la pena verlo en la
versión íntegra.
David Foster Wallace escribió libros y artículos. Sólo pronunció un
discurso, “Esto
es agua”, brillante y esclarecedor.
William
Daron Pulliam fue un cantante soul que, en los ‘70s, actuó en el área de la
bahía de San Francisco, atendiendo al simple nombre de Darondo. Con un registro vocal similar a Al Green, pasó desapercibido, hasta que Jack Peñate versionó su tema “Didn’t I”, en una
adaptación que se mantenía fiel a la sensibilidad de su intérprete original. En
el final del 4º episodio de la 1ª temporada de “Breaking bad”, la canción original pone banda sonora a la
frustración de Walt, en un
incendiario final, en el que muestra su hartazgo, su desesperación y el
desprecio por un imbécil, Ken, que no siempre gana.
*****
Voy
entendiendo las preguntas a las que la serie hace enfrentarse.
La
influencia (ser influyente) vendría a ser la posibilidad de condicionar, con
actos o ideas propias, el comportamiento ajeno.
Ser
influenciable es la permeabilidad a los comportamientos de otros, tomados de
forma individual (adoptando modelos) o colectiva (siguiendo modas).
Todos
somos influyentes. Todos somos influenciables. El asunto está en la medida, en
el rango.
*****
Acabo de terminar “La escoba del
sistema”, primera novela de David
Foster Wallace que, a pesar de la importancia de su autor se mantenía
inédita, hasta su reciente publicación por la independientePálido Fuego. Supongo que, si esto
fuera una crítica, una reseña o un comentario al uso, yo debería hacer una
semblanza biográfica de DFW, explicar la trama, analizar la estructura o
dedicarme a entresacar citas de los momentos más brillantes.
Incluso
recomendar o desaconsejar su lectura.
No
era esa mi intención.
Sí
quisiera detenerme, brevemente, en una escena, a mitad de la novela (pp. 258 y
siguientes), cuando, en el Flange se
conocen Rick Vigorous y Andy ‘Wang-Dang’ Lang. Ambos habían
vuelto, intentando recuperar fugazmente su pasado y, en una conversación que se
prolonga, tienen tiempo para ir encontrando coincidencias en sus experiencias y
en su vida. De alguna manera, van descubriendo las múltiples conexiones que les
unen y, en una repentina inspiración, deciden establecer otra más, nueva.
No
sé si alguien más ha tenido una de esas conversaciones, normalmente bajo la
influencia del alcohol, en la que una charla intrascendente con un desconocido
se convierte poco a poco en un dejà-vu
en el que da la sensación de estar conectado con ese otro, desconocido hasta
ahora, una relación cósmica, que
trasciende los límites de la propia comprensión, a la que, en la nebulosa
etílica, se le concede una relevancia desmedida.
En
el libro la escena se narra espléndidamente.
Porque
DFW escribe muy bien. Maravillosamente bien.
Hacía
mucho tiempo que no disfrutaba tanto leyendo.
*****
Algunas
modas se propagan con increíble rapidez. No sólo se extiende, casi al instante,
lo que se debe ver, oír o leer.
Si
la carta que abre el libro de DFW, fechada el 28 de septiembre de 1985, es
cierta, el libro fue escrito en mi etapa universitaria, cuando estaba en una fase
decisiva en la definición de mi propio carácter. Descubrir hoy, con más de 25
años de retraso que, simultáneamente, alguien estaba escribiendo sobre asuntos
que me preocupaban, me obsesionaban y
que yo consideraba de ámbito personal —mencionaré tres que me sorprendió cómo
eran tratados en el libro y que yo, entonces, percibía como exclusivos: a,
prótesis, b, comportamiento imitativo inducido y c, terapias psicológicas—, me produce
una entendible congoja.
Me
abruma pensar lo que hubiera sucedido si hubiera leído el libro, en la
Universidad, cuando era más influenciable y si, entonces, en lugar de quedarme
con “La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole, como libro para
citar como favorito y —evitando pararme en exceso en las evidentes
coincidencias entre ambos libros, atendiendo al universo interconectado en el
que se producen, en el que una escoba y una cacatúa cobran protagonismo, y el
desdichado final—, hubiera hecho
propia esta obra y hubiera interiorizado matices diferentes a los que, de la
forma que fuera, aquel libro dejó en mí y elucubrar sobre cómo lo hubiera hecho
éste.
*****
Todos
somos influyentes. Todos somos influenciables.
Pero
en este mundo fugaz, instantáneo, hiperconectado, de acontecimientos de alcance planetario, la preocupación
recurrente es que, más que poder llegar a cualquier sitio, pueden llegar hasta
ti, desde cualquier lugar.
O
la tremenda preocupación de que nunca podrás estar verdaderamente solo.
En
su momento descubrí la utilidad a llevar la contraria, eligiendo por lo común,
el camino menos transitado. Hoy me veo contemplando con asombro las rarezas de
los demás.
*****
Escribo
esto llevando puesta mi camiseta de color naranja en la que se lee: “Soy una leyenda urbana”, que alguien me
regaló porque pensó que me iba bien.
La revista Harper's le encargó a David Foster Wallace un artículo sobre su experiencia en un crucero de lujo por el Caribe. Éste es el resultado: un libro tremendamente divertido (y lúcido) que ve donde otros no ven y muestra donde otros prefieren esconder. Especialmente peligroso para leer durante un viaje turístico o de manera previa a emprender uno. Las rarezas y manías de un observador excéntrico (y Wallace lo es) son fácilmente asumibles por sus lectores (máxime si se comparte algún rasgo caracteriológico con el autor).