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domingo, 3 de abril de 2016

Expertos en democracia

Superteam de expertos: Reservoir Dogs + Los Ángeles de Charlie + Jackie Brown
Dicen los expertos —esa parte de la población que se sienta a ver qué nueva soplapollez es capaz de escribir hoy para revolucionar las redes sociales (y no el mundo de verdad)—, que la nueva generación —a la que en vez de sentarla a ver la TV, para que se calle, le han dejado el móvil del abuelo o la tablet de su primo, y que se llama generación Z—, se basa en la búsqueda de la verdad y de la justicia por encima de todo, que dispone de unos valores absolutos en los que la participación ciudadana y la democracia se imponen en cualquier caso. Dicho así, como se ha dicho casi siempre, la nueva generación no será la mierda de las generaciones anteriores —que hemos, por sistema, destruido el mundo—, sino que ellos nos salvarán de ahogarnos en el vómito que hemos provocado con nuestro actuar inconsciente, para no acabar con nosotros como lo hizo con Jimi Hendrix, sino que nos abrirán los ojos legando un mundo mejor que, es evidente, ya ha salido en alguna película infumable de superhéroes.
Con todo, nadie ha sido tan revolucionario como Hendrix, desde que se ahogó en sus excesos.



Esa confianza en lo democrático es un dogma de fe, una gran verdad y un punto innegociable.
Hoy, cuando el rojo ya no está de moda y se convierte en tabú para ideologías, labios o ciclos, es la definitiva línea roja.
Una premisa indiscutible.

En realidad es un arma y, como todas las armas, depende de cómo sea usada.
La democracia actúa de la misma forma que el experimento de Milgram: exime de culpabilidades y lleva a resultados dramáticos.

Algunos ejemplos prácticos:

—En España se decidió hacer una votación democrática y libre para la elección de aquella canción que nos sacara del ostracismo de Eurovisión (que maldita la falta que hacía). Fue un ejemplo de transparencia: mandamos a Rodolfo Chikilicuatre.

—El Reino Unido ha decidido que la nueva joya de la corona naval disponga de un nombre referenciado con los gustos de la mayoría de los votantes y tras censurar la posibilidad de que fuera Blas de Lezo (almirante español cojo, manco y tuerto, apodado “Mediohombre”) aparece con fuerza el intento de llamarlo Rocinante a base de votos y usando las reglas de la democracia como tienen a bien hacer en forocoches.

—Microsoft se ha gastado un buen montón de millones en desarrollar una inteligencia artificial que sea capaz de aprender de los usuarios de twitter para lograr interactuar y copiar los comportamientos humanos pero, a base de aprender, han tenido que cancelar el experimento por convertirse en un personaje racista y nazi, en tiempo record, que expresa ideas, sin valor ninguno (como las muestras de perfume que vienen en las revistas femeninas).

Las consecuencias que aprendemos de ello son que la democracia es un asco, una risotada infumable que se pasan gran parte de los que disfrutan de ella por el arco del Triunfo (por el de la Concordia, en términos Carménicos). Una de las nuevas grandes lacras de las sociedades modernas es que nos salen Trumps, Chiripas, Maduros, LePenes y voceras varios cada elección.
Tuvimos GIL y tuvimos Ruiz-Mateos (pollas), apoyados por una masa rebelde.
Tuvimos, y seguimos teniendo, líderes infumables que ganan una y otra vez cuando su inoperancia y su condición miserable están fuera de toda duda.
Tenemos votaciones en Internet que dan miles de dólares a una ensalada y vídeos con millones de visitas en los que un gato hace una monería.
Tenemos youtubers con millones de seguidores cuya única aportación a la ciencia, la educación o el intelecto es la manera de sobrepasar los límites de la estupidez mientras sus seguidores esperan que lo haga.
Y olvidamos que Ortega y Gasset eran españoles.
Ambos.

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Cada vez que un vídeo de J. Balvin alcanza las cien mil visitas, Dios mata a un músico de verdad.
Y Alborán y Pitingo ni se inmutan.

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La decepcionante verdad es que la democracia y la participación ciudadana generan monstruos.
Lo cierto es que no estamos preparados para esa arma; quizá para ninguna.
La consecuencia es que mientras el mundo esté lleno —cada vez más— de imbéciles, no podemos dejar que las mayorías decidan nuestro futuro porque esto es lo que pasa.
El genocidio de los estúpidos es un argumento, pero no una opción:

Aún estamos a tiempo.

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Vayamos al médico.
Ya no importa que nos diga que debemos dejar de fumar.

“Si los intelectuales de la actualidad esperan lograr la estima de la posteridad,
seguramente se verán obligados a admitir que han sido formados e instruidos
por las pasadas generaciones. Por consiguiente, cuando un autor declara
que no ha logrado aprender nada de los escritos de sus predecesores,
y tal declaración ha sido hecha recientemente, no logrará con semejante manifestación
de imperdonable arrogancia otra cosa que establecer una serie de prejuicios en contra de su trabajo;
porque, ¿qué esperanzas de éxito puede albergar quien hasta ese momento ha marginado
a los más grandes talentos?, ¿o con qué tipo de fuerza especial se cree revestido ese individuo
para poder superar las dificultades que se mostraron invencibles hasta el momento?

El número de aquellos que han sido escogidos por la Providencia para aportar
algo importante a la humanidad es sumamente escaso;
y lo que pudo aportar un solo individuo, por muy brillante que fuera, es muy poco [...].
Comprender las obras de los autores más famosos, saber discernir plenamente
sus métodos y sistemas, y lograr retener y recordar adecuadamente lo aprendido
representa una considerable tarea para las mentes normales”.

Samuel ‘Doctor’ Johnson (Sobre el estudio y el conocimiento, 1753)


domingo, 2 de febrero de 2014

Un (triple) paso atrás

Cada persona construye su pensamiento de forma individual, estructurando de forma única ideas que adquiere por la experiencia, la lectura o la imitación de modelos y referentes.

Uno es lo que cree saber (y lo que cree recordar).

En ese proceso de desarrollo personal, se producen altibajos, normales en cualquier proceso de cambio. No son lineales, ni uniformes.
Pero sí son acumulativos.

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Hoy, domingo radiante, apetecía hacer planes.

Bobby Hebb: “Sunny”


Los británicos, que tienen sus cosas, organizan la semana de forma diferente. Sitúan el domingo en el inicio. Es una condición determinante. Si todo fue bien, que cada día sea como si fuera domingo, es una alegría que hasta el melancólico Morrissey es capaz de apreciar.

Morrissey: “Everyday is like sunday”


Organizamos un plan familiar, basado en tres “P”, modernizando el clásico gastronómico “paella, pollo, pasteles” (sabiendo que no lo resistiríamos), suponiendo, ingenuos, que sí podríamos superar una dieta de “paseo, prole, periódicos”.

No puedo objetar nada a los dos primeros, pero la lectura del periódico, me convenció de que siempre hay tres patas para un banco, que, como en un proceloso piélago polinesio, deben producir un efecto combinado: hoy se trata de un tufo que se percibe pronto, una pestilencia, un hedor putrefacto.

“Algo huele a podrido en Dinamarca”.

"Algo huele a podrido" Ilustración: Borja Montoro

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Un juego que recuerdo haber practicado: preguntabas a alguien qué significaba ese dicho y, como cuesta admitir que se desconoce la respuesta, todos se aventuraban a dar la primera contestación que les pasaba por la cabeza. Hoy, perdería parte de su gracia; todo el mundo cuenta con conexión instantánea. Hay quien en su móvil se ha puesto enlace directo a la wikipedia y al diccionario de la RAE, lo que zanja cualquier debate de forma fulminante.

Pero, en una caverna, sin WiFi, como postulado inicial, se obtendrían respuestas dispares:

Un programa de la MTV.
Un blog de política.
El último libro de relatos de Agustín Fernández Mallo.

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Hoy, es la sensación que me queda —un pegadizo y pestilente olor putrefacto—, tras leer el periódico que, por última vez, se publica con Pedro J. Ramírez al frente de la orquesta.

Sé que no me será suficientemente agradecido, pero he tenido el valor de leerme, al completo, la postrera Carta del Director, en la que, era sabido, explicaría a su modo la historia reciente de España, atravesada por su figura, más caballeresca que triste, en una crónica tan matizada y llena de postureo como se había vaticinado. Vi también, en su momento, el meeting con el que se despidió de su redacción.

Paso por encima de su tramposa forma de hacer cuentas, dando “las gracias de corazón a todos esos españoles que han abierto casi catorce mil millones de veces un periódico con mi firma” (sin plantearse, siquiera, que hubiera podido realizarse, al menos en una parte, “a pesar de ello”), sin detenerme en su idea falaz de que, siendo un cambio necesario, todo seguirá siendo lo mismo, de la mano de Casimiro García Abadillo, el nuevo director, quien “tiene muchas de mis virtudes y pocos de mis defectos” y, omito analizar en profundidad su metáfora de la orquesta y los músicos, toda vez que intuyo que su pretensión era la de figurar, él mismo, como un artista, vestido de frac, batuta en mano, como muestra la ilustración de Ricardo Martínez, en la que aparece, no podía ser de otro modo, simbólicamente decapitado.

Entre alguna cita ajena (tan variopintas como Juvenal, John Adams y Alaska y Dinarama), y muchas propias, me quedo con la siguiente:

“Lo he dicho siempre: el periodismo es una forma de vida que adquiere valor en sí misma. La forma de vida más digna y emocionante a la que cabe dedicar el tiempo de cada uno en esta tierra”.

Con un par.

Anuncia, de todas formas, en un tono que se percibe amenazante, sus proyectos futuros, entre los que estarán sus cartas dominicales, “bajo un nuevo epígrafe y en una ubicación distinta”.

La coincidencia con Luis María Anson, el cadáver de otro director de rotativos, hará que El Mundo adquiera, al menos durante un día a la semana, el destino final de cualquier diario: “envolver pescado podrido”.

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Aliviado, termino la lectura de la carta y miro la columna derecha de la página 3, donde se incluyen los editoriales. El tercero de ellos reclama mi atención.

El ‘psicólogo’ que cambió la historia

Miro preocupado, tratando de saber de qué compañero de titulación hablan.
El antetitular, en tipo más pequeño, lo aclara.

Fallece Luis Aragonés, referente del fútbol español de los últimos 40 años

Más adelante, se mencionan algunos de los episodios más destacados de su trayectoria como entrenador, de sus métodos de trabajo (los que justificarían la utilización del calificativo) y sus enfrentamientos con algunos jugadores: Romario, José Antonio Reyes, Eto’o.

Una filosofía vital (más que una psicología): “y ganar, y ganar, y ganar, y después ganar. Eso es el fútbol”. Una idea, preocupante siempre, de que el fin justifica los medios, refrendada en una cita que no he visto, pero que recuerdo, en la que afirmaba que “este partido hay que ganarlo, por lo civil, o por lo criminal”.

Un tipo singular, inolvidable, que justifica que hoy, 25 años después, entienda el verdadero significado de las palabras de ella, cuando decía tajante que “serás licenciado en Psicología, pero tú no serás psicólogo en la p**a vida”.

No es, desde luego, el tipo de psicología con el que yo quiera identificarme. Me parece una forma podrida de despedir a un futbolista, a un entrenador, a alguien que desempeñó, con pasión y éxitos, su labor profesional.

Pero no era psicólogo.

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Y, tras periodistas cesados y falsos psicólogos, queda una tercera “P” en la que apoyar mi tesis del estado de podredumbre en que nos encontramos, el que hace que algo huela mal aquí: el Plan de formación (una ramificación política).

No hablo de aquellos en los que participan empresarios y sindicatos. Pienso en los que se perfilan para los jóvenes, mucho más determinantes para nuestro futuro (y el suyo). Esa ley de Educación que se aprobará que, según resumía alguien hace unos días, se trata, básicamente, de “los mismos perros, con distintos collares (pero libros nuevos)”.

Cambios cosméticos (nominales) que, ni buscan un cambio profundo, ni cuentan con consenso inicial. Se cumple el precepto: “Nuevo Gobierno, nueva Ley de Educación”.

Se marca como objetivo prioritario una orientación hacia el mercado laboral, usando como elemento primordial la “empleabilidad”, en un discurso utilitarista, apoyado en la convicción de que la gente —las masas, según Ortega y Gasset—, sean considerados recursos, reemplazables sin escrúpulos, como explica Michela Marzano en su ensayo esencial “Programados para triunfar”.

Junto a mi amigo Johnny fantaseábamos con la posibilidad de que se incluyera una asignatura obligatoria para enseñar a los jóvenes a conocer la música rock. No dudo de la importancia de estudiar a Bach, Vivaldi o Mozart (recordando a Fernando Argenta, recientemente fallecido), pero, con toda seguridad, conocer a los Stones, Beatles o Sam Cooke, les producirá mayor impacto y favorecerá el desarrollo de mejores personas.

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Pero no interesa el desarrollo de personas completas, formadas, con criterio propio.
Que busquen saciar sus conocimientos en las fuentes (originales).
Que cumplan con el mandato reiterado de Gustavo Bueno en sus magistrales clases: “lean, hombre, lean”.

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Algo seguirá oliendo a podrido en Dinamarca, siempre, mientras todo siga siendo lo mismo.

Para salir de esta locura, deberemos dar un paso adelante.

Madness: One step beyond


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Dejo como tarea irresuelta la aclaración exacta del origen de la cita.

Actualización (19:30)

Claro que me acabo de enterar que hoy es el día de la marmota. Eso lo explica TODO.

(Gracias a RV)

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...