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sábado, 11 de diciembre de 2021

Subvenciones, relatos culturales y otros expolios

 

AVISO:

SE INCLUYEN SPOILERS

 

Hablaré de una película (española) de este año.

No importa demasiado que destripe su trama, porque:

1 - No la vas a ir a ver

2 - No se trata de “Psicosis”, “El golpe”, “El sexto sentido”, “El club de la lucha”, o “Sospechosos habituales”, películas donde un giro argumental inesperado te dejaba con la mandíbula batiente; los pocos que incluye son predecibles, lo que hace que la lectura de lo que vendrá no quite alicientes a su visionado

 

La película en cuestión se llama “Way Down”, dirigida por Jaume Balagueró, protagonizada por Freddie Highmore (ha tenido que hacer de productor, porque arrastra la alargada sombra del doctor, más autista que precoz, en “The Good Doctor” y, de hecho, interpreta a un joven prodigio de 22 años cuando cumplirá treinta el próximo San Valentín), Lian Cunningham y una cuota patria que encabeza José Coronado (le roban chocolate de continuo y ya no va con regularidad al excusado, justificantes suficientes del careto que luce durante todo el metraje), Luis Tosar y Emilio Gutiérrez Caba (Gobernador del Banco de España que fuma a escondidas y aguanta que su jefe de seguridad coronado le solmene un sopapo).

En fin.

*****

No lo he dicho todavía pero la película se sitúa en medio (no “a mitad de camino”) entre las de robos y las de descubrimiento de tesoros mediante la resolución de enigmas históricos, así que Highmore no alcanza a ser un juvenil Danny Ocean; ni siquiera se acerca a Benjamin Gates (Nicholas Cage en “La búsqueda”). Simplemente muestra unas dotes que hacen que, con 22 años, las empresas petrolíferas se lo rifen y le hagan ofertas que no le cuesta lo más mínimo rechazar. Pero una rubia de peluca (Àstrid Bergés-Frisbey) deja a las claras su ingenuidad galopante enredándole en una trama para la que sólo se necesitan lisonjas.

*****

Puedes comprobar que no exagero echando un vistazo al tráiler.

 

El propietario de un negocio de rescate de pecios decide trasladar sus actividades submarinas a Madrid para ir al Banco de España, “uno de los edificios más impenetrables del planeta” y, cómo decirlo, penetrarlo, aprovechando la excepcional circunstancia de que, en esas fechas (¿quién se acuerda ya?) la selección española de fútbol (¡No! ¡Toda España!) disputa la fase final de la Copa del Mundo en Sudáfrica.

Así que el día de la final, mientras todos mirábamos el TV y nos concentrábamos simbólicamente en Cibeles, las cámaras nos miraban a nosotros y dejaban al edificio carente de protección.

Dudo que tanta metáfora sea meramente anecdótica.

En fin.

Antes de que Iniesta marque gol, esta pandilla será capaz de desvalijar la cámara acorazada.

Eso pretenden.

No sólo buscan la solución a un problema, sino que ni siquiera saben cuál es el problema

Sin plan B.

*****

Se ve de forma fugaz, pero he capturado el momento en que se intuye una inscripción: “Sic parvis magna”.

Es el lema elegido por Francis Drake, marino inglés de origen humilde pero dotado de osadía y soberbia, combinación excelente para medrar en el Nuevo Mundo en el siglo XVI.

“La grandeza nace de pequeños comienzos”.

Hace falta tener arrestos para hablar así de uno mismo.

En la película lo adaptan a sus intereses y lo transforman en “la grandeza se vislumbra en los pequeños detalles”.

Y esto sí que es un estímulo para que siga profundizando.

Necesito más. Quiero un nuevo tráiler.

Desplegamos planos (la verdadera esencia de la planificación) y nos ponemos a darle vueltas al tarro.

Entrarán por debajo: “hay más túneles bajo Madrid que calles en la superficie” (por supuesto esto no ocurre en ninguna otra ciudad del mundo civilizado donde, es bien sabido, las calles se apilan sobre la superficie dejando una única avenida —muy amplia, eso sí— soterrada). En todo nos tienen que ganar, los muy gustavomedinas.

Sólo disponen de un boceto de la cámara acorazada “que hizo un antiguo empleado que pasó unos minutos en la cámara, en 1944”. Unos minutos, ¡pero qué retentiva y qué pulso tenía el tío!

Tienen también “una especie de grabado. En el siglo XIX la estética era lo más importante” (no como ahora, que vivimos encorsetados por el imperio de la ética).

“Iconografía católica. Probablemente un mártir. ¡Muy español!” (Tosar sabe de qué habla).

Un par de llaves, una huella dactilar del jefe de seguridad y parece que todo está hecho.

Pero no. “La cámara tiene un sistema de seguridad, que desconocemos. Si no lo desactivamos antes de entrar, no podremos salir. Ése es el milagro de la ingeniería que tienes que identificar. Y resolver”.

*****

¡La leche!

Pues sí que servimos para algo los españoles.

Tenemos, de milagro, un ingenio que nadie conoce.

Y yo, que estuve una vez de visita en el Banco de España, sé cuál es, porque la persona que nos guiaba nos lo explicó, abiertamente, sin que transmitiera la sensación de estar haciendo algo incorrecto o inadecuado.

Nos lo dijo: el agua.

Claro que Freddie lo averigua por su cuenta y elabora un sofisticado plan en el que pone patas arriba todo lo que habían adelantado sus colegas y por eso ya no van a entrar por debajo, sino por arriba, aprovechando el despropósito de que, por costumbre española, ante aglomeraciones multitudinarias tengamos la puta manía de enfocar todas las cámaras de vigilancia hacia el gentío, en lugar de vigilar ventanas, terrazas o azoteas.

Así nos azotó el terrorismo sin que aprendiéramos ni una mínima lección de seguridad.

*****

La película española de la temporada, una producción internacional en la que no se han ahorrado costes y que he tenido la desgracia de ver.

Lo de que no se han ahorrado costes es un hecho: el presupuesto inicial era de 14.025.598 €, algo menos de los 20 millones en los que Coronado valoraba el tesoro guardado en la cámara. Se detalla en la resolución definitiva del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), en la que se concede un millón de € y se especifica su reparto entre las tres productoras concurrentes: El tesoro de Drake, I.A.E. (967.500 €), Producciones Cinematográficas Ciudadano Ciskul, S.L. (2.500 €) y Think Studio, S.L.U. (30.000 €).

*****

Ya nos dejó claro Leticia Dolera que no está mal la política de la subvención; está mal la política de la corrupción.

Un sólido argumento: las subvenciones están bien porque se devuelven, “altas en la seguridad social, IVA” y, además, devuelven relato cultural, “para que los que vengan detrás sean capaces de entender qué preguntas nos hacíamos en este momento”.

*****

Es una idea.

¿Se justifica la concesión a esta película de un millón de euros con el relato cultural que devuelve?

 

Veamos:

 

1 — El rescate del pecio

La trama inicial en la que recuperaban un tesoro de un barco hundido es un trasunto del Cisne Negro, el nombre de la operación en la que la empresa Odyssey descubrió y extrajo 500.000 monedas de oro y plata procedentes de un naufragio en aguas jurisdiccionales españolas, asunto que en 2008 generó gran atención y que se resolvió en un juzgado de Tampa, Florida (donde Odyssey tenía su sede) que dictaminó que el barco naufragado era español (Nuestra Señora de las Mercedes) hundido tras ser cañoneado por la flota inglesa, que el tesoro debía devolverse a España (pese a que quedaron dudas que las 17 toneladas trasladadas desde Gibraltar fueran el total del material rescatado) y que la empresa Odyssey tuvo que indemnizar al Estado español con un millón de dólares por los costes judiciales (una tercera parte de la cantidad reclamada por España).

En la película el relato lo devuelve Walter Moreland (Lian Cunningham) y, por supuesto, da verosimilitud a la versión inglesa, invalidando la postura española, refrendada por la justicia de Estados Unidos.

 

2 — La cámara acorazada

Resulta sonrojante pretender que una cámara acorazada tenga un sofisticado sistema de seguridad que nadie conoce si, en una visita guiada, el personal del Banco nos explicó la historia de los dos arroyos subterráneos que alimentan la plaza de Cibeles y que, en caso de atraco, inundarían la cámara, una historia que he leído en algún sitio que puede tratarse de una leyenda. Es interesante algún detalle más de los que se apuntan en ese artículo, pero dejo que vuestra curiosidad os empuje a seguir buscando (y a que os quedéis mirando a la pared).

En todo caso, resulta inverosímil que una cámara tan sofisticada, un milagro de la ingeniería, haya sido construida por no se sabe quién; en el cine parecía que unos alienígenas se habían confabulado para dejar ahí tal invento, como si fuera el monolito de 2001.

Y la pretensión infantil de que no hay planos; tan sólo el esbozo de un empleado que, en 1944, pasó unos minutos en la cámara, es insultante, con ese uso limitado del retrovisor que hace que tengamos que pasar temerosos por la Historia, de puntillas, como sin duda hicieron los que en su día debieron cruzarse, unos sacando oro y otros guardando obras de arte del cercano Museo del Prado.

Pagar un millón de euros nos devuelve el relato de que los logros de nuestros antepasados son ninguneados pese a reconocerse su mérito. Un despropósito.

Es significativo que, siendo su título original en España, “Way Down”, se titule en el mercado internacional “The Vault” (“La cámara”). Quizá hubiera estado mejor si hubiera referencias patrias, “Atraco en Cibeles”, “Golpe al Banco de España”, o “La cámara impenetrable”, pero es posible que habiendo especificado un título no hubiera opción de cambiarlo. Es evidente el poco tirón que tiene el elegido. Peor para ellos.

 

3 — Francis Drake

Esto es lo que se nos devuelve tras haber abonado un millón de euros a una productora que tiene la desvergüenza de llamarse El tesoro de Drake, conocedora de que la ignorancia les permitiría actuar con impunidad.

Drake, ese sujeto que fue pirata para españoles y nombrado caballero por Isabel I de Inglaterra, con el único mérito de combatir contra nuestros compatriotas.

El final de la película es predecible: la banda logra penetrar la cámara, extraer el tesoro y, en una rocambolesca peripecia que me niego a relatar, el destino del mismo es, lo juro por Blas de Lezo, el Banco de Inglaterra.

 

Hemos pagado un millón de euros al descendiente de Drake para que, lo que no consiguió su antepasado, ni la Odyssey, lo haya logrado el relato cultural.

 

¡Pero mira que somos gilipollas!

domingo, 3 de abril de 2016

Expertos en democracia

Superteam de expertos: Reservoir Dogs + Los Ángeles de Charlie + Jackie Brown
Dicen los expertos —esa parte de la población que se sienta a ver qué nueva soplapollez es capaz de escribir hoy para revolucionar las redes sociales (y no el mundo de verdad)—, que la nueva generación —a la que en vez de sentarla a ver la TV, para que se calle, le han dejado el móvil del abuelo o la tablet de su primo, y que se llama generación Z—, se basa en la búsqueda de la verdad y de la justicia por encima de todo, que dispone de unos valores absolutos en los que la participación ciudadana y la democracia se imponen en cualquier caso. Dicho así, como se ha dicho casi siempre, la nueva generación no será la mierda de las generaciones anteriores —que hemos, por sistema, destruido el mundo—, sino que ellos nos salvarán de ahogarnos en el vómito que hemos provocado con nuestro actuar inconsciente, para no acabar con nosotros como lo hizo con Jimi Hendrix, sino que nos abrirán los ojos legando un mundo mejor que, es evidente, ya ha salido en alguna película infumable de superhéroes.
Con todo, nadie ha sido tan revolucionario como Hendrix, desde que se ahogó en sus excesos.



Esa confianza en lo democrático es un dogma de fe, una gran verdad y un punto innegociable.
Hoy, cuando el rojo ya no está de moda y se convierte en tabú para ideologías, labios o ciclos, es la definitiva línea roja.
Una premisa indiscutible.

En realidad es un arma y, como todas las armas, depende de cómo sea usada.
La democracia actúa de la misma forma que el experimento de Milgram: exime de culpabilidades y lleva a resultados dramáticos.

Algunos ejemplos prácticos:

—En España se decidió hacer una votación democrática y libre para la elección de aquella canción que nos sacara del ostracismo de Eurovisión (que maldita la falta que hacía). Fue un ejemplo de transparencia: mandamos a Rodolfo Chikilicuatre.

—El Reino Unido ha decidido que la nueva joya de la corona naval disponga de un nombre referenciado con los gustos de la mayoría de los votantes y tras censurar la posibilidad de que fuera Blas de Lezo (almirante español cojo, manco y tuerto, apodado “Mediohombre”) aparece con fuerza el intento de llamarlo Rocinante a base de votos y usando las reglas de la democracia como tienen a bien hacer en forocoches.

Microsoft se ha gastado un buen montón de millones en desarrollar una inteligencia artificial que sea capaz de aprender de los usuarios de twitter para lograr interactuar y copiar los comportamientos humanos pero, a base de aprender, han tenido que cancelar el experimento por convertirse en un personaje racista y nazi, en tiempo record, que expresa ideas, sin valor ninguno (como las muestras de perfume que vienen en las revistas femeninas).

Las consecuencias que aprendemos de ello son que la democracia es un asco, una risotada infumable que se pasan gran parte de los que disfrutan de ella por el arco del Triunfo (por el de la Concordia, en términos Carménicos). Una de las nuevas grandes lacras de las sociedades modernas es que nos salen Trumps, Chiripas, Maduros, LePenes y voceras varios cada elección.
Tuvimos GIL y tuvimos Ruiz-Mateos (pollas), apoyados por una masa rebelde.
Tuvimos, y seguimos teniendo, líderes infumables que ganan una y otra vez cuando su inoperancia y su condición miserable están fuera de toda duda.
Tenemos votaciones en Internet que dan miles de dólares a una ensalada y vídeos con millones de visitas en los que un gato hace una monería.
Tenemos youtubers con millones de seguidores cuya única aportación a la ciencia, la educación o el intelecto es la manera de sobrepasar los límites de la estupidez mientras sus seguidores esperan que lo haga.
Y olvidamos que Ortega y Gasset eran españoles.
Ambos.

*****

Cada vez que un vídeo de J. Balvin alcanza las cien mil visitas, Dios mata a un músico de verdad.
Y Alborán y Pitingo ni se inmutan.

*****

La decepcionante verdad es que la democracia y la participación ciudadana generan monstruos.
Lo cierto es que no estamos preparados para esa arma; quizá para ninguna.
La consecuencia es que mientras el mundo esté lleno —cada vez más— de imbéciles, no podemos dejar que las mayorías decidan nuestro futuro porque esto es lo que pasa.
El genocidio de los estúpidos es un argumento, pero no una opción:

Aún estamos a tiempo.

*****

Vayamos al médico.
Ya no importa que nos diga que debemos dejar de fumar.

“Si los intelectuales de la actualidad esperan lograr la estima de la posteridad,
seguramente se verán obligados a admitir que han sido formados e instruidos
por las pasadas generaciones. Por consiguiente, cuando un autor declara
que no ha logrado aprender nada de los escritos de sus predecesores,
y tal declaración ha sido hecha recientemente, no logrará con semejante manifestación
de imperdonable arrogancia otra cosa que establecer una serie de prejuicios en contra de su trabajo;
porque, ¿qué esperanzas de éxito puede albergar quien hasta ese momento ha marginado
a los más grandes talentos?, ¿o con qué tipo de fuerza especial se cree revestido ese individuo
para poder superar las dificultades que se mostraron invencibles hasta el momento?

El número de aquellos que han sido escogidos por la Providencia para aportar
algo importante a la humanidad es sumamente escaso;
y lo que pudo aportar un solo individuo, por muy brillante que fuera, es muy poco [...].
Comprender las obras de los autores más famosos, saber discernir plenamente
sus métodos y sistemas, y lograr retener y recordar adecuadamente lo aprendido
representa una considerable tarea para las mentes normales”.

Samuel ‘Doctor’ Johnson (Sobre el estudio y el conocimiento, 1753)


lunes, 22 de diciembre de 2014

La imparcialidad


Borges cuenta en un libro extraordinario, y sumamente raro, que escribió su amigo Adolfo Bioy Casares, un episodio en la Universidad de Oxford que leí pensando en el proceso independentista catalán”.

Puede parecer una forma intrincada de escribir una frase. Pero tiene el valor del argumentum ad verecundiam, o recurso a la autoridad. Iniciar un escrito apelando a Borges es buscar un sólido sustento.

“En este diario también abundan las observaciones, casi siempre ácidas, sobre la forma de ser de los argentinos, de los españoles y del mundo hispano en general que él, que era un anglófilo declarado, veía lleno de carencias y defectos. Le parecía, por ejemplo, que los que hablamos en español somos, por motivos culturales que en el fondo son religiosos, mucho más parciales y arbitrarios que los ingleses que observan siempre, en todos los aspectos de la vida, una rigurosa imparcialidad, virtud a la que Borges se refería, con mucha coquetería, en inglés: ‘fair minded’”.

Una morcilla, matizando que los motivos culturales deban ser religiosos.

“A Borges le llama la atención que los nombres de los muertos ingleses están frente a los nombres de los alemanes, también alumnos de Oxford, que murieron en las filas del Ejército enemigo, peleando contra Inglaterra. Borges se pregunta si en los países hispanos seríamos capaces de reconocer, de esa manera tan generosa, a nuestros enemigos”.

No se cansa de hablar de Borges, al que cita hasta diez veces. Es, se me olvidaba mencionarlo, Jordi Soler, escritor que, en El País, con fecha 21 de diciembre, habla de la imparcialidad inglesa.

“Con ganas de hurgar en la naturaleza de este episodio inglés de conmovedora imparcialidad, llegaríamos a la ‘Glorious Revolution’, a la deposición del rey Jacobo y a la democracia parlamentaria que en 1689 produjo un documento donde se establecían los derechos y los deberes del ciudadano común, que entre otras cosas consiguió que los ingleses, desde finales del siglo XVII, tengan conciencia de sí mismos y, sobre todo, de los demás: del otro”.

Ésta sí que parece una característica nacional: aquello de glosar lo extranjero y señalar la podredumbre de lo patrio.

“Esta imparcialidad es el motor de la civilización inglesa y se manifiesta en todos los campos de la existencia, en el debate entre parlamentarios, pero también en las conversaciones privadas y en casi cualquier tipo de relación interpersonal. […] el episodio de Oxford nos invita a pensar sobre la forma de relacionarse con los demás, con el otro, que ha operado en España desde los tiempos del Lazarillo de Tormes; una forma que no consiste, como enseña la imparcialidad inglesa, en ponerse en los zapatos del otro, sino al contrario: en obligar al otro a ponerse nuestros zapatos”.

Ya. Los ingleses han sido siempre conocidos por ponerse en el lugar del otro. Un pueblo que, estando donde estén, consideran extranjeros a los demás, pues ellos siempre actúan como si estuvieran en su casa. Me molesta tener que apuntarlo pero, el único motivo para recordar a los caídos alemanes, es que se trataba de alumnos de Oxford y, por tanto, se les considera “asimilados”.

“Pongamos por caso el proceso independentista catalán, […] redondeado por la descalificación del otro, por el ninguneo y la ridiculización del que tiene ideas distintas […] que mantienen los dos extremos”.

He ahí el lugar al que había que llegar: el proceso catalán.

“Lo que hay frente al proceso independentista […] incapacidad para ponerse en el lugar del otro, es decir, ausencia absoluta de la ‘fair-mindedness’ inglesa”.

Naturalmente; deberíamos aprender de los ingleses y su capacidad para ponerse en el lugar del otro. Es lo que han hecho, durante siglos, en su forma de expandirse: buscar sustituir al otro, esclavizándolo o provocando su exterminio. Los españoles, por su carácter apasionado y carnal, éramos más de provocar el mestizaje.

“…esas escalofriantes fórmulas ibéricas: […] ‘no me va usted a decir a mí’, ‘que te lo digo yo’, ‘quién se cree usted para decirme aquello’”.

Ya no se trata de un asunto hispánico, se ha convertido en ibérico (sin que se sepa que han hecho los portugueses para ser incluidos en el lote). En todo caso, Soler se autoexculpa, dado su origen mexicano.

“…esa falta de respeto por el otro, ese ninguneo, esa incapacidad de ponerse en sus zapatos […] viene […] de que aquí esa reflexión colectiva […] que tuvieron los ingleses […] en el siglo XVII […] llegó con casi 300 años de retraso. Todo lo que hemos tenido durante esos 300 años, se me ocurre especular, es el dogma que imparte la Iglesia católica, el ‘porque te lo digo yo’ que dice el cura, reforzado por los 40 años de ‘no me va usted a decir a mí’ que consolidó el dictador”.

Acabáramos. En todos esos años no ha habido otra influencia en España, más allá de la clerical (como si los ingleses no hubieran tenido que atender al púlpito) o la dictada por el ferrolano. Toda una especulación, Jordi.

“Quien piensa que la independencia está al caer vive en la misma ficción que quien está buscando adónde irse el día que Cataluña se independice de España”.

No hay alternativas; léase y entiéndase que ambas significan lo mismo: Cataluña se independizará de España, “porque te lo digo yo”.

“Esto es lo que hay más allá de la creencia y lo que debería empezar a discutirse, con todos los elementos sobre la mesa, sin las prisas, ni las trampas, que imponen las agendas políticas, sin ese estruendo mediático que obnubila al ciudadano común y no lo deja pensar si de verdad quiere que Cataluña sea un país independiente”.

“No me va usted a decir a mí que no”. Pues, sí, Jordi, majo (pese a que pueda considerarme un ciudadano "común" y no un ser extraordinario, carácter que obtiene alguien por el mero hecho de ser articulista en un periódico global).

Y añado:

Ni los ingleses han considerado nunca al otro como igual (salvo que se tratara de otro inglés, y ni siquiera eso podría afirmarse con convencimiento), ni el uso de anglicismos debe convencernos de la necesidad de convertirnos en angófilos (por mucho que Borges lo fuera).

Y, muy especialmente, escribir un artículo basado en estereotipos, en el que los ingleses (todos los ingleses) son buenos, y los españoles (o hispanos o ibéricos, dependiendo del momento) son todos malos, demuestra una parcialidad arbitraria y chabacana.

*****

Si Blas de Lezo levantara la cabeza…

lunes, 1 de diciembre de 2014

No siempre se gana (Lotería de Navidad 2014, VIII)





*****

El anuncio se asienta en un plano secuencia. Pese a que la cámara hace un travelling circular, permanece centrada en una persona que habla por teléfono. Mantiene un diálogo, pero no escuchamos a su interlocutor.

— Bueno, ¿y sabes lo que me dice el graciosillo éste del gerente del bar?
— …
— Sí, sí. Antonio. El tío éste, grandote.
— …
— El del bar de la esquina.
— …
— Pues nada. Se me pone a lloriquear, a decirme que si ahora le van mal las cosas, que si no tiene dinero y que si me puede pagar el mes que viene. Vamos, como si yo fuera, eso, una ONG.
— …
— No. Claro, claro. Es que es para fliparlo.
— …
— Uh hum…
— …
— No, pero mira: el local éste es bueno. Lo que pasa es que alquilárselo a este hombre, pues ha sido, eso, una equivocación.
— …
— Nada. Hablo yo con un amigo mío que es gestor y, a éste, lo pongo de patitas en la calle. Lo tiramos abajo y, fuera.
— …
— Perdona. Ahora te llamo, ahora te llamo.
Antonio (en la TV): ¡Alegría, alegría!

*****

Un episodio justiciero, en el que se puede apreciar la sombra de Chespirito flotando tras su reciente fallecimiento, el pasado viernes. El espíritu de Roberto Gómez Bolaños estará presente en la deconstrucción de la nueva entrega de la saga, la número ocho.

Síganme los buenos. En esta época, en la que se añoran referentes, destaca sobremanera la irrupción estelar de Antonio, el dueño del bar más afortunado. Lo imaginamos afrontando las dificultades propias de su oficio y, pese a ello, mostrando entereza y generosidad, virtudes que escasean.

Lo sospeché desde un principio. Todo héroe necesita un antagonista al que enfrentarse. El Edward Vernon al que Blas de Lezo debe vencer. En el anuncio de marras se trata de Miguel, al que la cámara sigue mientras conversa. Es personaje secundario de uno de los spots (Llamada), aunque en esa entrega no se vislumbraba su rostro.

No contaban con mi astucia. Miguel contempla en la TV que el Gordo ha caído en el bar de Antonio. Pese a que queda patidifuso por el impacto de la noticia, rápidamente esboza un plan alternativo: llama a Luis, empleado suyo en el banco, para que se acerque hasta el bar, pese a estar de vacaciones, y trate de captar clientes para la oficina.

Se me chispoteó. Quizá sea cierto que el protagonista de este anuncio no sea el mismo que el de la llamada, aunque no me negarán que hubiera habido una justicia poética mayor si, el mismo villano, personifica a los que repudiamos por su enorme avaricia: los ricos y los banqueros.

Bueno, pero no se enojen. De la crítica social que la envolvente amaga quedan excluidos políticos y empresarios; una cosa es buscar llegar a la fibra sensible de un país que pasa penurias y, otra muy distinta, es morder la mano que da de comer. No hay que olvidar que, de momento, Loterías y Apuestas del Estado, sigue siendo una organización de titularidad estatal, pública. Depende, pues, de los políticos y se libran de la moralina implícita en toda la saga. También se salvan las grandes corporaciones; sabido es que una de las formas con las que el Estado busca aliviar sus números rojos (sin que les importe a las negras conciencias de los responsables) es privatizarla. Los que tienen dinero, y verdadero poder, están exentos de cualquier crítica a sus aviesas intenciones.

Fue sin querer queriendo. La confusión entre personajes no es casual. La trama está mal perfilada y el guión carece de solidez. Un análisis pormenorizado muestra que el que llama desde el aeropuerto, estaba presente en el primer anuncio, con ese aire lúgubre y siniestro, tal que si se tratara de un enterrador. La cadena de acontecimientos es imposible de dibujar. Imaginemos que se trata del Señor Potter, el acaudalado banquero y propietario al que se enfrenta James Stewart en It’s a wonderful world!. Potter va a iniciar un viaje. Está en la sala del aeropuerto cuando ve a Antonio celebrando que el Gordo haya caído en su bar. Puede tratarse del director de la sucursal del banco del barrio (en cuyo caso sorprende que tenga trato VIP en la sala más exclusiva del aeropuerto) y ha tenido oportunidad de llamar a Luis para que vaya a captar clientes. ¿Qué sentido tiene que haya cancelado su viaje y se haya personado allí? Si, en caso contrario, no es empleado bancario y es, llanamente, un ricachón, ¿qué interés tiene en personarse en el bar, agachar la cabeza y humillarse, cuando el problema que suponía el aplazamiento de un mes en el pago del contrato de arrendamiento ya ha sido resuelto? Y, finalmente, si tiene capacidad para viajar en el tiempo (como sabemos porque llega al bar antes que Manuel, que había llegado sin que hubieran hecho acto de presencia los medios de comunicación y por tanto no había podido ver la retransmisión en la que, primero Manuel y más tarde Antonio saltaban y celebraban con gozo el hecho de ser tan afortunados) o en el espacio (se persona en el bar en un pispás), ¿por qué desaprovecha sus superpoderes esperando en un aeropuerto para terminar compartiendo habitáculo con la plebe, en un viaje que era perfectamente prescindible?

Que no panda el cúnico. Ya sé que son demasiadas preguntas. Haber superado las tres entregas de “Back to the future”, sin que la cabeza haya explotado, no dan inmunidad perpetua.

Y prometí una deconstrucción detallada. No me olvido.

*****



Rápidamente se perfila el escenario en que se desarrolla la acción. A la izquierda se intuye la cola de un avión. Estamos en un aeropuerto. Al fondo, a la derecha, un grupo de secundarios presentan sus señas de identidad: cuatro viajeros y una mujer plantada, tiesa como una vela, con las manos tapando sus vergüenzas y una actitud servicial que, combinadas con su clásico atuendo, permite catalogarla como azafata de tierra. Se orienta hacia el pasajero que lee el periódico, mira el portátil y bebe limonada, cómodamente sentado. Nuestro protagonista habla por el móvil y gesticula. Ocupa el asiento contiguo dejando su gabardina sobre el reposabrazos (estrategia que hará que, con las prisas, olvide cogerla para irse al bar de Antonio). Su postura, escorado hacia la izquierda, muestra el desinterés prototípico de los que no se preocupan de los que tienen cerca. Su preeminencia queda de manifiesto por el lugar preferente que ocupa, con TV para su uso exclusivo.


La azafata se ha vuelto y acude presurosa a cumplir el encargo del tipo que, tendrá dinero y posibilidades para sentarse en la sala VIP, pero muestra poca clase en su vestimenta: no sólo lleva calcetines grises (como chaqueta, pantalones, zapatos y apariencia personal), sino que, además, son cortos. El nefasto resultado es que permite entrever sus canillas. Por otro lado, es evidente que el sorteo de la Lotería está en marcha.


“¡Como si yo fuera una ONG!”. Es evidente que no. El sujeto se ha incorporado, envalentonado hablando por teléfono, con esa actitud altiva de quien careciendo de vida interior, exterioriza sus ocurrencias mientras se muestra en público, con aspavientos, intentando convencerse de su ridícula importancia. Su mano derecha se despacha resuelta. En la izquierda, con la que sujeta el móvil, lleva el reloj y unas pulseras artesanas que compró en su última visita a Ibiza, un gesto para la galería que recuerda al expresidente de bigote entrecano.


El ademán displicente de la diestra se torna en el gesto más empleado en los lunchs que frecuenta, con sus dedos prensiles como garras, dispuestos para pillar cualquier loncha de Jabugo o gamba Orly que ande cerca.


La captura no ha sido nada del otro mundo: la pasta de té que hoy se considera obligatoria como acompañamiento de un café. Incluso en el bar de Antonio.


El status no es una cuestión accidental. Quizá se llegue de forma fortuita pero, si se mantiene, es por una cuestión de supervivencia: “el pez grande se come el chico”. Y por la capacidad de aprovechar sinergias, como emplear la pinza formada por el pulgar y el índice, para convertirlo en el gesto más empleado en cualquier reunión de altos vuelos (“por mis cojones”) o en la taberna del pueblo en el que veraneamos (“arrastro”). De fondo se ve a un par de figurantes, deambulando por la sala como si fueran seguidores de la Santa Compaña, con la gabardina en el antebrazo izquierdo, él, y vigilando la Samsonite que combina con su abrigo, ella, pese a permitirse echar un vistazo superficial al ¡Hola! que han dejado de cortesía en el aparador.

*****

Dejo para el final del análisis el rigor terminológico del menda.
Deja mucho que desear.
Expresiones como “el graciosillo del gerente del bar”, “grandote”, “es que es para fliparlo”, sólo caben en la imaginación de un copy que no haya salido de su casa en años. Que no sepa distinguir entre un potentado y un puñetazo. Que tenga por cierto que la idea “hablar con un amigo mío que es gestor” resulta válida en algún contexto más allá de su escasa imaginación.

Con un trabajo tan apremiado, el suyo y el de toda la productora, que les impida ser congruentes o detectar los errores en la serie de episodios que han montado.

Que no se hayan percatado de que es completamente imposible que, en el mismo minuto, en el mismo canal, puedan hablar, primero Manuel y luego Antonio. Con dos locutores diferentes (la chica de la alcachofa amarilla del primer spot; la mano varonil que sujeta una alcachofa negra, de la competencia, en este penoso anuncio).

Quizá sea que, en TV4, a las 12:27, emitiendo en directo, se haya abierto un hueco para la presencia estelar de Punxsutawney Phil, tarareando I got you babe junto a Sonny & Cher.


*****

Nada. Todo lo resolverá Antonio, diciendo: “alegría, alegría”.
Quizá él si pueda dormir como una marmota.

*****

Otros días anteriores:

Episodio 2 – Si tú supieras
Episodio 3 – El secreto
Episodio 4 – Beautiful
Episodio 5 – Dilo bien
Episodio 6 – Llamada
Episodio 7 – Carpeta
Episodio 8 – No siempre se gana
Episodio 9 – No la pierdas
Extras – Traca final

Tras una breve pausa, el último episodio.
Y un pequeño debate.
Ahora mismo, permanezcan atentos a la pantalla.

Mañana será otro día.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...