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lunes, 11 de abril de 2016

El alocadamente insustancial siglo XX

Firma invitada: Ricardo Villegas, fumadortt

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¿Recuerdas? Nos gustaban los teléfonos cada vez más pequeños. Los auriculares que se metían dentro de las orejas. Hacer el amor con el menor ruido posible, como si tuviéramos que avergonzarnos de ser personas o de tener sueños eróticos. En las películas de los años 70 los niños se avergonzaban de sus erecciones y, en pocos años, los padres subirán fotos de sus primeras erecciones a la plataforma social que esté de moda y retocarán las imágenes para que la tenga más grande, gruesa y erguida que las del vecino.

Aborrezco, literalmente, a las personas que van por la calle hablando al teléfono. No me refiero “con” el teléfono sino “al” teléfono. Me importa una puta mierda su conversación y desconozco el motivo por el que me tiene que interesar. Pueden decir: “me resulta más cómodo”, pero en realidad hay una parte dentro de ellos que les exige, les solicita, les apremia, a demostrar que tienen alguien con quien hablar y que es real; que no se están inventando una conversación con el celular pegado a sus orejas y poniendo cara de interesante. Parece que hay algo dentro del ser humano, que se ha despertado con el siglo XXI, que obliga a exaltar que se tiene una vida, o que se cree que se tiene una vida, como las fotos de Facebook.

Es una cuestión de hacerse notar mucho más allá de hacer. Es una cuestión de marketing continuo, como un político sin ideas que necesita respaldo popular. Es una razón de estar, como aquella chica que insistió en traer el vino, sentarse en el sofá, parecer interesada en la película, buscar una mano entre los cojines, robar un beso, bajarme los pantalones, mostrar lo que eran capaces de extenderse sus pezones y después, cuando captó toda mi atención, irse a su casa de repente. En el fondo, sólo quería sentirse deseada y dormir tranquilamente, agarrada a su ego, al mismo al que no es capaz de enfrentarse.


Tenemos taras. Las tenemos todos. Yo tengo las recopilaciones y hasta una lista de canciones que las incluye. Pero esas taras han empezado a ser públicas. Es como si estuviera de moda ser un atormentado. Como si hubiera un premio al más gilipollas. Como si cumplir el arquetipo del imbécil de turno o el soso del mes fuera algo bueno.

Empiezo a descubrir que por dentro somos más parecidos que por fuera.

¿Cuándo cambió todo eso? ¿Cuándo dejamos de querer ser “como se debe” a ser “la exaltación de un tipo”? ¿Con las películas de finales de los ochenta? ¿Con la amargura hipster?  Ya no se compra pan. Se compra una mediana de media cocción con pan de trigo y la verdad que, al igual que con el vino, la inmensa mayoría no tiene ningún paladar para apreciar la diferencia. Por eso las etiquetas son más grandes que los productos. Puedo rodearme el pene con la etiqueta de los calzoncillos. Puedo tapar un pimiento con ese papelillo blanco que pone el origen, la composición, el precio por kilo, las grasas, el productor, el distribuidor y la fecha de caducidad (o consumo preferente, Cañete dixit). En un futuro se venderán etiquetas sin productos, de la misma forma que los más modernos compran por Internet sin poder oler, tocar o sentir aquello por lo que pagan. Es más: resulta moderno tener una relación profundamente penosa y sexual con alguien que aparece en una pantalla; y hay quien se suicida, desconsolado y triste, porque perdió la conexión WiFi y, con ello, al amor de su vida. Pero, antes de lanzarse por el puente, espera a que lleguen las cámaras para ser, al menos, un titular en el periódico de mañana o en la edición digital. Con suerte tendrá millones de visitas en youtube y saldrá en el telediario de Panamá. Ni siquiera sabe el motivo por el que lo hace; lo curioso es que lo hace.

Nadie sabe el motivo por el que, a lo largo de estos locos últimos años, las personas empiezan a comportarse de una manera alocadamente insustancial. Todos los días, cuando paso por una avenida, veo a un jubilado con una sola pierna cruzando lejos del paso de cebra y gritando a los coches, que no se lo esperan, con su muleta en alto (sin ser torero). Ayer me quedé clavado en un canal de televisión donde discutían entre ellos de cosas suyas que no fui capaz de adivinar. Ni siquiera descubrí un solo mérito intelectual entre los gritadores y los escotes. Lo importante era el ruido.

Lo importante es el ruido.

Porque cuando hay ruido o el volumen está muy alto tenemos que imaginarnos la conversación y no mantenerla. Es una cuestión de reducción de esfuerzo.

Parecemos inteligentes. Parecemos alocadamente personales e insustituibles.

Y lo que resulta, al escarbar, es que nos aterra descubrir que somos iguales y que nos dan miedo las mismas cosas. Miedo, frío, disfunción eréctil. Soledad, falta de flujo, pudor, no saber comer con las manos. Estar incómodo con el propio cuerpo, añorar aquel cuerpo ajeno. Decir “lo siento”. Resoplar “perdón”. Querer algo a cambio. Sentirse en deuda.

Conozco a quien no es capaz de decir que se siente sola pero pone cara de traviesa contando lo azarosa de su vida sexual. Tiene un teléfono grande, con un tono horrendo. Anda por la calle como si tuviera prisa hablando AL teléfono y, en realidad, camina en círculos.


domingo, 3 de abril de 2016

Expertos en democracia

Superteam de expertos: Reservoir Dogs + Los Ángeles de Charlie + Jackie Brown
Dicen los expertos —esa parte de la población que se sienta a ver qué nueva soplapollez es capaz de escribir hoy para revolucionar las redes sociales (y no el mundo de verdad)—, que la nueva generación —a la que en vez de sentarla a ver la TV, para que se calle, le han dejado el móvil del abuelo o la tablet de su primo, y que se llama generación Z—, se basa en la búsqueda de la verdad y de la justicia por encima de todo, que dispone de unos valores absolutos en los que la participación ciudadana y la democracia se imponen en cualquier caso. Dicho así, como se ha dicho casi siempre, la nueva generación no será la mierda de las generaciones anteriores —que hemos, por sistema, destruido el mundo—, sino que ellos nos salvarán de ahogarnos en el vómito que hemos provocado con nuestro actuar inconsciente, para no acabar con nosotros como lo hizo con Jimi Hendrix, sino que nos abrirán los ojos legando un mundo mejor que, es evidente, ya ha salido en alguna película infumable de superhéroes.
Con todo, nadie ha sido tan revolucionario como Hendrix, desde que se ahogó en sus excesos.



Esa confianza en lo democrático es un dogma de fe, una gran verdad y un punto innegociable.
Hoy, cuando el rojo ya no está de moda y se convierte en tabú para ideologías, labios o ciclos, es la definitiva línea roja.
Una premisa indiscutible.

En realidad es un arma y, como todas las armas, depende de cómo sea usada.
La democracia actúa de la misma forma que el experimento de Milgram: exime de culpabilidades y lleva a resultados dramáticos.

Algunos ejemplos prácticos:

—En España se decidió hacer una votación democrática y libre para la elección de aquella canción que nos sacara del ostracismo de Eurovisión (que maldita la falta que hacía). Fue un ejemplo de transparencia: mandamos a Rodolfo Chikilicuatre.

—El Reino Unido ha decidido que la nueva joya de la corona naval disponga de un nombre referenciado con los gustos de la mayoría de los votantes y tras censurar la posibilidad de que fuera Blas de Lezo (almirante español cojo, manco y tuerto, apodado “Mediohombre”) aparece con fuerza el intento de llamarlo Rocinante a base de votos y usando las reglas de la democracia como tienen a bien hacer en forocoches.

Microsoft se ha gastado un buen montón de millones en desarrollar una inteligencia artificial que sea capaz de aprender de los usuarios de twitter para lograr interactuar y copiar los comportamientos humanos pero, a base de aprender, han tenido que cancelar el experimento por convertirse en un personaje racista y nazi, en tiempo record, que expresa ideas, sin valor ninguno (como las muestras de perfume que vienen en las revistas femeninas).

Las consecuencias que aprendemos de ello son que la democracia es un asco, una risotada infumable que se pasan gran parte de los que disfrutan de ella por el arco del Triunfo (por el de la Concordia, en términos Carménicos). Una de las nuevas grandes lacras de las sociedades modernas es que nos salen Trumps, Chiripas, Maduros, LePenes y voceras varios cada elección.
Tuvimos GIL y tuvimos Ruiz-Mateos (pollas), apoyados por una masa rebelde.
Tuvimos, y seguimos teniendo, líderes infumables que ganan una y otra vez cuando su inoperancia y su condición miserable están fuera de toda duda.
Tenemos votaciones en Internet que dan miles de dólares a una ensalada y vídeos con millones de visitas en los que un gato hace una monería.
Tenemos youtubers con millones de seguidores cuya única aportación a la ciencia, la educación o el intelecto es la manera de sobrepasar los límites de la estupidez mientras sus seguidores esperan que lo haga.
Y olvidamos que Ortega y Gasset eran españoles.
Ambos.

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Cada vez que un vídeo de J. Balvin alcanza las cien mil visitas, Dios mata a un músico de verdad.
Y Alborán y Pitingo ni se inmutan.

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La decepcionante verdad es que la democracia y la participación ciudadana generan monstruos.
Lo cierto es que no estamos preparados para esa arma; quizá para ninguna.
La consecuencia es que mientras el mundo esté lleno —cada vez más— de imbéciles, no podemos dejar que las mayorías decidan nuestro futuro porque esto es lo que pasa.
El genocidio de los estúpidos es un argumento, pero no una opción:

Aún estamos a tiempo.

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Vayamos al médico.
Ya no importa que nos diga que debemos dejar de fumar.

“Si los intelectuales de la actualidad esperan lograr la estima de la posteridad,
seguramente se verán obligados a admitir que han sido formados e instruidos
por las pasadas generaciones. Por consiguiente, cuando un autor declara
que no ha logrado aprender nada de los escritos de sus predecesores,
y tal declaración ha sido hecha recientemente, no logrará con semejante manifestación
de imperdonable arrogancia otra cosa que establecer una serie de prejuicios en contra de su trabajo;
porque, ¿qué esperanzas de éxito puede albergar quien hasta ese momento ha marginado
a los más grandes talentos?, ¿o con qué tipo de fuerza especial se cree revestido ese individuo
para poder superar las dificultades que se mostraron invencibles hasta el momento?

El número de aquellos que han sido escogidos por la Providencia para aportar
algo importante a la humanidad es sumamente escaso;
y lo que pudo aportar un solo individuo, por muy brillante que fuera, es muy poco [...].
Comprender las obras de los autores más famosos, saber discernir plenamente
sus métodos y sistemas, y lograr retener y recordar adecuadamente lo aprendido
representa una considerable tarea para las mentes normales”.

Samuel ‘Doctor’ Johnson (Sobre el estudio y el conocimiento, 1753)


jueves, 11 de febrero de 2016

Conspiranoides

"Si se supone que la tecnología de red es tan buena para todos,
¿por qué ha sufrido tanto el mundo desarrollado justo cuando se ha generalizado su uso?
¿Por qué se experimentan tantas penalidades económicas en todo el mundo desarrollado precisamente cuando
la computación en red se ha infiltrado en todos los aspectos de la actividad humana, en los albores del siglo XXI?
¿Es sólo una coincidencia?".

Jaron Lanier"¿Quién controla el futuro?" (Debate, 2014)


— ¿Ves? –dice mirando un cielo azul con restos de nubes alargadas que salen del aeropuerto–. Los restos que dejan los aviones en el cielo son las pruebas de los chemtrails. Está clarísimo.
— ¿Chemtrails?
— Si. Los gobiernos nos fumigan para controlarnos. También lo hacen con el agua y con la publicidad subliminal. Nos obligan a entrar en la espiral de consumo y de intereses del gran capital. Quieren que comamos carne para ayudar a la miserable industria cárnica que utiliza a los animales como si fueran meros medios que están dispuestos para la satisfacción del ser humano y de esa forma estamos acabando con especies enteras. Eso nos llevará a la destrucción del planeta por los intereses de algunos. No te das cuenta porque eso es lo que quieren que creas.
— Así que estás convencido que tú mismo eres el centro de una gran conspiración gubernamental orientada a convertir a los humanos en esclavos de las grandes compañías. Crees, en realidad, que los directivos y los gobernantes se reúnen en catacumbas todos los jueves para diseñar nuevas formas de manipulación social.
— Lo hacen.
— ¿Para qué?
— Para ser cada vez más ricos. Para tener más y más poder. Estamos sumergidos en una nueva guerra mundial donde los bandos no son países sino corporaciones que se enfrentan a los humanos normales como tú y como yo a base de impuestos, normas, control tecnológico, herramientas de control social masivo y publicidad.
— Nos controlan
— ¡Claro que nos controlan! Hacienda sabe dónde has trabajado, Google las páginas que visitas, Facebook conoce a tus amigos y el GPS sabe dónde estás. Los datos de las tarjetas de crédito van al Gobierno y lo cruzan con tus datos sanitarios. Datos y más datos para tenernos controlados. Saben la televisión que ves y te dejan creer que eres libre cuando, cada día que pasa, estás aportando más información a sus almacenes para que, de esa forma, no puedas librarte.
— Puedes no usar el GPS. Puedes no tener Facebook. Puedes no mandar mensajes por WhatsApp.
— ¡Pero eso son mis derechos!
— ¿Facebook es un derecho? Un derecho será que el sistema te proteja la salud o la vida, no sé. El derecho a agua potable o a luz eléctrica que son, por mucho que no lo parezca, dos milagros modernos. Incluso, si las cosas no te van bien, un albergue o un plato de comida. Pero tener derecho a wifi o a WhatsApp me parece un poco...
— Un poco, ¿qué? ¿Me vas a impedir también hablar con mis amigos o familiares, como si viviera en una secta? Los derechos humanos son claros: derecho a la libertad, a la comida, a un trabajo y a una vivienda digna. ¿Por qué no puedo tener una vivienda digna?
— ¿Porque hay que pagarla y tú la quieres gratis?
— ¿Y cuál es el motivo para que sean tan caras? Tenemos que someternos para poder dormir a refugio, y eso es esclavitud. No hablo de un chalet. Hablo de algo digno. Al menos 50 metros, con líneas de comunicación públicas y un lugar donde poder aparcar. Parques para mi hija vietnamita, asistencia médica y educación gratuita de calidad.
— Todo gratis.
— No soy un idealista. Debemos de mantener nuestros servicios con los impuestos, pero no estoy dispuesto a que se los queden los poderosos. Ellos son los que deben de aportar los fondos, para la satisfacción del pueblo.
— Así que, para que yo me entere, quieres sanidad, educación, piso y wifi gratis, pagado por otros.
— ¡Por los que nos han explotado durante tantos años! Mis padres y mis abuelos se partieron el pecho trabajando para enriquecer a algunos que ahora han de devolverlo.
— ¿Y tú no vas a colaborar?
— Por supuesto que sí. Lo hago con lo que me retienen del sueldo y con los impuestos indirectos, que son los que me impiden salir adelante. El mundo moderno no te mata, te deja en coma económica. Debería de aportar lo que estuviera dispuesto, después de satisfacer mis necesidades básicas.
— ¿Cuáles?
— Comer, beber, vestirme, viajar, internet, tomarme unas copas con los amigos, ir a algún concierto… lo normal. Un trabajo digno tiene que satisfacer unos mínimos. Si no me pagan un salario digno, estoy siendo utilizado.
— Pero, ..., no sé, ..., la cultura debería de ser...
— Gratis. Es cultura y nadie debería de no tener libre acceso a ella.
— Y la educación y la sanidad...
— Universales.
— Y los billetes de avión...
— Más baratos, porque tenemos derecho a conocer otras culturas y enriquecernos con el intercambio.
— Así que tú deberías de cobrar más, pero pagar menos por los servicios de otros.
— Pagar lo justo. Es cuestión de justicia y de libertad.
— Resumiendo: la justicia es que tú vivas mejor.
— No sólo yo. Todos aquellos que han sido maltratados por la historia. Los niños, los homosexuales, las mujeres, las minorías étnicas. La revolución es poner en su sitio a las personas y no seguir en los viejos roles que perpetúan un patriarcado corporativista. Progresismo. Libertad. Justicia. Compromiso social. El sistema al servicio del hombre y no el hombre al servicio del sistema.
“Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar?” – decía Frida.
 

— ¿Has visto las marcas en el cielo? Son chemtrails.
— Sí, claro.

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La sociedad civil actúa y denuncia.


  
— ¿De qué vas disfrazado?
— Es mi protección contra los efectos de los chemtrails.
— ¿Seguro?
— Claro.
— Y una mierda...

  
— OMS

"La inseguridad engendra miedo.
Y el miedo —miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños y un mundo ajeno—
está corroyendo la confianza y la interdependencia en que se basan las sociedades civiles […].
Habrá quienes apremien a las sociedades abiertas a que se cierren y sacrifiquen la libertad en aras de la 'seguridad'.
La elección ya no será entre el Estado y el mercado, sino entre dos tipos de Estado.
Nos corresponde a nosotros volver a concebir el papel del gobierno. Si no lo hacemos, otros lo harán".

Tony Judt"Algo va mal" (Taurus, 2010)

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viernes, 27 de noviembre de 2015

Black (Mis cojones)

"He tenido una idea"

Hoy es Black Friday. Las ofertan vuelan y martillean. Todo es más barato. Todo tiene una oferta. Un tanto por ciento de descuento. Una rebaja. Los comerciantes de las grandes empresas se han puesto de acuerdo para ser benévolos y hacernos partícipes de su generosidad. Nos quieren y nos tienen sumergidos en los grandes titulares de los precios. Juegan, como ese juego modernete de adultos al que parece que hay que jugar, a que encuentres el cofre del tesoro y, sin embargo, las monedas de oro se las debes dar a ellos.

"Precios fluctuando"

Los que estamos en el mundo sabemos que es una gran estafa, una gran mentira. Sabemos que MaryMark sube los precios para bajarlos ese día y posicionarlos un poco más altos de su lugar habitual. Sabemos que existe un determinado tipo de engendro social al que le da igual lo que compre, siempre y cuando pueda sentirse más hábil que sus vecinos. “Me he comprado una trócola de titanio con ziritione que estaba a 1.600€ por 12€” y lo dice entornando los ojos y arqueando las cejas, que es como miran los gilipollas. Algún imbécil cabalga entre mensajes de oferta para alimentar su ego o ver si sus genitales crecen como el que va en un enorme 4x4. Ellas se quedan delante del ordenador para ver si ese vestido está rebajado y van como zombies con tarjeta de crédito buscando la sensación de sentirse poderosas.

Eso es lo que alimenta el Black Friday porque ya sabemos que siempre hay una falsedad, una mentira y una pequeña estafa. Queremos jugar a un juego en el que las compañías engañan y nosotros nos creemos más listos y hoy es la celebración mundial de ello.

No voy a comprar nada. Mucho menos hoy.

Quizá compre pan...

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Texto firmado por maldíaparadejardefumar, el bloguero ausente.
Suscrito y rubricado por mí.

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Aunque a nadie le importe saber la verdad.



Porque sabemos que la habremos olvidado.
La memoria es frágil.


"Nunca olvidaré la historia del niño éste, ..., ¿cómo se llamaba?"

La ruleta rusa es el único juego en que siempre gana el negro.
El pesimismo se contagia, creo.

martes, 3 de noviembre de 2015

La decisión sexual de la votante solitaria

Si fuera una mujer llamada España sentada en un bar y dispuesta a ser cortejada, podría tener varios pretendientes:


Uno seria mi ex. Nunca me gustó del todo pero creí que era el compañero mediocre y capaz con el que salir adelante. Trajo comida a casa, no lo voy a negar, pero no me llevó a bailar y me pisó cuando lo intentó en el salón. Ahora le veo como conocido y agotado, con amor y con distancia. He hecho tantos chistes sobre su pene que no soy capaz de diferenciar la verdad de la realidad que tuvimos en las pocas noches de idilio que nos permitió la vida y que nos llevó a tener un piso hipotecado que no es un castillo ni un loft. Se parece más a la antigua casa de la abuela y es mucho, muchísimo más cara. Cada mes que llega la hipoteca pienso que el calzonazos ese podía haber negociado mejor, cada vez que aparece a la hora de la cena me da un asco que flipas y me pregunto cómo pasó de ser un faro a ser el abuelo de Heidi y ahora un mendigo de amor pidiendo, cual recién abandonado, una nueva oportunidad de ser felices.





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Otro es un tipo joven y elegante con una sonrisa embriagadora. Tiene una conversación fluida y estoy segura que se depila los huevos. Le pregunto si acaso es bueno en la cama y me dice que será lo mejor que pueda, que lo hará como le sea posible pero que más adelante, cuando pasen los años y miremos a nuestros hijos a los ojos, estaré orgullosa. “Al fin y al cabo” —me dice— “una relación tiene que tener un objetivo y habrá que trabajar por ello”.  Y sí, eso está bien.  Aburridamente bien.  Conceptualmente correcto y hasta factible. Está bien controlar el misionero y no hacer ruido para que no se despierten los niños. Pero, joder, de vez en cuando también quiero que me follen y que me empotren entre el ruido ensordecedor de nuestros gemidos sin que sea una promesa que no llega nunca después de prepararme y esforzarme y sacrificarme por un bien superior que me ponen en la estantería de “lejano”.





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En otro lugar está el amor platónico de la universidad. Se ha convertido en un anuncio de supermercado como si quisiera ser el galán de las películas somnolientas de los sábados por la tarde. Tintinea con destellos cuando sonríe. Fue el capitán del equipo de fútbol y estoy segura que le siguen quedando bien las medias de deporte. Me dice lo que quiero oír: me dice que estoy guapa, me dice que estoy delgada. Me dice que “no tengo que poner en duda que tendré con él el mejor sexo de mi vida porque ha aprendido de los errores de universidad y ahora es el momento de disfrutar todo lo aprendido”. Me dice que tengo derecho a disfrutar del sexo con él, que es la mejor opción en la cama, que me la puede meter de tres y que la va a meter de tres.  Sin embargo tengo la percepción de que quiere disfrutar él solo y eso nunca es divertido. Nunca es apasionante encontrarse con un tipo guapo y ufano en el otro lado de la cama esperando a que le digas lo viril que es, como si necesitase una aprobación continua, como si le tuvieras que dar un azucarillo después de correrse.


Imposible



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Se me ha acercado un tipo algo desaliñado. Me ha prometido sexo infinito, veganismo y reiki. Me ha asegurado la temperatura correcta en el jacuzzi de nuestra pasión, rodeados de productos ecológicos que fotografiaremos para subirlos a su cuenta de twitter. Me ha intentado convencer de que no debo preocuparme por nada y que él mismo, magnífico en su propia magnificencia, hará de su lengua la varita mágica en la que nos subiremos para no bajar jamás. Es más, me afirma que tiene amor para mí, para la vecina, para una que pasa por ahí, tres turistas, dos refugiadas y cualquiera que lo necesite porque cogerá el amor de los que tienen mucho para repartirlo gratis. Todo será luz tras este bar de oscuridad, tras estos años en los que no tuvimos la suerte de conocer su senda ni su prolífico amor  y, sin embargo, creo que quiere follarme en el callejón de atrás para contar a sus amigos lo bien que lo hizo. Comer una, contar veinte. Ser un trilero del parchís que se olvida que el efecto Coolidge no es infinito y el amor, tampoco. La promesas de amor eterno siempre son mentira hasta en el convencimiento inexperto de los adolescentes que no han salido de casa ni para comprar el pan y no ha sabido gestionar una sola erección en compañía.


Amnesia



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Así que, aunque me carcomo por dentro después de apurar el gin tonic que es la bebida de las separadas porque es amarga, debo de elegir entre esos cuatro y mis genitales se empequeñecen cuando todos, absolutamente todos, en vez de decirme lo que me harán bien, se empeñan en decirme lo mal que lo harán los demás.

Como un reality contemporáneo y miserable no puedo quedarme con lo bueno de cada uno. Me encantaría poderles mezclar en una coctelera, bebérmelos y orinarlos.

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SOLUCIÓN (Como en los pasatiempos): Rajoy, Rivera, Sánchez e Iglesias.
SOLUCIONES ALTERNATIVAS: Garzón, Urkullu, Mas, el tuerto, el barbudo, tu primo.
SOLUCIÓN INVÁLIDA: irse a casa virgen.


jueves, 15 de enero de 2015

De JP 1931 a UB 2007

No se trata de Morgan, de nombre John Pierpont y oficio recaudador (aunque le perdieran los modos).

"Te meto un aval que te avío, pedazo de chusma"
Ni del otro con el que compartía apellido, aficiones y un insaciable apetito.

"Henry, el reclutador"



(((Digo esto por si las iniciales llamaban a confusión))).

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En realidad pensaba en Jardiel Poncela, maestro de la ironía.

"Duda existencial publicada en forma de novela en 1931"

El paso de los años —y el cambio de costumbres— ha hecho que la devaluación del mercado virginal vaya en caída libre.

Uwe Boll dio arranque a su película “Postal” (2007), de forma inolvidable.



Un centenar de ellas ya no significa nada.

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En estos días —cuando olvidamos que se asesinó a unos sarcásticos—, la mejor forma de homenajearlos es con humor.

Creo.

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Gracias a Thor.


miércoles, 6 de agosto de 2014

lunes, 9 de junio de 2014

Tres reglas ocultas que emplea el marketing (con verdadero éxito)

"Las mentiras del marketing masivo"

1 — Todo el mundo cree lo que dice la etiqueta
Creemos, además, que se facilita información para ayudarnos a tomar una decisión de forma más razonada, mejor para nuestros intereses, olvidando que, quienes las escriben siguen, exclusivamente, los intereses de las corporaciones para las que trabajan.

2 — Orientados hacia el progreso
Los productos que se fabrican ahora son mejores que nunca. En su elaboración se aplican los más novedosos avances científicos, los más recientes descubrimientos. Todo fluye hacia un sistema mucho más refinado, sofisticado al máximo, que llena de satisfacción a todos los consumidores.
Se trata de un artificio conceptual, en el que se emplean determinados términos que gozan de aceptación popular y que, vaciados de contenido, sirven para cualquier producto. En el marketing de productos alimentarios, algunos de ellos se emplean a discreción: fresco, natural, casero, artesano, tradicional.
Sospechosamente, los productos que más han desarrollado una labor de investigación científica en la mejora de sus procesos de producción, han alcanzado un consenso para aceptar que los valores clásicos encierran propiedades beneficiosas.
Y que, mirando con ojo, la innovación es peligrosa (aunque vende).

3 — El arma secreta la descubre Kate Cooper, en este vídeo.



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Tu interés en conocer las estratagemas que utilizan los genios del marketing, hará que ya sepas qué debes hacer la próxima vez que tengas que llenar la despensa.

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También puedes jugar a descubrir los trucos del vídeo.
Sirve para subir nota.

lunes, 10 de marzo de 2014

Hablamos de relaciones

El pasado sábado, 8 de marzo, se celebró el Día Internacional de la Mujer.

Google le dedicó su doodle. La segunda “O” acogía un triángulo equilátero. No estaba hecho con manos, con el vértice hacia arriba (pese a que la principal reivindicación que se articuló, en España, fue contra la ley del aborto). No. Apuntaba hacia el Este, dibujando el icono que se interpreta globalmente como “play”. Pinchando en él, aparecían mujeres, dejando constancia de su testimonio personal.


Un merecido reconocimiento. Un gran paso para las mujeres y, al tiempo, para el conjunto de la humanidad.

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Se me empieza a echar el tiempo encima, ya han pasado dos días desde la celebración, así que no me detendré demasiado. Resumiré lo sustancial de mi mensaje, en una sentencia breve, que todos sean capaces de recordar. Así, los apresurados podrán saltarse el resto del escrito e ir a despellejarme, mientras el resto —un amigo mío que no tiene otra cosa que hacer y, yo mismo, ocupado en releer y corregir el texto— emplearemos tiempo en llegar hasta el final.

Por de pronto:

Algunas mujeres son despreciables

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Otro amigo (distinto del que llegará al final, leyendo esto) dice que, para conseguir visitas y enemigos, podía lograrlo poniendo una foto (o un vídeo, quise suponer) de unos testículos, aunque prefiero apostar por el humor sutil, la fina ironía, la provocación.

En realidad, él tiene motivos para creer que el doodle parece una celebración de bolleras en éxtasis. Yo lo veo más como un anticipo de una semana santa multicolor, en la que nadie se enorgullece de ser gay, sino que, disfrazados con retraso, parece una cofradía de Cristos con macrocefalia, que evita el uso del negro para no ser considerada cuatricómica.

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Cuando ya no puedo generar más abandono en torno a este espacio, trataré de explicar de qué quiero hablar.

Pesa una sensación agobiante en este mundo, en el que nos pasamos un montón de tiempo mirando por encima de la valla del vecino, para juzgar cómo tiene su césped, sin prestar atención al nuestro, ni empeñarnos en cuidarlo.

Prestando atención a Wilson Pickett, mientras canta, dudo entre interpretar si está afirmando que es normal que el césped del vecino parezca más verde, o si, en lugar de eso, está recomendando a su chica que deje de fumar maría, que produce los mismos efectos hipnóticos que las pastillas que me hacen dormir a mí.



En todo caso, nos obsesiona fisgar, ver qué hacen los demás y aprovechar para juzgarlos a ellos —y si es posible, decirles cómo deben actuar— en lugar de enfrentarnos a lo que verdaderamente nos corresponde, que no es otra cosa que cuidar de nuestro jardín.

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Me preocupan las relaciones que se establecen en el conjunto de la sociedad, pero mi responsabilidad, el compromiso que libremente he adquirido y que debo cumplir, se circunscribe al ámbito de mi matrimonio y familia.

Soy consciente de que hablar de matrimonio suena anticuado, porque la neolengua ha reemplazado el término, y yo debería estar hablando de relación de pareja.

Y asumo que hablar de familia, en los términos que se han expresado aquí, resulta profundamente viejuno, porque se afirmó que “la familia es el principal sostén de la sociedad. Su principal utilidad radica en convertirse en instrumento de transmisión de valores, costumbres y tradiciones”.

El método recomendado es el modelo. Los hijos aprenden viendo a los padres.

Yo aprendí viendo a los míos. Recuerdo cómo eran las cosas en casa y, aunque admito que todo recuerdo es una re-construcción de lo vivido, mediatizada por la experiencia, en un intento en el que, según Kevin Dunbar, “las personas tienden a condensar las historias originales […] en un hilo narrativo lineal, y se olvidan de […] un camino lleno de desvíos y de tropiezos”, creo que puedo concluir que las cosas no eran entonces, al menos en nuestra casa, como se quieren pintar hoy.

Para empezar: mis padres estaban casados según el régimen de gananciales que sigue siendo el régimen por defecto que se aplica en la mayoría del territorio español, salvo indicación expresa en sentido contrario. Viene a significar que todos los beneficios o ganancias, de cualquiera de los dos cónyuges, obtenidos después de contraer matrimonio, se consideraban comunes a esa sociedad. Es un sistema justo, y por eso se ha mantenido. Permite que uno de los dos contrayentes no perciba retribución por su trabajo sin que eso signifique que no haya ganado nada. “A las duras y a las maduras”.

Mi madre se ocupaba de las tareas domésticas (en esa calificación tan molesta y condescendiente que en su DNI le hacía poner “sus labores”) y mi padre estaba pluriempleado (una práctica poco extendida hoy). Su actividad principal la realizaba en casa y no percibía un salario: era médico, tenía una consulta en el domicilio familiar y, por lo que hacía, se le consideraba “profesional independiente”. Así que esas condiciones genéricas como “trabajar fuera de casa” o “percibir un sueldo”, le resultaban igualmente ajenas a él.

Recuerdo bien que las cosas se hablaban en casa. Primero entre mis padres, que las trataban a puerta cerrada, sin que estuviéramos delante los hijos y que, con la entendible reserva, prefiero no imaginar cómo hacían para despachar asuntos, en su alcoba. Y, más tarde, cuando éramos capaces de participar, se planteaban en lo que llamábamos “Consejos de familia”, en los que hablábamos de los planes para las vacaciones, de asuntos de diferente grado de relevancia, del cambio de domicilio que tuvimos que afrontar, entre otros varios. Nuestra participación estaba condicionada, pero se nos permitía hablar y expresarnos (teníamos “voz”, aunque no siempre “voto”).

En todo caso, nunca tuve la sensación de que mi padre sometiera a mi madre a sus ideas o proyectos, sino que los discutían y tomaban decisiones, como buenamente podían, según las circunstancias. En la medida de lo posible, dejaban que asomáramos la nariz en lo que resultaba verdaderamente relevante.

No eran una excepción; al menos en el círculo de amistades con el que se relacionaban. Tengo la impresión de que era una fórmula habitual, o, al menos, no del todo infrecuente.

Hoy —cuando ya no puedo preguntar a ninguno de los dos si mis recuerdos, más allá de ser una reconstrucción, son en realidad una invención, ficticios, porque nada fue del modo que me gusta recordar—, debo encontrar los límites del jardín del que me siento responsable.

Estoy a punto de cumplir 17 años junto a ella. En esa decisión, que tomamos “libre y voluntariamente”, que nos vinculaba “en lo bueno y en lo malo”, todos los días de nuestra vida, “hasta que la muerte nos separe”, hemos construido una relación que ha cambiado y evolucionado, madurando y creciendo, haciéndose fuerte por los proyectos que afrontamos (de los que, el más importante, es la educación de nuestros hijos), aprendiendo de los reveses que da la vida, tratando de superarlos aplicando nuestros propios criterios, basados en lo que vivimos en nuestras casas, nuestra experiencia, el sentido común y unas gotas de inconsciencia que hicieron que el recorrido fuera más divertido y apasionante.

Unos años en los que nos empeñamos en conocernos, en comprendernos, en aceptarnos y, cuando nada de eso funcionaba, a resignarnos y entender que las debilidades ajenas tenían tanto sentido como las propias. Que las fortalezas de tu compañero te hacen más fuerte a ti, más capaz y complejo. Que los matices desconocidos y los cambios de humor y los días malos (como los buenos) no son siempre predecibles. Que no siempre vale tener planes, porque no todo lo bueno se puede prever. Que no todo debe dejarse para última hora, porque hay cosas que se pueden esperar.

En este jardín en el que estoy metido, del que no quiero salir —acompañado por una mujer llena de mérito y coraje, una verdadera luchadora, tierna y esforzada, trabajadora con denuedo, llena de iniciativas, testaruda y peleona, cariñosa y libre para pensar por su cuenta— compruebo la realidad de una sociedad que trata de manera diferente a hombres y mujeres, lo que me llena de espanto. Un mundo en el que, cuando la mujer no es ninguneada o despreciada, como si fuera inferior, surge un batallón de mujeres que luchan contra la injusticia tratando de cambiarla de signo, como si la injusticia a la inversa no fuera igual de injusta.

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Me enciende que traten de hacernos creer que hombres y mujeres somos iguales.
No consiste en establecer relaciones de igualdad.

Me exaspera cuando quieren tratarnos como idénticos.
No se trata de establecer relaciones de identidad.

Somos igual de valiosos. No es una realidad que dependa del sexo.
Es preciso construir relaciones de equivalencia.

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Nos quedamos turulatos escuchando las afirmaciones cientifistas de los invitados de Punset —al que su suspiro final en el anuncio debería haber fulminado como personaje de referencia— y, sin entender nada, repetimos conceptos vacuos —neuronas espejo, plasticidad cerebral, potenciales evocados, ritmos circadianos, cualquier variedad de neurociencia— y creemos comprender que todo comportamiento se corresponde a una predestinación contenida en las instrucciones fijadas en nuestra dotación genética, localizada en una topografía cerebral que pretendemos vislumbrar, más que en los hábitos que hayamos aprendido y desarrollado; en todo lo que hemos terminado interiorizando.

El estudio de las razones de las diferencias sólo presenta argumentos para sostenerlas, en lugar de ayudar en la búsqueda de formas de superarlas.

No nos maravillamos por la forma particular que tenemos de hacer las cosas (con independencia de nuestro sexo, que hoy nos es permitido elegir); nos reafirmamos en describir la forma en que estamos predeterminados para realizarlas.

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Imagino una existencia más allá de un pasado como cazadores / recolectores y amamantadoras / maestras. Quiero suponer que todo eso, nuestra herencia ancestral, supone un marco de referencia. Y que mi vida es un lienzo en el que puedo bosquejar un tipo de relación particular que construiré junto a ella, con reglas definidas por nosotros, considerándonos como equivalentes, que ayuden a la consecución de nuestros proyectos compartidos y sirvan de modelo para el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos.

Si alguien ve el cuadro, mientras se está realizando, más o menos brillante en su esbozo (pero único en su expresión concreta) y se fija en los genes que nos han marcado, me resultaría tan sorprendente y ridículo como alguien que, viendo La Gioconda, quedara fascinado por la veta de la madera del marco.

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Son despreciables todas aquellas mujeres que pretenden excluir de la formulación de los términos de su relación de pareja a los hombres —máxime al pretender excluirlos de todas, y no sólo de las que son partícipes—, dando por hecho que resulta preciso revertir la dominación precedente y que, dado que sus abuelas fueron sumisas, sus nietos deberán ahora ser sometidos.

Despreciables, por tratar de imponer a la fuerza un tipo de relación, de la que excluyen de un plumazo a los que deben ser parte ineludible en su definición.

Despreciables, por ponerse a mirar por encima de la valla, diciéndole al vecino lo que tiene que hacer, en lugar de dedicarse a cuidar su jardín, que se mantiene seco, lleno de trastos y descuidado como un erial.

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Recuerdo un curso en Madrid y una alumna sosteniendo que “si toda la lucha de las mujeres había servido para que su hija se pusiera de rodillas y la practicara una felación a un chico de quien ni siquiera sabía su nombre, era una lucha que no había servido para nada”.

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Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...