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lunes, 10 de marzo de 2014

Hablamos de relaciones

El pasado sábado, 8 de marzo, se celebró el Día Internacional de la Mujer.

Google le dedicó su doodle. La segunda “O” acogía un triángulo equilátero. No estaba hecho con manos, con el vértice hacia arriba (pese a que la principal reivindicación que se articuló, en España, fue contra la ley del aborto). No. Apuntaba hacia el Este, dibujando el icono que se interpreta globalmente como “play”. Pinchando en él, aparecían mujeres, dejando constancia de su testimonio personal.


Un merecido reconocimiento. Un gran paso para las mujeres y, al tiempo, para el conjunto de la humanidad.

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Se me empieza a echar el tiempo encima, ya han pasado dos días desde la celebración, así que no me detendré demasiado. Resumiré lo sustancial de mi mensaje, en una sentencia breve, que todos sean capaces de recordar. Así, los apresurados podrán saltarse el resto del escrito e ir a despellejarme, mientras el resto —un amigo mío que no tiene otra cosa que hacer y, yo mismo, ocupado en releer y corregir el texto— emplearemos tiempo en llegar hasta el final.

Por de pronto:

Algunas mujeres son despreciables

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Otro amigo (distinto del que llegará al final, leyendo esto) dice que, para conseguir visitas y enemigos, podía lograrlo poniendo una foto (o un vídeo, quise suponer) de unos testículos, aunque prefiero apostar por el humor sutil, la fina ironía, la provocación.

En realidad, él tiene motivos para creer que el doodle parece una celebración de bolleras en éxtasis. Yo lo veo más como un anticipo de una semana santa multicolor, en la que nadie se enorgullece de ser gay, sino que, disfrazados con retraso, parece una cofradía de Cristos con macrocefalia, que evita el uso del negro para no ser considerada cuatricómica.

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Cuando ya no puedo generar más abandono en torno a este espacio, trataré de explicar de qué quiero hablar.

Pesa una sensación agobiante en este mundo, en el que nos pasamos un montón de tiempo mirando por encima de la valla del vecino, para juzgar cómo tiene su césped, sin prestar atención al nuestro, ni empeñarnos en cuidarlo.

Prestando atención a Wilson Pickett, mientras canta, dudo entre interpretar si está afirmando que es normal que el césped del vecino parezca más verde, o si, en lugar de eso, está recomendando a su chica que deje de fumar maría, que produce los mismos efectos hipnóticos que las pastillas que me hacen dormir a mí.



En todo caso, nos obsesiona fisgar, ver qué hacen los demás y aprovechar para juzgarlos a ellos —y si es posible, decirles cómo deben actuar— en lugar de enfrentarnos a lo que verdaderamente nos corresponde, que no es otra cosa que cuidar de nuestro jardín.

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Me preocupan las relaciones que se establecen en el conjunto de la sociedad, pero mi responsabilidad, el compromiso que libremente he adquirido y que debo cumplir, se circunscribe al ámbito de mi matrimonio y familia.

Soy consciente de que hablar de matrimonio suena anticuado, porque la neolengua ha reemplazado el término, y yo debería estar hablando de relación de pareja.

Y asumo que hablar de familia, en los términos que se han expresado aquí, resulta profundamente viejuno, porque se afirmó que “la familia es el principal sostén de la sociedad. Su principal utilidad radica en convertirse en instrumento de transmisión de valores, costumbres y tradiciones”.

El método recomendado es el modelo. Los hijos aprenden viendo a los padres.

Yo aprendí viendo a los míos. Recuerdo cómo eran las cosas en casa y, aunque admito que todo recuerdo es una re-construcción de lo vivido, mediatizada por la experiencia, en un intento en el que, según Kevin Dunbar, “las personas tienden a condensar las historias originales […] en un hilo narrativo lineal, y se olvidan de […] un camino lleno de desvíos y de tropiezos”, creo que puedo concluir que las cosas no eran entonces, al menos en nuestra casa, como se quieren pintar hoy.

Para empezar: mis padres estaban casados según el régimen de gananciales que sigue siendo el régimen por defecto que se aplica en la mayoría del territorio español, salvo indicación expresa en sentido contrario. Viene a significar que todos los beneficios o ganancias, de cualquiera de los dos cónyuges, obtenidos después de contraer matrimonio, se consideraban comunes a esa sociedad. Es un sistema justo, y por eso se ha mantenido. Permite que uno de los dos contrayentes no perciba retribución por su trabajo sin que eso signifique que no haya ganado nada. “A las duras y a las maduras”.

Mi madre se ocupaba de las tareas domésticas (en esa calificación tan molesta y condescendiente que en su DNI le hacía poner “sus labores”) y mi padre estaba pluriempleado (una práctica poco extendida hoy). Su actividad principal la realizaba en casa y no percibía un salario: era médico, tenía una consulta en el domicilio familiar y, por lo que hacía, se le consideraba “profesional independiente”. Así que esas condiciones genéricas como “trabajar fuera de casa” o “percibir un sueldo”, le resultaban igualmente ajenas a él.

Recuerdo bien que las cosas se hablaban en casa. Primero entre mis padres, que las trataban a puerta cerrada, sin que estuviéramos delante los hijos y que, con la entendible reserva, prefiero no imaginar cómo hacían para despachar asuntos, en su alcoba. Y, más tarde, cuando éramos capaces de participar, se planteaban en lo que llamábamos “Consejos de familia”, en los que hablábamos de los planes para las vacaciones, de asuntos de diferente grado de relevancia, del cambio de domicilio que tuvimos que afrontar, entre otros varios. Nuestra participación estaba condicionada, pero se nos permitía hablar y expresarnos (teníamos “voz”, aunque no siempre “voto”).

En todo caso, nunca tuve la sensación de que mi padre sometiera a mi madre a sus ideas o proyectos, sino que los discutían y tomaban decisiones, como buenamente podían, según las circunstancias. En la medida de lo posible, dejaban que asomáramos la nariz en lo que resultaba verdaderamente relevante.

No eran una excepción; al menos en el círculo de amistades con el que se relacionaban. Tengo la impresión de que era una fórmula habitual, o, al menos, no del todo infrecuente.

Hoy —cuando ya no puedo preguntar a ninguno de los dos si mis recuerdos, más allá de ser una reconstrucción, son en realidad una invención, ficticios, porque nada fue del modo que me gusta recordar—, debo encontrar los límites del jardín del que me siento responsable.

Estoy a punto de cumplir 17 años junto a ella. En esa decisión, que tomamos “libre y voluntariamente”, que nos vinculaba “en lo bueno y en lo malo”, todos los días de nuestra vida, “hasta que la muerte nos separe”, hemos construido una relación que ha cambiado y evolucionado, madurando y creciendo, haciéndose fuerte por los proyectos que afrontamos (de los que, el más importante, es la educación de nuestros hijos), aprendiendo de los reveses que da la vida, tratando de superarlos aplicando nuestros propios criterios, basados en lo que vivimos en nuestras casas, nuestra experiencia, el sentido común y unas gotas de inconsciencia que hicieron que el recorrido fuera más divertido y apasionante.

Unos años en los que nos empeñamos en conocernos, en comprendernos, en aceptarnos y, cuando nada de eso funcionaba, a resignarnos y entender que las debilidades ajenas tenían tanto sentido como las propias. Que las fortalezas de tu compañero te hacen más fuerte a ti, más capaz y complejo. Que los matices desconocidos y los cambios de humor y los días malos (como los buenos) no son siempre predecibles. Que no siempre vale tener planes, porque no todo lo bueno se puede prever. Que no todo debe dejarse para última hora, porque hay cosas que se pueden esperar.

En este jardín en el que estoy metido, del que no quiero salir —acompañado por una mujer llena de mérito y coraje, una verdadera luchadora, tierna y esforzada, trabajadora con denuedo, llena de iniciativas, testaruda y peleona, cariñosa y libre para pensar por su cuenta— compruebo la realidad de una sociedad que trata de manera diferente a hombres y mujeres, lo que me llena de espanto. Un mundo en el que, cuando la mujer no es ninguneada o despreciada, como si fuera inferior, surge un batallón de mujeres que luchan contra la injusticia tratando de cambiarla de signo, como si la injusticia a la inversa no fuera igual de injusta.

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Me enciende que traten de hacernos creer que hombres y mujeres somos iguales.
No consiste en establecer relaciones de igualdad.

Me exaspera cuando quieren tratarnos como idénticos.
No se trata de establecer relaciones de identidad.

Somos igual de valiosos. No es una realidad que dependa del sexo.
Es preciso construir relaciones de equivalencia.

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Nos quedamos turulatos escuchando las afirmaciones cientifistas de los invitados de Punset —al que su suspiro final en el anuncio debería haber fulminado como personaje de referencia— y, sin entender nada, repetimos conceptos vacuos —neuronas espejo, plasticidad cerebral, potenciales evocados, ritmos circadianos, cualquier variedad de neurociencia— y creemos comprender que todo comportamiento se corresponde a una predestinación contenida en las instrucciones fijadas en nuestra dotación genética, localizada en una topografía cerebral que pretendemos vislumbrar, más que en los hábitos que hayamos aprendido y desarrollado; en todo lo que hemos terminado interiorizando.

El estudio de las razones de las diferencias sólo presenta argumentos para sostenerlas, en lugar de ayudar en la búsqueda de formas de superarlas.

No nos maravillamos por la forma particular que tenemos de hacer las cosas (con independencia de nuestro sexo, que hoy nos es permitido elegir); nos reafirmamos en describir la forma en que estamos predeterminados para realizarlas.

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Imagino una existencia más allá de un pasado como cazadores / recolectores y amamantadoras / maestras. Quiero suponer que todo eso, nuestra herencia ancestral, supone un marco de referencia. Y que mi vida es un lienzo en el que puedo bosquejar un tipo de relación particular que construiré junto a ella, con reglas definidas por nosotros, considerándonos como equivalentes, que ayuden a la consecución de nuestros proyectos compartidos y sirvan de modelo para el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos.

Si alguien ve el cuadro, mientras se está realizando, más o menos brillante en su esbozo (pero único en su expresión concreta) y se fija en los genes que nos han marcado, me resultaría tan sorprendente y ridículo como alguien que, viendo La Gioconda, quedara fascinado por la veta de la madera del marco.

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Son despreciables todas aquellas mujeres que pretenden excluir de la formulación de los términos de su relación de pareja a los hombres —máxime al pretender excluirlos de todas, y no sólo de las que son partícipes—, dando por hecho que resulta preciso revertir la dominación precedente y que, dado que sus abuelas fueron sumisas, sus nietos deberán ahora ser sometidos.

Despreciables, por tratar de imponer a la fuerza un tipo de relación, de la que excluyen de un plumazo a los que deben ser parte ineludible en su definición.

Despreciables, por ponerse a mirar por encima de la valla, diciéndole al vecino lo que tiene que hacer, en lugar de dedicarse a cuidar su jardín, que se mantiene seco, lleno de trastos y descuidado como un erial.

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Recuerdo un curso en Madrid y una alumna sosteniendo que “si toda la lucha de las mujeres había servido para que su hija se pusiera de rodillas y la practicara una felación a un chico de quien ni siquiera sabía su nombre, era una lucha que no había servido para nada”.

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viernes, 13 de enero de 2012

Etiquetar

Una amiga mía tiene un hijo al que han diagnosticado que tiene autismo. Es una mujer ejemplar y llena de energía. Recuerdo su llamada inicial cuando, preocupados como estaban por la sospecha de que a su hijo se le etiquetara de tal forma, no sabía cómo afrontar esa situación y trataba de mover Roma con Santiago para averiguar qué hacer. Aprendió, —a la fuerza, a trabucazos, picoteando de aquí y de allí, avanzando un día mucho y retrocediendo luego un poco, dependiendo del día que tuviera su hijo (y ella) (y el padre) (y el tiempo que hiciera) (y todas esas cosas que nos condicionan a todos para sobrellevar la carga de cada día, de todos los días, de otro día más)— cómo afrontar la situación de su hijo. Supongo yo que el resumen debe ser parecido a esto: todos los hijos son especiales, “pero el mío es muy especial”.

Mi amiga tiene una energía que apabulla y todo ese caudal lo ha enfocado en una lucha para conseguir mejorar las circunstancias de su hijo, y el de otros niños como él. Junto a otros padres de Asturias, han creado una plataforma de trabajo conjunto, la “Plataforma padres de alumnos con TEA [Trastorno de Espectro Autista] de Asturias”. Conocedores de que el futuro de sus hijos, su grado de autonomía y su calidad de vida, dependerá de una atención educativa centrada en su persona, han puesto en marcha multitud de iniciativas, de diferente índole, intentando básicamente ayudarse a resolver los problemas, muchas veces compartidos, con una estrategia claramente colaborativa.

Uno de los principales problemas que rodea a las personas con autismo es que, socialmente, se sigue utilizando el término “autismo” aparejado a connotaciones negativas, porque se parte de mitos e informaciones falsas. Por ello, el Grupo Acciones contra los Mitos del Autismo, en el que la Plataforma se ha incluído, ha editado y distribuido un dossier titulado “Por un tratamiento digno del autismo, sin mitos ni usos peyorativos” con el que tratan de eliminar ese uso del término autista, especialmente en medios de información masivos en los que, determinados periodistas, y otros profesionales, emplean el término para calificar a políticos a los que consideran “alejados de la realidad”, “encerrados en su propio mundo”. Sin cuestionar la veracidad de tales afirmaciones, defienden que el uso de tales términos para asignarles, arbitrariamente, una carga despectiva, no hace más que dificultar la realidad de unos niños que, por ser como son, ya tienen más trabas para relacionarse con su entorno que la mayoría. Es una causa justa y, si alcanzan sus objetivos, la sociedad será más justa. Deseo profundamente que lo consigan.

Foto: Auntie P

En la profundidad de la preocupación de mi amiga y, desde luego, en la mía, se encuentra la ligereza con la que la gente etiqueta situaciones, de una forma rápida, excesivamente simple, sin interés ninguno en percibir los matices que, para los interesados, expresan las diferencias de cada caso concreto. Asignar etiquetas es muy sencillo y quedarse en la impresión pasajera que produce la presencia de una etiqueta poderosa resulta también cómodo. Pero, todos sabemos que, ni la vida es simple, ni las soluciones cómodas son las verdaderamente válidas. A la fuerza, aprendemos que las situaciones que nos encontramos son complejas y que, son tantos los factores que intervienen que, solucionarlo de un plumazo —con una etiqueta facilona— no sirve, a la larga, para nada. Quedarse en la superficie lo reservamos para los superficiales, sujetos inmaduros carentes del más mínimo interés.


Me estoy calentando y pondré un poco de música para aplacarme:


El efecto tranquilizador que siempre me produce escuchar a The Beatles y, la sensación térmica por contemplar las imágenes que recordaba de la nieve, han templado mi ánimo.


Veo ahora un vídeo sobre la inteligencia emocional.



Una experiencia que trata de implantar talleres pioneros para enseñar a los niños a tratar con sus emociones. Ya sé que es un resumen, una especie de presentación a vuelapluma, pero me quedo con el reduccionismo implícito en el ejercicio que muestra a un niño jugando con un corazón que está roto y la profesora le hace explicar cómo debería sentirse y qué hacer para que no se sienta así.


La gestión de las emociones debe ser algo más elaborado que el “tiritas pa’ este corazón partío” con el que empieza la canción.

La poesía de Alejandro Sanz está en sus preguntas “¿quién llenará de primaveras este enero?, ¿quién bajará la luna para que juguemos?”.

Su desarrollo emocional, en este aprendizaje maduro: “Dar solamente aquello que te sobra, nunca fue compartir, sino dar limosna, amor”.

La etiqueta dual que explica que, por un lado, las emociones están en el corazón y, por otro, los pensamientos en el cerebro creador, está tan arraigada que parece complicado luchar contra ella. Si encima añadimos el argumento falaz del recurso a la autoridad —Punset, claro—, todo se complica.

Contemplando el final del vídeo y la explicación del “Rincón de la paz” se confirma, tristemente, que enseñan exclusivamente a etiquetar las emociones de una forma realmente vaga, en lugar de a gestionarlas (hubiera sido más interesante intentar que las controlaran, y mejor, que las dirigieran). Más importante que saber si son tristes o alegres las emociones que nos abordan, las personas debemos aprender a convivir con ellas. No podemos luchar contra nuestra percepción personal del mundo y de las situaciones en que nos encontremos, tratando de eliminar las emociones “negativas”. La vida es un viaje continuo, en el que hay que superar los vaivenes que, continuamente, nos vamos encontrando. Y a los niños se les debe educar en el proceso de identificación y asimilación de las emociones, reorientándolas de forma útil para su persona y su entorno social.

Y, si el éxito de las estrategias para gestionar sus emociones, tiene que buscar un refrendo más allá de su vida personal, en el ámbito académico y, precisamente eso, las convierte en útiles y necesarias, aviados vamos. Los resultados en el colegio no pueden ser el principio y final por el que deba juzgarse al niño. Será un elemento importante, pero no exclusivo y, si hablamos de emociones, ni siquiera el más relevante.

Deberíamos buscar una sociedad que quisiera personas que supieran “sobreponerse” a sus reveses, que tengan afán de superación personal y sean capaces de desarrollar un entorno social constructivo, en el que las aportaciones de todos sean válidas para el establecimiento de relaciones sociales maduras, basadas en emociones reales. Que establecieran la colaboración y la aceptación como elementos imprescindibles de integración e inclusión. Que sé yo. Un mundo más justo y que merezca más la pena ser vivido. La herencia que queramos dejar a nuestros hijos.

En ese mundo ideal que a veces imagino, la Paz no tendría presencia restringida en un rincón; se eregiría orgullosa para presidir, de forma ineludible, nuestra convivencia.


Asignar etiquetas es demasiado peligroso. Las etiquetas suelen ser extremas, especialmente en lo que se refiere a los patrones de comportamiento: inquieto versus tranquilo, apacible versus peleón, simple versus complicado, listo versus tonto —veo una mano que se levanta y pregunta: ¿listo o tonto son patrones de comportamiento? Dejo a Forrest Gump que conteste—.

 

Y yo no voy a llevar la contraria a la mamá de Gump, Forrest Gump.


Cuando las personas carecen de herramientas para solucionar los problemas que encuentran, desarrollan lo que se llama la “Indefensión aprendida”, fenómeno descrito por Martin Seligman, que se muestra en el vídeo siguiente:

Las etiquetas reiteradas favorecen el desarrollo de respuestas no adaptativas, como la indefensión aprendida. El proceso de maduración debe guiarse de forma que el individuo no se encuentre en situaciones que no sepa resolver.

Hay un libro precioso de Daniel Pennac, Mal de escuela, dedicado a los malos alumnos; él lo era, pero, gracias a un profesor que conectó con él, consiguió llegar a ser capaz de entender de lo que se hablaba en clase. Él era, hasta ese momento, un tonto, un zoquete, pero a partir de entonces pudo participar en clase y seguir lo que pasaba a su alrededor. Terminaría convirtiéndose en un buen profesor (supongo) y un excelente escritor (lo afirmo). Recuerdo hoy una conversación que mantuve ayer con mi hijo mediano en la que le preguntaba, como hago muchas veces, como hacemos muchos padres, como cito textualmente del libro:




—¿Comprendes? ¿Comprendes al menos lo que te estoy explicando?

Y yo no comprendía. Aquella incapacidad para comprender se remontaba tan lejos en mi infancia que la familia había imaginado una leyenda para poner fecha a sus orígenes: mi aprendizaje del alfabeto. Siempre he oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra a. La letra a, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable b.

—Que no cunda el pánico, dentro de veintiséis años dominará perfectamente el alfabeto.

Así ironizaba mi padre para disipar sus propios temores.

La conversación con mi hijo, no versaba sobre asuntos académicos. Era sobre sus emociones. Espero que la afirmación de que, —al final, después de un largo trayecto—, había terminado comprendiendo, sea cierta. Deseo que así lo sea. No quiero que se encuentre indefenso ante el manejo de sus propias emociones.


Las etiquetas no ayudan al etiquetado: te engloban en un todo mayor con el que, a pesar de que no encuentres el parecido, te asignan como idéntico a todos y cada uno de los pertenecientes al grupo.

Etiquetar destruye la individualidad. No ayuda a las personas que son, de esa manera, descritas y despachadas, de un golpe.


Identificar a políticos como “autistas” por no escuchar la voz de la calle, es tan perjudicial como decir que, por no cumplir con su cometido, se han convertido, como colectivo, en el “cáncer” de la sociedad.

Las etiquetas son denigrantes. Evítalas y ayuda a que los demás las eviten.


Leo La Nueva España de hoy (12 de enero de 2012) y veo que coinciden dos noticias en portada:


Rural deja de ser tosco. La Real Academia acepta las peticiones de Cudillero de suprimir las acepciones peyorativas del término.

La Asturias rural, tan vacía como Malí o Níger. El despoblamiento del campo deja zonas con apenas 3 o 4 habitantes por kilómetro cuadrado.

Me sorprendió la coincidencia. Debe hacer muchos años que el periódico enseña de los asturianos —el que más vende— no centra su atención, por partida doble, en el mundo del campo. Es verdad que el campo asturiano se está despoblando, pero, vistos como nos ven desde fuera, se nos sigue tomando por una sucesión de verdes campiñas. El interés del Principado de Asturias en promocionar la etiqueta de Paraíso Natural, los anuncios de la fabada etiquetada como auténtica y el eterno dilema del aislamiento sirve para promover un Turismo Rural no siempre bien entendido. Eso también provoca que los asturianos sigamos siendo, para algunos, gente de pueblo, esos sitios tan bonitos donde la gente es estupenda y se duerme fenomenal.

Promo de tve internacional América


Fabada litoral

Alta Velocidad León Asturias


Pero, dejo una pregunta en el aire para quien haya aprobado los titulares del día del periódico: ¿no cayó en la cuenta que se apreciaba en el “Malí o Níger” el mismo tono peyorativo que Cudillero había conseguido eliminar para “rural”? —ya sé, no me digan que no puso “africano”, que es una simple especulación mía; etiquétenme de lo que quieran—.


No salgo del periódico estrella del terruño: lne, de nuevo, publicaba hace dos días:



El éxito en el inicio de las rebajas devuelve el optimismo a los comerciantes. El mejor inicio de la temporada de las rebajas de los últimos años ha devuelto el optimismo a los comerciantes asturianos que esperan facturar 25 millones de euros en dos meses. “El cliente ha perdido el miedo a comprar”, consideran.

Vale. Pongo un cartel en la puerta en el que digo que reconozco que mi política de precios hasta ese momento ha sido equivocada y, vendiendo con retraso los productos, con menos margen comercial y haciendo la cuenta de le lechera y confundiendo la recaudación con el beneficio, llego a la conclusión de que el comportamiento de los clientes, todo eso en un solo día, ha superado el miedo al consumo que los atenazaba. Ello además en el mismo día en que, lne ¿quién si no? titula, también en portada:

Los sueldos descenderán desde el próximo mes por la subida del IRPF

Pero los comerciantes, gallos que son, anuncian ya la desaparición del miedo a comprar. Y eso con un único gesto: colocar un cartel en el escaparate —o empapelarlo, depende de la contención del titular— que etiquete a los artículos como “rebajados”. Etiqueta, que algo queda. Eso sí, exija su ticket.

Viajo en el tiempo y llego a 1986. Mira qué pieza:



Puedo afirmar que lo que contaré a continuación es absolutamente cierto: quien me lleva los papeles tuvo que ir a pedir un ejemplar del nuevo Libro de Visita, cuando los habían cambiado por, hasta entonces, última vez. A pesar de que podía adquirirlos en cualquier papelería, decidió ir a Hacienda, aprovechando que tenía otros asuntos que resolver. Pagó en ventanilla y solicitó que se le emitiese factura, para poder desgravar y esas cosas que se suelen hacer con los gastos. El funcionario le preguntó:

—La factura, ¿la quiere con IVA?


Como psicólogo me preocupan las etiquetas. Ése era un debate recurrente en los ratos de pitillos en los pasillos. Se sucedían entre clase y clase, porque nuestros profesores —y sus diferentes orientaciones pedagógicas— nos llevaban a ellos. Una Universidad en la que los estudiantes no debatan en los pasillos sobre el modo en que aplicarán los conocimientos aprendidos cuando sean profesionales, carecerá de sentido. No sé si está contemplado en el plan Bolonia.

En cualquier caso, concluíamos entonces que las etiquetas son perjudiciales.

Seguir el modelo médico al que Bolonia parece que nos conduce como especialidad, encierra un problema terminológico. Si tratamos de evitar el uso de las etiquetas y, tal como los médicos afirman que “no hay enfermedades, sino enfermos”, los psicólogos nos veremos obligados a sostener que “no hay trastornos, sino trastornados”. A mí, ciertamente, no me gusta nada. Llámenme lo que quieran, etiquétenme cómo les parezca, pero contemplar un mundo rodeado de trastornados, francamente, me asusta.


Vivimos inmersos en un mundo con exceso de información. Tratar de simplificar las cosas asignando etiquetas es, simplemente, una simpleza.






Para quien quiera etiquetarme, propongo embarullador, el que embarulla.

Embarullar: “Confundir o mezclar desordenadamente [varias cosas o unas con otras]”.

Justo el día siguiente a firmar un artículo titulado Desorden. Admito, por descontado, que pueda estar confundido. Ya me he percatado que he confundido “ticket” y “label”. Y mis opiniones son siempre personales y, en muchos casos, probablemente erróneas. Pero, mientras siga haciendo el blog que quiero hacer, seguiré mezclando las cosas, unas con otras. Es la parte que más me interesa.


Gracias a Carmen, impulsora, por su imparable entusiasmo, de este artículo.
Estoy también en deuda con Joma, proveedor de ideas y recursos.

Post-scriptum:

Me envía mi amiga un comentario y un enlace a un vídeo, que adjunto:



Dice que ahora soy una pieza más del puzzle que, entre todos, están construyendo. Y sólo con eso, me han devuelto, entre todos, más de lo poco que yo pude haberles ofrecido. Su generosidad es enorme.

De corazón, gracias por entender así vuestra lucha.
 

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...