viernes, 23 de septiembre de 2011

La felicidad

Os contaré un hábito familiar: después de comer, solemos ver en TV Saber y ganar, el programa concurso presentado por el eterno Jordi Hurtado. Es un momento de sosiego antes de retomar las actividades vespertinas. Cada uno se lo toma de diferente manera: yo trato de acertar las respuestas a las preguntas que formulan y ella trata de desconectar, aprovechando que la locución del programa y mi voz se mezclan y la arrullan en una leve modorra.

Vengo comprobando sorprendido que las normas que se aprobaron para la TV pública se incumplen reiteradamente: es normal la presencia continua de publicidad (Si anuncian un programa, aunque sea de la misma cadena, no deja de ser publicidad. Los mini-reportajes de los programas ADO de patrocinio del deporte paralímpico, siguen siendo publicidad. Las campañas de ONGs, por muy humanitarias que nos puedan parecer, son publicidad pura y dura. Las campañas institucionales del Gobierno de España, todos sabemos lo que son).

Es también recurrente el incumplimiento de los horarios programados. En la página de rtve.es aparece claramente el horario de emisión, de lunes a viernes, 15.30 h. —esquina superior derecha—.


La información contextual que se emite con la señal, indica diariamente el horario de emisión, pero el programa empieza siempre con retraso, a las 15:40. En casa ya nos hemos acostumbrado y no parece que el país se vaya a indignar por esta pertinaz impuntualidad. Así que, necio que es uno, a las 15:30 me planto a esperar que empiece el programa y ver lo que sea que pongan hasta entonces. Normalmente me vengo tragando el tramo final de documentales que me alegro haber pillado empezados, la publicidad encubierta y, antes, disfrutaba enormemente con los logros de los deportistas paralímpicos, dignos merecedores de un mayor reconocimiento por su esfuerzo ejemplar.

Pero todo este panorama se vio alterado este lunes, histórico 19 de septiembre de 2011, que recordaré siempre. Es el inicio de un mini-espacio titulado La felicidad (en cuatro minutos). Adjunto vídeo de la edición correspondiente al jueves 22, que deberéis ver si queréis entender lo que pasará a continuación. Sólo os llevará… eso, cuatro minutos.


Vaya, espero que lo hayáis visto como yo lo he hecho. Bueno, de la misma manera que yo lo he visto, es complicado, porque, en mi caso, me ha cambiado la vida. Así, tal y como leéis. Uno dedicando tiempo y energías en un blog que me sirviera a mí y ayudara a quienes pudieran leerlo, echándole tiempo en buscar argumentos y La 2, quién si no, echa por tierra todo mi esfuerzo. En sólo cuatro minutos. En mucho menos del tiempo que tardo en conseguir que el ordenador se ponga en marcha.

En su página informan de sus intenciones y propósitos:

¿Qué nos hace felices? ¿Se puede educar para ser felices? La felicidad (en cuatro minutos) es un programa que invita a la reflexión y a la participación y que nace con la intención de aportar ideas para cumplir el sueño común de la humanidad durante siglos: ser felices.

Cada capítulo recoge la opinión de los ciudadanos y las frases célebres de todo tipo de personajes famosos nos han dejado sobre el tema a lo largo de la historia.

El programa cuenta con la colaboración del Instituto Coca-Cola de la Felicidad y cierra siempre con el análisis, comentario o sugerencias de expertos profesionales de prestigio que nos ofrecerán su testimonio personal.

Sé que ya no me llamarán para ofrecer mi testimonio personal como experto en felicidad.


Me han humillado y en mi venganza prometo ser cruel.


Sé que es complicado competir con un enemigo tan poderoso, pero no me da miedo enfrentarme con “El Instituto Coca-Cola de la Felicidad”.

Podrán convencer a la TV pública de que les patrocine y conseguirlo, integrando un logo que reza “patrocinio cultural” —tve patrocina al Instituto—, pero, habiéndome sentido retado por superar la estupidez sublime de “La República Independiente de Tu Casa”, no conseguirán que me eche atrás.




Lo siento por la chica que habla inglés y que parece que canta una cancioncilla infantil titulada “things that make me happyyyyyy”. Se acuerda de viajar, de los amigos, de la paz, del sol, pero termina con un perfect? que traducen por un premonitorio ¿vale?, —que titulará mi esperado próximo artículo—, cuando en realidad quería decir ¿me puedo ir ya?


También da motivo para el tema del día —otros anteriores fueron “Amores”, “Compartir momentos” y “Pasear en compañía”—, pero hoy esta simpática chica anuncia que vamos a “Viajar”.


La entradilla de presentación está repleta de imágenes molonas: canicas, una cara sonriente en un espejo, saltar descalzo sobre el césped, darse la mano, soplar las velas de una tarta de cumpleaños, darse un beso esquimal.


















Claro, así cualquiera llena de buen rollito a los espectadores.


Hoy va, ya lo dijimos, de viajes.

El primero de nuestros protagonistas es Enrique Gutiérrez. No sabemos si es su propia voz, o la del locutor, pero lo cierto es que no parece muy feliz. Comenta que él, antes —suponemos que antes de que le llamaran del programa— creía que no existía la felicidad completa. Ahora ha empezado un nuevo trabajo fuera de su ciudad. Y tiene que viajar. No es un tipo cualquiera: a su trabajo va en avión.

 

Su trabajo no es un trabajo cualquiera: es analista.


Y utiliza su herramienta de trabajo para analizar lo que le pasa. Analiza y ve que tiene dos problemas: separarse de su familia y hacer un equipaje —“cuatro libros, dos pares de zapatos, zapatillas, cuatro trajes, pijama, calcetines, paraguas y tropecientas cosas más en una sola maleta”—.

De verdad que no parece un gran analista preparando lo que debe llevarse para pasar cuatro noches fuera de casa. Así, en principio, cuatro libros —uno por día, para estar todo el día trabajando, parecen excesivos—. Dos pares de zapatos, ¿además de los puestos?, para pasar de lunes a viernes trabajando desplazado: o es Manolo Blahnik, o no me lo creo. Cuatro trajes metidos a saco en la maleta le llegarán con certeza arrugados. Meter un paraguas —por lo que parece intenta incluso meterlo abierto—no se le ocurriría ni a Mr. Bean.


Afortunadamente está casado con su tocaya —Ana, lista— que, como es natural, sabe cómo hacer una maleta en condiciones. Por eso Emilio, ahora, es doblemente feliz: vuelve con los suyos y —dónde antes no le cabían sus pertenencias— ahora le caben, además, los regalos que trae para todos. Yo creo que debió hacerse con el bolso de Mary Poppins.






Un 67.7% de encuestados se consideran muy felices viajando


La mayoría, por viajes de ocio. Simples que son; no saben apreciar la felicidad de preparar una buena maleta, como nuestro amigo Gutiérrez.


Un anónimo señala risueño: “lo más feliz de mi  trabajo, cuando cojo vacaciones; los días de vacaciones es lo mejor; cuando salgo después de trabajar; cuando cumplo el horario”. Es evidente que su trabajo no le gusta mucho. Es probable que, si preguntamos a sus compañeros, también señalen que lo más feliz de su trabajo es cuando él se va.



Un año después, en la cola del paro, terminaría recapacitando.


Otra anónima señala: “para mí la felicidad en general no existe, simplemente hay momentos felices; para resumirla, la resumiría en: amistad, música, saber cada día un poco más, si es posible”.

Mi recomendación: trata de hacerte amiga de Fernando Argenta; felicidad tres en uno.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

La competencia

Leyendo el título puede surgir en el lector la duda de qué pretendo abordar en este artículo. No me voy a referir al hecho de ser competente en el desempeño de una actividad: en ese caso hablaría en plural (las competencias), pero ya escribí sobre ellas en una entrada anterior. Ahora me centraré en la forma de afrontar, las personas y las organizaciones, el hecho de estar incluidos en un entorno en el que, inexorablemente, hay otros que hacen lo mismo. Es interesante —a mí me lo parece— analizar cómo se afrontan esas relaciones, digamos, horizontales.

Foto: j.o.h.n. walker

Diccionario [a lo mejor me meto en un problema porque, cuando voy a consultarlo, ya tengo definidas las líneas maestras de mi escrito]. En el que utilizo siempre, se abren dos entradillas distintas para la misma palabra.

  1. Cualidad o condición de competente.

  1. Hecho de competir / Competición deportiva / En algunas actividades, especialmente en el comercio: conjunto de los competidores / Hacer la competencia: competir con ella.

Así que encontramos dos caminos distintos: en uno, se hace referencia a ser competente y, en otro, a ser competitivo. Si hay dos caminos distintos, que sean paralelos, convergentes o divergentes, termina siendo, a la larga, una cuestión electiva.


Echo otra ojeada más a la entrada competente: “Persona que tiene capacidad y preparación para el desarrollo de su actividad”.

Y otra, —última, lo prometo— a competitivo: “Capaz de competir”.

Ya tenemos elementos para armar el discurso. Veremos a dónde os lleva.


Las personas son competentes —pueden llegar a serlo: ése debería ser su objetivo—.

Las organizaciones son competitivas —si no lo son, terminarán por  desaparecer. También pueden cambiar: esos cambios deberán producirse para poder garantizar, por medio de su competitividad, su capacidad de supervivencia—.


Y ahora, centrado ya en la competencia, apunto así en desorden cosas que se me van ocurriendo; más tarde trataré de organizarlo.

Detrás de la competencia se encuentra el afán de superación, la lucha por mejorar. Algunos entienden —a mi juicio erróneamente— que la clave está en ganar a los demás. Hay una frase acuñada que, copiada del nefasto modelo del fútbol super-profesional, he oído múltiples veces repetida. La dicen entrenadores portugueses, la oyen los padres que acompañan a sus hijos a los partidos —y así les luce el pelo con sus comportamientos en la banda— y la repiten los propios niños. Encierra un propósito devastador, que condena para siempre el espíritu de Coubertin al afirmar que “a mí no me gusta perder ni a las chapas”. Dos apuntes, además de los que cada uno pueda observar en éste o cualquier otro sentido [ahí están las hojas de comentarios, como si fueran las de reclamaciones]

  1. Desconfiad siempre de la gente que inicia sus frases con esos falsos protagonistas “a mí”.
  2. Todos los que hablan del juego de las chapas, ¿saben de qué hablan? Mis hijos piden chapas en los bares, como antes hacíamos muchos, y me consta que actualmente es un comportamiento extravagante: la reacción sorprendida de los camareros denota que es francamente inusual.


En una de mis facetas profesionales, como panadero, siempre entendí una máxima que aplico desde el primer día que tuve que desempeñar esa labor. El resto de profesionales del sector, todas las panaderías y confiterías de mi entorno, son, a mi juicio, compañeros de profesión, no la competencia. Los que considero mi competencia son aquellos que practican el intrusismo y que, empleando en su propia contra la indefinición, se meten en el camino del compañero, abandonando de paso sus señas de identidad. Son, por ejemplo, carniceros que venden pan, quiosqueros que venden pan, pescaderos que venden pan o cualquiera que, sin más criterio que, abusando de los límites de la confianza y el mal gusto, se mete a molestar en la casa del vecino. Ahora las gasolineras venden pan y lo ponen en bolsas de plástico con la inscripción: “Especialistas en pan”. Su reclamo es un cartel que anuncia “Tenemos pan recién horneado”. Ellos sí son competencia.

También son mi competencia las Grandes Superficies, las que han modificado los hábitos de consumo y alejan a los consumidores de los núcleos urbanos para llevarlos a recintos feriales donde son tratados como reatas.

Pero los que sufren, igual que yo, las penurias del ejercicio de una tarea común, ésos son mis compañeros de profesión, no la competencia.

Por eso, porque mucha más gente piensa igual, se organizan las asociaciones profesionales. No hablaré de la que me toca cerca y a la que pertenezco, porque en este artículo me he planteado ser positivo.

Por eso se organizan semilleros de ideas, congresos, reuniones, conferencias, simposios, saraos varios: su propósito es compartir ideas y experiencias, crecer y hacer crecer con las ideas propias y las de los demás. Ya se ha superado la fase del recelo temeroso del espionaje industrial. Es otra demostración más de que avanzamos hacia una sociedad de los hábiles. Se está paulatinamente cambiando hacia otro modelo en el que, interiormente, la mayoría sabe que el conocimiento no es lo realmente importante. Antes, lo que los panaderos o confiteros atesoraban era su recetario: sus fórmulas mágicas, conocimientos arcanos que se transmitían de generación en generación y que había que envolver en un misterio cegador. Una especie de fórmula de la Coca-cola “urbi et orbi”. Ahora las cosas han cambiado: todos quieren enseñar sus fórmulas, sus recetas. Se editan libros, se emiten programas de TV, se hacen clases magistrales con multitudinaria asistencia. En el gremio de la cocina —otros le llaman hostelería o restauración; yo soy más clásico y, teniendo en cuenta que siempre he defendido el carácter bíblico de mi profesión, me quedo en llamarles cocineros, sin pretender con ello ofenderles—, el espectáculo ha alcanzado los niveles de los grandes magos. Para algunos profanos son percibidos como herederos de la alquimia. No cuestionaré la validez de ese protagonismo de los cocineros (no lo haré ahora), pero afirmo tajantemente que todos quieren mostrar sus cartas, enseñar sus trucos, compartir con los demás —los que se quieran asomar— lo que saben.

No sólo en esos gremios: la profusión de intercambio de conocimientos viene dada porque todos implícitamente reconocemos que los conocimientos no son lo verdaderamente importante. Aunque yo supiera las fórmulas que utiliza Adrià, aunque tuviera su instrumental y aparataje, aunque contara con un equipo tan numeroso y preparado como el suyo, sería incapaz de igualar su espectáculo. No tengo las habilidades para hacer lo que él y su equipo hacen. Eso es lo que él atesora con firmeza. En inglés se explica mejor: es su “know-how”, saber cómo. Las cosas que cada uno lleva en su mochila, que ha ido atesorando con el paso de los años, sumando sus experiencias individuales. Lo que cada uno sabe hacer, sus habilidades, que, ni aunque lo intente, será capaz de transmitir.

La única forma de adquirir y desarrollar habilidades es mediante la práctica y la repetición. Por eso gran parte de la Formación está desvirtuada. Atiende a la transmisión de conocimientos, pero olvida la necesidad de la experiencia personal del que quiere aprender, olvida que la repetición y la interiorización son los mecanismos para el desarrollo de hábitos y que sólo tienen sentido cuando se manifiestan, por la interacción, en un contexto social.


Volvamos a la competencia. Ya vimos que no es lo mismo ser competente que competitivo, ni el proceso pasa necesariamente por ganar en una lucha en la que sólo uno permanece.

Realmente, debemos trabajar con intensidad en formular un nuevo modelo de relaciones personales. Tenemos que conseguir una profunda conversión que transforme a las personas para conseguir una forma de entender el mundo que sea mayoritaria. El elemento esencial está en la (auto)superación. El símil deportivo es ejemplar; la forma de entenderlo, no siempre.

En la liga de fútbol de Primera División compiten 20 equipos y, es un axioma, sólo uno puede ganar. Pero no sólo el que gana sobrevive. Hay varios equipos que pueden entender que su temporada ha sido un éxito, habiendo quedado muy lejos del primer clasificado. Es esencial establecer retos a la medida de las distintas organizaciones (los clubes de fútbol lo son, aunque no siempre lo parezcan). No todos pueden quedar el primero y, establecer ese objetivo para todos, además de utópico, es de imbéciles.

No sólo triunfa el que queda el primero. Si pensamos en ciclismo, no todos pueden ser Contador, no todos pueden ganar el Tour: ni Contador puede ganar el Tour todos los años. Que le pregunten a Samuel Sánchez si el Tour de 2011 fue un éxito para él: vencedor de una etapa, ganador del maillot de la montaña, pero peor resultado en la clasificación General que el año anterior.

Si este año disputaron el Tour 198 ciclistas, no hubo un único ganador, el australiano Cadel Evans; muchos otros disfrutaron de éxitos diferentes. Para algunos fue un mal Tour: algunos, por caídas, quedaron alejados de alcanzar sus objetivos. Otros no tuvieron un buen Tour, pero alcanzaron éxitos en otras pruebas del calendario. Para algunos fue un mal año: el deporte enseña eso, aceptar los reveses y afrontar con más ganas de superarse la próxima prueba, el siguiente reto.

Los deportistas deben asumir que la esencia de su progresión está en su esfuerzo continuado antes de las competiciones deportivas. Sus entrenamientos, sus esfuerzos continuos durante mucho tiempo se concentran en unos pocos instantes. En la final del reciente campeonato del mundo de Atletismo, Usain Bolt fue descalificado por adelantarse unas milésimas en su tiempo de reacción.

Los JJ OO se celebran cada 4 años. Una lesión inoportuna, una indisposición temporal, frustra el esfuerzo continuado de dedicación y entrega de toda una vida. Superando la máxima olímpica: lo realmente importante, lo trascendente de veras, es ese esfuerzo continuo, el afán de superación. Participar debe ser una experiencia irrepetible, pero el hábito del esfuerzo marcará tu vida.

Participar en una actividad deportiva —y hacerlo estableciendo un propósito razonable— implica entender que, aunque sólo uno gane, muchos pueden alcanzar el triunfo.


Las organizaciones están fundamentadas en las personas que las conforman. La importancia de la dimensión humana no puede desdeñarse. Inspirado por una conferencia que he visto recientemente de Koldo Saratxaga, reclamo la necesaria relevancia de una característica que, últimamente, las organizaciones están crecientemente abandonando: la proximidad.

Se debe desarrollar una nueva estructura de relaciones en las organizaciones:

-      Relaciones internas. Tratar a todos los miembros de una organización como personas. Superación de las divisiones jerárquicas y (des)calificatorias entre directivos y trabajadores. [Leo últimamente un término que se ha puesto de moda: CEO, no sé muy bien lo que significa, pero suena realmente feo]. Afirmar que el capital humano es el activo más importante de una organización y centrar exclusivamente los esfuerzos de mejora —vía “coaching”— en una casta absurdamente privilegiada, es un profundo contrasentido y una absurda sinrazón. Siempre fue importante, pero ahora empieza a ser urgente, la necesidad de conectar tareas, dentro de un entorno organizado, que conduzcan a alcanzar objetivos comunes. Las organizaciones deben fomentar el desarrollo de una ética de la responsabilidad personal que prime el enriquecimiento recíproco por medio del desarrollo de habilidades útiles y compartidas.

-      Relaciones externas (con clientes y proveedores). Entender que son compañeros de viaje y, por tanto, es preciso encontrar un acomodo recíproco. Establecer relaciones en las que todas las partes obtengan algo de provecho y entender que las relaciones basadas en un desequilibrio implícito son, en la práctica, inviables. Plantear relaciones a largo plazo; las que se fundamentan en intereses no duraderos son meras transacciones que, con perspectiva, resultan ser poco rentables.

-      Relaciones sociales. Búsqueda de localización, lo que implica implantarse en un entorno de proximidad. Los planteamientos actuales, de los que hablan los libros y vemos sus consecuencias cada día que pasa, se fundamentan en un modelo erróneo, perjudicial e insostenible.

La deslocalización lleva acarreada la despersonalización que, a su vez, implica la deshumanización. Cuando una organización se deslocaliza, se desarraiga, pierde los vínculos que necesita para conectarse con el entorno próximo en el que opera. La primera medida para la deslocalización es recortar costes salariales, prescindir del personal en plantilla, para buscar trabajadores más baratos. La consecuencia es que las organizaciones olvidan su dimensión humana y se centran en balances, instrumentos al alcance de cualquiera que carezca de escrúpulos y del mínimo sentido común.


¿Soluciones? Sólo hay una: Desarrollar un nuevo modelo basado en la búsqueda de relaciones confiables, fundamentadas en algunos valores clave:

-      Entre iguales (no idénticos)

-      A largo plazo

-      Crecientes en valor recíproco

-      Empleando el mecanismo básico de la confianza

-      Compartir frente a competir

El resultado: habremos invertido en beneficios continuados, duraderos y perdurables. Abandonando un antiguo (y superado) modelo de competencia, nos habremos dotado de las habilidades necesarias para llegar a ser realmente competentes.

Sí que suena bien.

martes, 20 de septiembre de 2011

Las normas

Hablamos de un conjunto de reglas, de diferente origen y condición que las personas nos otorgamos para facilitar la convivencia. Es importante recordarlo: a partir de aquí todo el artículo se apoyará en ese principio. Si no estas de acuerdo, te invito a que no prosigas en su lectura. Si crees que las normas están hechas con el único propósito de fastidiar a la gente y coartar su libertad, mejor déjalo ya. Nada de lo que leas a continuación te servirá más que para enfadarte contigo mismo, cabrearte conmigo y hacerle la vida imposible a los demás. Yo no quiero cargar con esa responsabilidad: busca otra cosa más interesante para ti que puedas hacer en los próximos minutos.

Así que, estamos de acuerdo, las normas facilitan la convivencia. Somos muchos y de alguna forma tenemos que organizarnos. Y eso hacen las normas: establecen criterios de comportamientos que son válidos para el conjunto, independientemente de que, a nivel individual, en ocasiones nos resulten agobiantes.


No podemos participar en la elaboración de todas las normas. Algunas nos vienen impuestas, bien por tradición o por su carácter legislativo. No hay que olvidar que las leyes son normas legales, conforman el ordenamiento jurídico. No me preguntéis por su estructuración, no he estudiado Derecho. Sé, porque es mi obligación, que hay unas leyes que debo cumplir y eso hace que sean para mí normas.

Se me ocurren tres posibilidades a la hora de clasificar las normas:

  1. Normas jurídicas. Se aplican al conjunto de ciudadanos. Las hay nacionales, territoriales o locales. Son de obligado conocimiento y cumplimiento. Las personas carecemos de la posibilidad de intervenir directamente en su elaboración, modificación o derogación.

  1. Normas de grupo. Los grupos, de tamaño más reducido, establecen sus propias normas. Comunidades de vecinos, asociaciones de caza y pesca, clubes deportivos, familias, pandillas de amigos, empresas, sindicatos, partidos políticos. Todos estos grupos —y los que vuestra imaginación libremente encuentre— se dotan a sí mismos de unas normas que, todos sus integrantes, deben cumplir. La capacidad de cada organización para sensibilizarse ante la necesidad de adaptar de forma continua sus propias normas a las necesidades de sus integrantes, determinará gran parte del éxito colectivo. En grupos de estas dimensiones, todos sus integrantes deben tener la posibilidad de intervenir en las normas que se han autoimpuesto.

  1. Normas personales. Cada uno de nosotros se comporta según criterios establecidos. Para algunos, la excesiva presencia de normas ajenas le sume en un profundo pesar y, en su ámbito íntimo, se dejan llevar por la ausencia de obligaciones, de normas, y hacen, en cada momento, lo que mejor les parece. Para otros, las normas externas son ajenas y, quien participa en su elaboración, desconocedor de su identidad personal; requieren ajustarse a una disciplina que, dictada por ellos mismos, les ayuda a soportar la dificultad continua de la convivencia.

Tener normas, es normal; no tenerlas, es antisocial.


Una norma es un semáforo. Nos indica qué podemos hacer y qué no.

Foto: mondopinguino
Muchos actúan como si las normas fueran para los demás. Cruzan por donde les apetece, con el semáforo en rojo. Hacen frenar a los conductores. Replican a voces si el conductor toca el claxon.

Si son ellos los que conducen, increpan a los que cruzan por lugar y momento inadecuados.

Nunca incumplen las normas, porque en su tortuoso pensamiento, las normas no están hechas para ellos, lo están para los demás.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Planificación y previsión

Actividades complementarias que facilitan resolver las situaciones que nos podemos encontrar en nuestro desempeño cotidiano. Utilizadas de forma coordinada nos permiten adaptar nuestra actuación para conseguir un resultado más satisfactorio.
Foto: e_walk

Ambas se definen a continuación.

Planificación

Capacidad de anticipar soluciones. Trata de responder a la pregunta:

ü      ¿Cómo actuar?

Previsión

Capacidad de anticipar contingencias. Trata de responder a la pregunta:

ü      ¿Qué puede ocurrir?


Acostumbradas a ser empleadas, se convierten en un instrumento necesario y útil. Su objetivo no es incordiarnos actuando como un recordatorio de lo que todavía no hemos hecho. Su propósito es facilitarnos una vida más tranquila y a la vez más eficiente.

Con antelación he planificado mi comportamiento, adaptándolo a las condiciones que preveo me puedo encontrar. Mantengo un margen para improvisar respuestas ante situaciones imprevistas.


Al ser tareas coordinadas, tienen también un orden en su realización.

Primero, preveo qué puede suceder.

Después, planifico mi actuación.

Finalmente, improviso (sólo si es inevitable).


Conozco quien actúa con un doble modelo para diseñar su propia actuación (y en ocasiones la ajena):

ü      Improvisación a largo plazo

ü      Planificación sobre la marcha

Es un excitante y divertidísimo patrón de comportamiento que fluctúa entre la pasividad expectante y el comportamiento de un pollo sin cabeza. En esencia consiste en retrasar el establecimiento de un plan, manteniendo que es todavía pronto (siempre lo es, hasta convertirse en inminente). En el último momento, se pergeña un plan de última hora.


Aplicar en orden la previsión y la planificación es más eficiente. Y reduce el índice de infartos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Los hábitos

Foto: Katarzyna Majszczyk

Comportamientos aprendidos que caracterizan a una persona concreta:

ü      Son conductas. Pueden ser observadas, medidas, cuantificadas.

ü      Son aprendidos. No son innatos, no nacemos con ellos. Se incorporan a nuestro repertorio de conductas en un proceso que puede ser consciente o no, premeditado o no, intencionado o no, pero que necesita tiempo para desarrollarse.

ü      Son reiterados. Se producen de forma repetida en determinadas situaciones, de forma que se constituyen en respuestas típicas del sujeto en cuestión.

ü      Se interiorizan y automatizan. La repetición de una conducta concreta produce que primero se interiorice y más tarde se convierta en un automatismo. A fuerza de repetirse, un comportamiento se incorpora al repertorio identitario de una persona: se convierte en una característica identificadora. Con el paso del tiempo termina desapareciendo la necesidad de que se presente un estímulo (un suceso, una situación) que desencadene la realización de la conducta. Al interiorizarse y automatizarse se ha convertido en un hábito.

ü      Los hábitos no son universales y, ya puestos, ni siquiera culturales. Son características personales del comportamiento individual de cada uno.

Así que ahora afirmamos que los hábitos son comportamientos habituales: la forma en que una persona resuelve una situación determinada.


Es posible trabajar para moldear nuestro comportamiento y adaptarlo a nuestras necesidades particulares, a nuestra propia conveniencia. El proceso es relativamente sencillo, rápido y sumamente eficaz. Negar la capacidad de automoldear nuestro comportamiento es un error de criterio y negarse a intentarlo, una completa necedad.


La pauta de trabajo para la adquisición de nuevos hábitos tiene una estructura uniforme:

ü      Repetición

ü      Interiorización

ü      Automatismo


Todos podemos cambiar nuestros hábitos. Al fin y al cabo, no son más que costumbres (la forma en que acostumbro a hacer algo). De modo general clasificamos las costumbres en dos grupos de relevancia:

ü      Hábitos. Me ayudan a resolver satisfactoriamente las situaciones a las que me debo enfrentar.

ü      Manías. Costumbres que dificultan mi realización personal y entorpecen mi búsqueda de la felicidad.

Debemos, pues, transformar nuestras manías en hábitos.


Dicen que “el hábito no hace al monje”, pero vaya si ayuda…

Foto: Eloy Alonso

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...