miércoles, 4 de mayo de 2016

Celebrar la independencia

Antonio Caño (director de El País), con motivo del aniversario de la publicación del primer número del diario que dirige, el 4 de mayo de 1976 (hace 40 años), afirmaba en declaraciones concedidas a Gemma Nierga, en el programa matinal Hoy Por Hoy de la SER, que:

“la publicidad es la mejor garantía de independencia para un periódico”.

"¡Viva la independencia!"

Aclaraba que, gracias a la publicidad, se evita la necesidad de depender de otros agentes externos, que no sean los propios anunciantes;

[Pregunto: ¿qué tal los lectores, en forma de suscriptores (fieles) o compradores (ocasionales)?]

Interrogado sobre cómo veía el futuro, dentro de diez años, intentó zafarse y evitó pronunciarse de manera clara, pues “resultaba difícil de prever” (respuesta que cualquier escolar hubiera podido apuntar; volveré sobre este asunto).
Nierga le planteaba si veía al periódico de la misma manera, en formato papel (la respuesta hubiera debido ser categórica: “NO”), pero prefirió improvisar una magnífica perla:

—“lo más importante es que siga existiendo El País como la plataforma de información que es hoy”.

[Traducido: “lo que es bueno para mí, es bueno para El País; lo que es bueno para El País, es bueno para el país”]

Se anteponen los fines —permanencia— a los medios —apuesta por una información veraz y una opinión plural—.

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Hace unos días: Juan Luis Cebrián (presidente ejecutivo, académico, primer director del rotativo, hombre en la sombra) demandó a El Confidencial, la Sexta TV y Eldiario.es por insinuar que su esposa y una empresa vinculada a él mismo, podían estar en la relación de nombres contenidos en los Papeles de Panamá, el mayor escándalo de evasión fiscal a escala global. Enlazo la noticia publicada en El Mundo.

Consecuencias:

—Despido de Ignacio Escolar (director de Eldiario.es) como analista en la tertulia conducida por Pepa Bueno los jueves en Hoy Por Hoy (SER, recuerden, parte del Grupo Prisa del que Cebrián es Presidente Ejecutivo —“ejecutor”—). 20 minutos se hace eco de la noticia.

—Prohibición a los periodistas del Grupo Prisa (Rubén Amón, Joaquín Estefanía, Miguel Ángel Campos, Luz Sánchez-Mellado) de acudir a las tertulias de la Sexta TV. Vozpópuli informa de la noticia.

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[Una utopía: imaginar una tertulia de TV en la que la clave de su éxito se debiera a que no participaban en ella periodistas, ni políticos; al contrario, debería desarrollarse en temas monográficos y, los participantes, tendrían que ser acreditados expertos en el tema a tratar, desde distintas perspectivas]

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Qué significa la independencia para un periódico.

En la oscarizada Spotlight lo plantean de modo diáfano: un reducido grupo —miembros de la redacción de The Boston Globe, que actúan de manera autónoma—, trabaja sin presiones (temporales o jerárquicas) para poder investigar (a fondo, a largo plazo) lo que ocurre en determinado ámbito, más allá de la búsqueda de un titular.

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El periodista trabaja “en la sombra” para sacar “a la luz” la realidad más oscura.

Ahí se encierra la utopía del periodismo; ése es su compromiso con el público; la idealista forma de entender la obligación —más allá de la libertad— de informar.
Deberíamos esforzarnos en recuperar las ideas como motor de la labor profesional.

En lo patrio, los periodistas se enzarzan en luchas partidistas, entendiendo la realidad de forma fragmentada, sin alternativa aparente, con un afán cinegético en el que celebran como triunfos las cabezas que han hecho rodar —sus medallas—, en lugar de vanagloriarse por hacer llegar un pedazo de verdad a sus lectores.

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Ayer se celebraba el Día Mundial de la Libertad de Prensa y varios medios —y colaboradores— se han mantenido en silencio.

Radio Marca ve próximo su cierre. Los tres Matías Prats se vuelcan con “nuestra radio y, cada día, la de más gente”. Noticia y titular de elEconomista.es.

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Vuelvo al principio: Miguel Yuste, 40.
Comparo los dos números del 4 de mayo del diario madrileño:

—El 1 (1976) costaba 10 pesetas, tenía 48 páginas, no llevaba acento (EL PAIS), se subtitulaba “Diario independiente de la mañana”, estaba dirigido por Juan Luis Cebrián. Blanco y negro. Una foto: José María de Areilza.

—El 14.183 (2016) cuesta 1.50 euros, tiene 52 páginas, incluye acento (EL PAÍS), se subtitula “El periódico global”, lo dirige Antonio Caño, lo preside Cebrián (esa información ya no va en portada; hay que ir a la página 12). Color. Se acompaña de una revista de 300 páginas.

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Termino con el enlace del podcast del programa Hoy Por Hoy, y transcripción literal de los dos momentos con los que empezó este relato.

[10:15:05]

Gemma Nierga — Y, señor Caño, celebramos los cuarenta años con un ejemplar de El País en nuestras manos; cuando celebremos los cincuenta, ¿seguirá existiendo el periódico El País como ahora lo entendemos, es decir, en formato de papel?

Antonio Caño — Bueno, no lo sé, eeh, ..., posiblemente sí, eeh, en diez años más, posiblemente siga existiendo. No sé, eeh, no sé de qué manera; no sé qué espacio ocupará, eeh, ..., eeeeh, cómo será su distribución, eeh, es difícil anticiparse a eso. No me parece lo más importante, francamente; a mí lo más importante, para mí lo más importante es que siga existiendo El País, eeh, como la gran plataforma de información que es hoy, y eso sí que se lo puedo asegurar, se lo puedo garantizar, porque, eeh, hoy El País, está con más energía y más salud que nunca.

[10:18:11]

GN — Qué importante es la publicidad, ¿eh, señor director?

AC — Fundamental la publicidad; aunque a algunos lectores le moleste encontrársela entre los reportajes y las páginas, es la absoluta garantía de la independencia de un periódico. Eeh, cuanto menos publicidad tiene un periódico, menos independiente es, porque menos posibilidad tiene de mantenerse, eeh, por su propia cuenta, eeh, ..., sin necesidad de contar con otros agentes externos que ayuden a la supervivencia. Así que es que, eeh, yo, eeh, les invito a nuestros lectores que son los dueños y los verdaderos, eeh, la razón de ser de un periódico, a que, eeh, soporten la presencia de la publicidad como una garantía, de, de, de, de la independencia del diario.

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Soy capaz de recordar la primera vez que nos encontramos.



Éramos tan jóvenes (y tan independientes).

Culpables

—Acabo de pasar un episodio de amnesia del reconocimiento.
—¿Qué?
—Ya sabes: la experiencia procognoscitiva descrita por Émile Boirac.
—¿Por quién?
—El difusor del esperanto, traductor de la “Monadología”, de Leibniz.
—¿Lo cuálo?
—Precursor de la metognimia, o percepción extrasensorial.
—¿Mande?
—El conocimiento adquirido sin el uso de los sentidos...
—El sinsentido.
—No, hombre. El afamado miembro de la Sociedad Magnetológica argentina, fundada por el psíquico paraguayo Ovidio Rebaudi, junto a Charles Richet, César de Vesme, Enrico Morselli y Théodore Flournoy, ya sabes.
—Sí. Me suena...
—El déjà vu.
—Lo sabía.


Es lo que ocurre cuando tienes memoria de pez; nunca sabes si ya has pasado antes por lo mismo.

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Unos amigos hablaban de los discos y de cómo era posible que se hicieran, sin poner ningún cuidado, y de por qué no se incluía en el CD un libreto con los créditos (compositores e intérpretes), letras de las canciones (una traducción al español podría considerarse un lujo, pero...), fotos de conciertos; y de que, en todo caso, teniendo en cuenta que había que desempolvar quince napos por unas canciones que era sencillo copiar, que alcanzaban siempre la docena aunque era posible que con una o dos hubiera sido suficiente, y que como eran tan pocos los clientes que compraban los CDs, si acaso no resultaba mejor prestar un poco de atención al detalle y hacer objetos, formato físico, de calidad —por descontado mis amigos obviaban la calidad de la música en general, porque ellos tienen un gusto refinado del que tengo a bien aprovecharme, y no se paraban en observar quiénes copan las listas de venta— y en ese momento más o menos decidí apearme de la conversación antes de que a alguien se le ocurriera echar las culpas a los que oímos música —a los clientes— porque somos piratas y nos bajamos música sin pagar por ella y somos responsables de que desaparezcan un mogollón de puestos de trabajo y de que en la industria discográfica haya unas pérdidas del carajo y ese discurso que, por conocido, no deja de ser pestilente.

*****

Los culpables soy yo.


*****

Y entonces me fui a otro lugar, donde prefieren leer a escuchar música —porque hay quienes entienden que ambas actividades puedan ser excluyentes— y se quejaban de que las editoriales actuales no favorecían la explosión de creatividad de los jóvenes talentos que poblaban el territorio nacional y se quejaban de la falta de apoyo por parte de los grandes grupos que no apostaban por la innovación y, otros —o los mismos, no lo sé—, decían que publicar no era indicador de nada, porque ahora podías autoeditarte y tener en la calle un libro que podía ser malo como un truño, porque no había ningún criterio a la hora de seleccionar qué veía la luz y qué no y que, al menos, las cosas que se publicaban por los grandes —más si eran traducciones o adaptaciones— tendrían el sentido de la utilidad y podían ser cosas que la gente —otros— necesitara en su vida y les ayudara en su desempeño cotidiano y eso podía explicar el auge de los libros de autoayuda y de los que facilitaban alcanzar un mínimo bienestar y que, debido al pirateo, se perdían mogollón de puestos de trabajo y la industria editorial tenía un enorme agujero económico, traducido en pérdidas, porque era muy fácil copiar un fichero con un libro y hacerlo circular entre la gente —esa gentuza— y la culpa de todo ese descalabro la tenían los piratas.

*****

Así que, otra vez, los culpables soy yo.

*****


Porque las editoriales —Martínez Roca, del Grupo Planeta— se juegan su nombre y su prestigio en cada libro que editan.

Y una pasta —de papel, y económica— en cada libro que publican.

En los ePub, no se juegan pasta —de papel—; por eso son más económicos.

Sueltas 9.99 y en caso de emergencia sólo tiene un uso.
Un rollo: cinco euros (adicionales).

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Ya no voy al cine: las películas no representan el carácter asturiano. Espero una para la que he preparado una posible lista de apellidos: Zapico, Hevia, Vallina, Mier, Ovies, Areces, Llano, Cué.

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Sigo viendo, eso sí, series de TV con las que pueda identificarme: Breaking bad, The newsroom, The wire, The closer, The Big Bang theory, True detective, Blindspot, Mad men, The walking dead, Scandal, Boardwalk empire, House of cards, House, Homeless y tal.

Para ello dispongo de un portátil, con el que me bajo las temporadas y me las veo de una sentada, porque no me gusta perder el tiempo.
Me he ahorrado una pasta y me lo he comprado en China.
Con garantía, ojo.
Y, si se me estropea, puedo ir a la tienda de mi barrio para que me lo arreglen.

—Pero no lo has comprado aquí.
—Ya. Pero está en garantía.
—Garantía ... china.
—Entonces, ¿no lo reparas tú?
—¿Lo has comprado aquí?
—No. En China. Pero tiene garantía.
—Garantía china. En China. Mándalo a China.
—Pero eso me cuesta una pasta.
—Haberlo comprado aquí, con servicio técnico de aquí.
—Era más caro.
—Porque incluye garantía.
—El que yo compré, también.
—Pero en China. No aquí.

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Debo hacer un esfuerzo para entender que estoy encerrado en un círculo.
Vicioso.
Lo mire por donde lo mire:

Los culpables soy yo.

jueves, 28 de abril de 2016

Dios mío: dame una coartada

Ricardo Villegas: tt

Y dijo: “Dios mío, dame una recortada”. Y entonces apareció una a su lado. Cargada. Caliente. Con inmunidad. Con licencia para matar. Dios le dijo: “mata a quien consideres porque no te juzgaré. Eres un hombre justo y actuarás con justicia”. Entonces la puso en el asiento del copiloto de su coche y condujo. Se paseó despacio por la zona financiera y buscó el momento en el que saliera de sus oficinas el presidente del banco que le dejó sin casa por no poder pagar la hipoteca. Se paró delante de la entrada del gran edificio de metal y cristal. Amartilló y disparó desde la ventanilla del copiloto. El presidente salió disparado hacia atrás con las vísceras sobre la camisa y nadie supo de donde vino el disparo. Envalentonado, se fue al Congreso. Se puso en la puerta. Disparando una y otra vez a cada uno que saliera con esas carpetitas ridículas y esas sonrisas hipócritas de quien no tiene prisa ni siente ninguna responsabilidad. Se amontonaban los cadáveres y la sangre iba esparciéndose por el suelo hasta manchar sus propios zapatos con ese azucarado color a resbalón y a desprecio.  Empezó a andar por la calle y vio a unos chicos molestando a una señora. Les disparó. Un tipo con prisas y deportivo  no le dejó pasar, mientras caminaba, por el paso de cebra y le reventó la cabeza apuntando a través de la luna trasera. Sacó el cadáver del coche y aceleró por la avenida. Decidió disparar a los conductores cuyas matrículas acabaran en cuatro. Gritaba “!es un daño colateral!” que es lo que le dijeron cuando le diagnosticaron un problema pulmonar por el amianto de su casa, la que perdió. Se fue al colegio de su infancia y dejó a aquel profesor, al que le suspendió por haber copiado (sin haberle pillado), empotrado contra la pizarra de su antigua clase. Entró en el Ayuntamiento y disparó contra la vaga y parsimoniosa señora de información, contra el que gestionó tarde su solicitud de ayuda y contra el concejal de urbanismo. Se fue a la TV y entró en plató arrasando contra los presentadores que le cuentan lo que no quiere oír. Aprovechó para destrozarle las piernas a un futbolista famoso que esperaba para una entrevista. Mató a su cuñado, por tonto, y al perro del vecino, que cayó con un contenido y agudo sonido animal, por no parar de hacer ruido por las noches. Disparó en la cara de su tercera novia, por dejarle, y en la cara de Benito, su marido, que fue por el que le dejó. Aprovechó para reventar la moto que tenían en el garaje, que fue el motivo por el que le abandonó, la muy insustancial. Le atravesó los tímpanos al insulso cantante de moda. Le metió el cañón por la boca y apretó el gatillo a ese vecino que se jacta siempre de lo bien que lo hace todo. Dejó a su jefe desangrándose en el despacho y sus clientes ahogándose en su sangre preguntándoles si era ahora cuando tenían la razón. Fue a por los youtuber, a por los homeópatas y reventó completamente varios recintos de coaching y autoayuda. Apareció en dos o tres empresas de venta piramidal al grito de “ya está aquí vuestro nuevo faraón” y el polvo de los productos de maquillaje destrozados con él mismo apareciendo entre las sombras con los fogonazos de la recortada casi le hacían imaginarse a sí mismo a cámara lenta. Se sentó en el banco de un parque haciendo puntería con todos los corredores que tenían pinta de runners. Asesinó curas y gurús, lamas e imanes. Fue uno por uno acabando con el sufrimiento de los pacientes terminales de un hospital. “¿Imposición de qué hostias?”, le dijo a un experto en reiki como últimas palabras. A un vegano, por pasar cerca. Se paró en un centro comercial con un cartel que ponía “Ebanista en paro” y reventó a todos los que se reían después de mirarle mientras cargaban sus muebles de mierda. Volvió al coche. Se había quedado sin munición.
“Dios mío” —dijo— “dame armamento pesado. Un tanque es la mejor solución.


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La canción que acompaña los destrozos de todas las películas de Tarantino, editadas por Jaume R. Lloret, es una maravilla intemporal, publicada en 1969 en el sello Philly Groove de Thom Bell, con las voces de William Hart, Wilbert Hart y Randy Cain, galardonada con un Grammy a la mejor interpretación R&B de un dúo o grupo, The Delfonics; una de las formaciones con mejor conjunción en sus armonías vocales y coreografías sincopadas, lastrados por contar con un sastre daltónico, aficionado al consumo de psicotrópicos, que hace volar sus mentes.

martes, 26 de abril de 2016

Madres TNT

Prepárense amigas.
El día de la madre está a punto de llegar.
El primer domingo de mayo.
Seguro que esperan una sorpresa, ¿verdad?


En TNT ¿dónde si no? han decidido que este año sea la bomba.
Un especial DÍA DE LA MADRE explosivo.
Lo nunca visto.




Programarán “Gladiator”, “Soy leyenda”, “Crazy, stupid, love” y “Sin compromiso”.

Las ciruelas a las que se les cae la baba, mandíbula batiente mediante, son Connie Nielsen, Alice Braga, Julianne Moore, Emma Stone, Marisa Tomei, Analeigh Tipton y Natalie Portman.

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Las nuevas madres:
Sin complejos.
Sin inhibiciones.
Sin compromisos.

Sin hijos.

Porque ser madre —como ser mujer— es un acto volitivo.
No vomitivo, que no se me malinterprete.

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No sé muy bien por qué, pero recordé la sensación del 2015, la estupenda Elle King.
Para ella, sólo existen dos tipos de hombres: ex’s y oh’s.

Los que ya no me interesan.
Y los que se interesan por mí.



Bravo, chicas: esto es lo que habéis conseguido en vuestra lucha por la igualdad.

lunes, 18 de abril de 2016

Atraco perfecto

Las cosas ya no son como antes.
Cuando, junto a los compañeros, planeabas prolongar tu jornada de trabajo y, en lugar de conseguir dinero, te mostrabas como lo que realmente eras: un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

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O cuando, antes de hacer nada, era importante asignar los colores.

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Una trama puede cobrar giros inesperados. Siempre es conveniente ser previsor.

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Pero, más pronto que tarde, llega el momento de reunir al grupo y establecer el plan.

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Quizá no sean once.
Pero, de seguro, serán (al menos) dos.

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Me llaman Ángel

Soy todo Oídos

Martes. 3:07 de la madrugada. Un callejón. Oscuro. Aislado. Silencio.

—¿Te han seguido?
—¿Qué?
—¡Que si te han seguido!
—¿Podrías hablar un poco más alto? Ando duro de oído, estos días.
—¡QUE SI TE HAN SEGUIDO!
—Tampoco hace falta que grites; mejor si vocalizas, más despacio.
—¡Q-u-e s-i t-e h-a-n s-e-g-u-i-d-o!
—Me empiezan a pitar los oídos.
—¡Que si viene alguien detrás tuyo!
—Detrás de ti.
—¿Detrás de mí?
—Sí.
—¿Quién está detrás mío?
—Otra vez lo has hecho. Se dice “detrás de mí”. “Detrás mío” es una incorrección lingüística muy frecuente. Daba oídos cuando lo explicaron en “Para todos la 2”.
—...seis, siete, ocho, ...
—¿Por qué cuentas?
—Haciendo oídos sordos.
—¿Y eso?
—Cosas del coachee. Dice que manejo mal el estrés.
—¿Y tuviste que preguntarle al chófer? Te lo hubiera ladrado yo al oído.
—Vale. ¿Retomamos?
—¡Retomón!
—¿Comenzamos?
—¡Comenzón!
—¿Empez...? ¡Déjalo!
—¿Pero cómo vamos a dejarlo ahora? ¿Estás mal de la chaveta? ¡Con lo que me costó conseguir que nadie me pudiera seguir, con esas indicaciones que me diste, que me hacían parecer un chiflado, parándome, cambiando de rumbo, teniendo que echar a correr! ¡Menos mal que mi convencional apariencia me permite pasar desapercibido!
—¿Y nadie te siguió?
—¿No me prestas oídos? ¿No lo acabo de decir? A ti, que vas volando, te resulta fácil. En mi caso ha sido una tortura. Y no pienso dejarlo, que lo sepas.
—Bien. Vayamos avanzando.
—Dale, que te atascas. Tengo abiertos los oídos.
—Antes de nada: sincronicemos los relojes.
—¿Qué relojes?
—Ambos. El de tú y el de mí. Para que todo encaje.
—Se necesita ser anticuado. ¡Relojes! Nadie los usa. Yo miro la hora en el móvil.
—Bueno: sincronicemos los móviles.
—¿Pero cómo voy a hacer eso? Tengo activado el huso horario GMT+1 y se actualiza sólo. Cuando cambiaron la hora, hace unas semanas, yo no tuve...
—¡YA! ¡Entendido! No hace falta ladrarme al oído con tus manías.
—No es manía; es afán de practicidad.
—¡Que sí! ¿Podemos volver al plan?
—Es que te vas por las ramas. Soy todo oídos.
—Bien. El día de autos, coges la moto y sigues al furgón. A las 17:07.
—¿GMT+1?
—GMT+1. A continuación, cuando llegues a la esquina...
—Bla, bla, bla, bla. No te escucho. Bla, bla, bla.
—¿Qué haces?
—Me tapo los oídos. Eres muy cansino con los planes.
—Ya.
—Y repetitivo.
—...
—Y repetitivo.
—Ya.
—Me zumban los oídos...
—...de ser tan guapo. Claro.
—Que, ..., mira Angelín, ya lo he pillado. Hemos repetido tantas veces el plan que tengo miedo de que llegue a oídos de alguien.
—De acuerdo. Pero hay una cosa que debemos repasar.
—Regálame los oídos.
—¿Qué haremos una vez terminado el atraco?
—¡Fiesta! ¡Mandanga! ¡Chufla!
—¡Error!
—Pareces el perro de Rastreator, pero con alas (como las compresas).
—Típico error de novato. Debemos actuar como profesionales.
—Dime cómo. Oído al parche.
—Lo más importante es mantener el ritmo de vida normal; sin cambios.
—...
—Llevar la misma rutina de siempre. Hacer lo mismo que todos los días.
—¿Podemos ir quitando pufos? Es que me silban los oídos cuando paso por delante del bar de Gito...
—¡No! El error en que caen los que no son profesionales.
—Es que...
—Es que, ¡nada! Hay que ser profesional, muy profesional.
—Y tu idea ¿es?
—Vamos a estar sin gastar nada...
—La pausa dramática la haces de fábula.
—...cinco años.
—¿Cinco? ¿Estás majara?
—Tienes razón, es poco: ¡diez! ¡VEINTE! Veinte años sin hacer nada, ni comprar nada, ni gastar un duro, ni nada de nada. Les despistaremos por completo.
—Estás mal de la olla. Se te ha ido la pinza. Aplica bien el oído, no te vaya a entrar por un oído y te salga por el otro: me avisaron de que no me uniera a Ángel, el alado (así te llaman, abre el oído). Se equivocaban: eres Ángel, el chalado. ¿Cómo crees que me voy a meter a realizar un atraco si no es para cambiar mi vida? Para seguir con esta vida miserable de mí no necesito planes.
—¡Oído cocina!

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Para la sesión del Círculo literario Morel de Sal del 18 de abril de 2016 el motor propuesto por Patricia Núñez era la obra del pintor postimpresionista Odilon Redon. Los motivos eran sus dos cuadros “Hombre alado” y “El monstruo”.

La lectura (des)dramatizada de la pieza corrió a cargo de la debutante Loli Paredes (mostrando mucho aplomo en su papel de Ángel) y el veterano Daniel García (como Oídos).
Una delicia, como siempre.

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El prefacio de este texto hace referencia (e incluye) escenas de películas o episodios de TV:

“Atraco a las tres” (José María Forqué, 1962)
“Reservoir dogs” (Quentin Tarantino, 1992)
“The office (USA)” (Serie de TV. Quinta temporada, octavo episodio, 2008)
“Atraco perfecto” (Stanley Kubrick, 1956)
“Ocean’s eleven” es un sketch de José Mota, basado en la película homónima (Steven Soderbergh, 2011) remake de la del mismo título (Lewis Milestone, 1960).

Quizá pueda parecer lo contrario, pero cometer un atraco es demasiado complicado.

sábado, 16 de abril de 2016

El futuro tiene forma de BOT

Ricardo Villegas:

Cada vez más, y con más insistencia, se habla de que el futuro en las nuevas tecnologías está en los bots. Suena a RO-bot, pero no lo es porque no está la máquina de la película Cortocircuito (1986), ni Wall-E (2008), ni siquiera Chappie (2015) o, al menos, un par de replicantes.

Los bots son esos programas a los que les hablas como si fuera un colega y te responden con gracia y soltura. Siri es un bot. Cortana es un bot. La grabación que te dice que pulses el uno si tu avería se debe a la conexión a Internet, es un bot. Spotify, recomendando canciones, es un bot que nos intenta meter regetton de continuo.

Her (2013) vislumbraba la relación entre un hombre y un bot. Hasta se le llega a coger cariño a Scarlett, en el bolsillo de la camisa, aprendiendo de la realidad del mundo. Hay un momento en el que, al contrario que con el enrevesado comportamiento de la mujer contemporánea en lucha contra su propia identidad y sueños, uno se enternece con la bondad intrínseca de la idealización de una inteligencia virtual.

Como en todo lo nuevo —como en lo que desarrollan las modernas compañías—, hay una trampa económica detrás. No quieren que vayas al bar. No quieren siquiera que busques en internet la manera de ponerte en contacto con el bar para que te acerque una cerveza. Quieren que digas que tienes sed y que el bot haya aprendido el tipo de cerveza que te gusta, que el bot elija un bar por ti, que pague por ti y que te lleve la cerveza donde estés. Un mayordomo que es capaz de usar tu dinero. ¿Dónde? Donde él mismo considere y eso implica que si alguien quiere vender una cerveza, un jersey de cuello vuelto o cuarto y mitad de jamón york, tendrá que pagar a quien se haga con el monopolio de los bot. La nevera roja se lleva un porcentaje del dinero que pagas al muchacho que te acerca la comida a domicilio; es un bot rudimentario que también oculta a la vista el resto de comercios que existen en la zona, porque no generan beneficios.

¿Dónde empezaron algunos de los bots más destructivos? En las páginas de citas. No hay nadie más incauto que un solitario. No hay mayor eclipse mental que el que sufre un hombre que cree que hay una satisfacción sexual al final del túnel. Ashley Madison, Meetic, Match, Tinder... todos tienen bots que te lanzan besos y que hablan contigo contándote que están solas y que viven cerca. (No he incluido a Badoo deliberadamente porque, aunque tenga bots, también dispone de un catálogo de carne bastante promiscuo y fugaz). Alguno llegó a denunciar a la compañía por enamorarse de un bot.



Microsoft tuvo que eliminar de las redes a Tai, que era un bot que intentaba aprender de los usuarios y, a base de leer y conversar con seres humanos, se volvió racista y misógino. Personalmente no creo que sea un error de programación informática sino un ejemplo de lo defectuosas que son nuestras conversaciones.

Facebook, que compró WhatsApp para tener millones de usuarios, quiere que dentro de unos años le hablemos al teléfono para recopilar lo que nos gusta y que nos envíe publicidad. Quiere que, aparte de nuestros contactos —fríos y distantes las noches de soledad en la mayoría de los casos—, tengamos un bot que haga como que nos quiere y como que nos tiene en cuenta. Al fin y al cabo el reconocimiento es lo que ansía el nuevo ser humano. Pagaremos con publicidad y con una nueva pérdida de libertad porque nos acostumbraremos a que hagan las cosas por nosotros, de la misma forma que el señor Burns no sabe utilizar el teléfono.

El futuro tiene forma de bot y es cómodo.
También es triste.
La inteligencia artificial puede parecer humana, puede hablar como humana, puede tener voz humana pero no es humana.

Si te dice a todo que sí (no es persona), es que quiere algo a cambio.

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Bot IN / Bot ON / Bot OFF / Bot OX

lunes, 11 de abril de 2016

El alocadamente insustancial siglo XX

Firma invitada: Ricardo Villegas, fumadortt

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¿Recuerdas? Nos gustaban los teléfonos cada vez más pequeños. Los auriculares que se metían dentro de las orejas. Hacer el amor con el menor ruido posible, como si tuviéramos que avergonzarnos de ser personas o de tener sueños eróticos. En las películas de los años 70 los niños se avergonzaban de sus erecciones y, en pocos años, los padres subirán fotos de sus primeras erecciones a la plataforma social que esté de moda y retocarán las imágenes para que la tenga más grande, gruesa y erguida que las del vecino.

Aborrezco, literalmente, a las personas que van por la calle hablando al teléfono. No me refiero “con” el teléfono sino “al” teléfono. Me importa una puta mierda su conversación y desconozco el motivo por el que me tiene que interesar. Pueden decir: “me resulta más cómodo”, pero en realidad hay una parte dentro de ellos que les exige, les solicita, les apremia, a demostrar que tienen alguien con quien hablar y que es real; que no se están inventando una conversación con el celular pegado a sus orejas y poniendo cara de interesante. Parece que hay algo dentro del ser humano, que se ha despertado con el siglo XXI, que obliga a exaltar que se tiene una vida, o que se cree que se tiene una vida, como las fotos de Facebook.

Es una cuestión de hacerse notar mucho más allá de hacer. Es una cuestión de marketing continuo, como un político sin ideas que necesita respaldo popular. Es una razón de estar, como aquella chica que insistió en traer el vino, sentarse en el sofá, parecer interesada en la película, buscar una mano entre los cojines, robar un beso, bajarme los pantalones, mostrar lo que eran capaces de extenderse sus pezones y después, cuando captó toda mi atención, irse a su casa de repente. En el fondo, sólo quería sentirse deseada y dormir tranquilamente, agarrada a su ego, al mismo al que no es capaz de enfrentarse.


Tenemos taras. Las tenemos todos. Yo tengo las recopilaciones y hasta una lista de canciones que las incluye. Pero esas taras han empezado a ser públicas. Es como si estuviera de moda ser un atormentado. Como si hubiera un premio al más gilipollas. Como si cumplir el arquetipo del imbécil de turno o el soso del mes fuera algo bueno.

Empiezo a descubrir que por dentro somos más parecidos que por fuera.

¿Cuándo cambió todo eso? ¿Cuándo dejamos de querer ser “como se debe” a ser “la exaltación de un tipo”? ¿Con las películas de finales de los ochenta? ¿Con la amargura hipster?  Ya no se compra pan. Se compra una mediana de media cocción con pan de trigo y la verdad que, al igual que con el vino, la inmensa mayoría no tiene ningún paladar para apreciar la diferencia. Por eso las etiquetas son más grandes que los productos. Puedo rodearme el pene con la etiqueta de los calzoncillos. Puedo tapar un pimiento con ese papelillo blanco que pone el origen, la composición, el precio por kilo, las grasas, el productor, el distribuidor y la fecha de caducidad (o consumo preferente, Cañete dixit). En un futuro se venderán etiquetas sin productos, de la misma forma que los más modernos compran por Internet sin poder oler, tocar o sentir aquello por lo que pagan. Es más: resulta moderno tener una relación profundamente penosa y sexual con alguien que aparece en una pantalla; y hay quien se suicida, desconsolado y triste, porque perdió la conexión WiFi y, con ello, al amor de su vida. Pero, antes de lanzarse por el puente, espera a que lleguen las cámaras para ser, al menos, un titular en el periódico de mañana o en la edición digital. Con suerte tendrá millones de visitas en youtube y saldrá en el telediario de Panamá. Ni siquiera sabe el motivo por el que lo hace; lo curioso es que lo hace.

Nadie sabe el motivo por el que, a lo largo de estos locos últimos años, las personas empiezan a comportarse de una manera alocadamente insustancial. Todos los días, cuando paso por una avenida, veo a un jubilado con una sola pierna cruzando lejos del paso de cebra y gritando a los coches, que no se lo esperan, con su muleta en alto (sin ser torero). Ayer me quedé clavado en un canal de televisión donde discutían entre ellos de cosas suyas que no fui capaz de adivinar. Ni siquiera descubrí un solo mérito intelectual entre los gritadores y los escotes. Lo importante era el ruido.

Lo importante es el ruido.

Porque cuando hay ruido o el volumen está muy alto tenemos que imaginarnos la conversación y no mantenerla. Es una cuestión de reducción de esfuerzo.

Parecemos inteligentes. Parecemos alocadamente personales e insustituibles.

Y lo que resulta, al escarbar, es que nos aterra descubrir que somos iguales y que nos dan miedo las mismas cosas. Miedo, frío, disfunción eréctil. Soledad, falta de flujo, pudor, no saber comer con las manos. Estar incómodo con el propio cuerpo, añorar aquel cuerpo ajeno. Decir “lo siento”. Resoplar “perdón”. Querer algo a cambio. Sentirse en deuda.

Conozco a quien no es capaz de decir que se siente sola pero pone cara de traviesa contando lo azarosa de su vida sexual. Tiene un teléfono grande, con un tono horrendo. Anda por la calle como si tuviera prisa hablando AL teléfono y, en realidad, camina en círculos.


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...