domingo, 22 de septiembre de 2013

Quiosco (con “Q”, por favor)

Construcción ligera con pilares que sostienen una cubierta.

Tengo especial cariño por el de música del paseo del Bombé, en el Campo de San Francisco de Oviedo, donde tanto jugué en mi infancia.


“Quiosco de música del Bombé”. Ilustración de María ViyellaTomado de Oviedo y la pintura

Mostraba una lozana presencia y animaba bailes y conciertos, ubicado en el recinto ajardinado, conocido metafóricamente como “el pulmón de Oviedo”.

El Campo, hablando grosso modo, ha seguido una evolución errante, carente de rumbo, transmitiendo la sensación de que no se sabe muy bien qué hacer con él y, como un dinosaurio moribundo, se le mantiene con delicadeza, sin atreverse a acometer una intervención decidida.

Ese pálpito de que se quiere evitar “poner puertas al Campo”.

Ya no es preciso. Tantos años de dedicarle una mirada torva, esquiva, han provocado una sensación de agobio que hace que algunos lo atraviesen y pocos, cada vez menos, lo frecuenten. Ha perdido protagonismo como espacio para la actividad cotidiana. Los habituales, muestran actitudes y costumbres anticuadas para los cánones al uso: pasean animales, leen libros, se sientan en los sucios y destartalados bancos, o persiguen a una tropa de críos, a los que llaman por sus nombres étnicos: abundan, los “Bahja”, “Cuidau” o “Benaquí”.

Es fácil entender la psicosis que produce, dada la carencia de elementos de uso, a excepción de los que se conservan en el perímetro del recinto. La metáfora del pulmón evoca uno que haya contraído silicosis.

Y, como si de un enfermo crónico se tratara, en momentos excepcionales se permiten las visitas. Se organizan fiestas que lo ocupan y lo entretienen. Pero, a la larga, son todas efímeras; en su caducidad, ayudan a acrecentar su vejez. El desuso contrasta con la vitalidad potencial que profundamente atesora.

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Para explicar la falta de actividad ordinaria en el Campo, se pueden observar los elementos arquitectónicos presentes.

El Ayuntamiento, responsable de su mantenimiento y de poner en marcha un plan de actuación corrector, cataloga al Campo en su página web, detallando sus características.

"Captura de pantalla, intentando ser fehaciente"

La página está tan mal estructurada, tan llena de errores y con tantas ausencias injustificables, que cuesta decidir por dónde empezar.

Es, de todas formas, una demostración de un método de trabajo en boga: hacer mucho, con especial énfasis en lo que resulte novedoso, olvidando cuidar los detalles y eludiendo buscar un adecuado remate que proporcione un carácter duradero a las acciones emprendidas.

Debo decirlo ya: bustos, esculturas o fuentes no constituyen elementos arquitectónicos. Son, en todo caso, elementos ornamentales. Y es que “todo lo que sea desmontable, móvil o efímero —por su carácter provisional o temporal—, no tiene consideración de elemento arquitectónico”.

Así que los montajes, que caracterizan al actual consistorio, —provisionales, temporales, efímeros—, dan un aire de fugaz efervescencia. El más acusado es un calendario floral.

"Todos los días"

Resulta irónico que en un catálogo  del Ayuntamiento (aunque resulte virtual), se olviden elementos que sí están presentes, con carácter fijo, en el interior del Campo. Hago mención del interior, a sabiendas, mostrando recelo de que hayan omitido, ex-profeso, los que se ubican de forma perimetral. El más singular, es el que se conoce como el “Escorialín”, ubicado en la esquina inferior de la calle Santa Cruz, dedicado, con escaso uso, a una oficina de información municipal. Se ganó el nombre por la facundia ovetense, tan presta a bautizar cosas y lugares: según se decía, su construcción llevó tanto tiempo como la del Monasterio que Felipe II había encargado para celebrar la victoria sobre los franceses en la batalla de San Quintín.

Se ponen a la venta las sillas para el desfile del Día de América en Asturias. La taquilla está instalada en la Avenida de Alemania del Campo San Francisco. No ubicada en el quiosco, como parecería propio, sino que se plantificó una caseta de obra en la que dos chicas se aburrían ante la ausencia de clientes. Así pude contemplarlo al pasar por allí, el miércoles a las 11 de la mañana.

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Hay más elementos arquitectónicos en el interior del recinto (y no están relacionados en la página). Pienso en el palomar. En el bloque conjunto Biblioteca / Centro social / Escuela de Hostelería. Y en todos los quioscos, que han corrido suerte dispar.

El más destacado, el de música, se encuentra en un estado lamentable, mostrando un deterioro, al que no puedo encontrar justificación alguna.

Un andamiaje evita precariamente el derrumbe. A la vista se ha situado un cartel avisando de las medidas preventivas de seguridad, a seguir en caso de obras (que no están en marcha, ni previstas, que se sepa). Se ha vallado el contorno empleando chapas metálicas. Han recibido la guinda moderna que destaca, como un sopapo, el abandono: los graffitis; el que está más a la derecha, resume la actitud del Ayuntamiento (“Vacile”). Como jaranero colofón, una cinta voladora, encanada en la rama del árbol, es la muestra de que el Campo ha sido escenario polivalente de actividades infantiles en la semana de fiestas mateínas y los niños no llegaron a sentir miedo, jugando en verdadero pelotón, en torno a este mausoleo a la desidia.

Todo se aprecia en la siguiente foto:

"19 de septiembre de 2013" Foto: Naim

Los tradicionales quioscos han compartido infortunio, con destino común en su cese de actividad:

— El que en su día cobijó a Petra y Perico fue demolido, para instalar unos columpios.

— El “aguaducho”, donde se podía tomar un refrigerio, ha cerrado.

— El de “la Chucha”, destinado a prensa y golosinas, hace tiempo que no se usa y se mantiene con un aspecto asqueroso; recuerdo haberle visto envuelto en unas lonas azules, cual mortaja de un cadáver que, necio, se obstina en mantenerse erguido.

En el paseo de los Álamos se alinea un conjunto dispar de establecimientos de carácter permanente: heladerías, churrerías, en un batiburrillo variopinto que desluce el conjunto. En otoño, un par de puestos de castañas animan, con su atrayente olor, a calentar los bolsillos.

Durante todo el año se instalan carpas, con ferias dedicadas a diversos motivos, que hacen que el paseo deje de tener sentido (excepto para especialistas en sortear obstáculos).

Bancos desvencijados (y sucios) se dispersan por doquier.

La rosaleda y el estanque de los patos presentan un atractivo pasajero; los pavos reales aprovechan cualquier ocasión para fugarse (uno de ellos tiene seguidores en facebook), llegando a poner en peligro su vida.

Alberto Polledo, con la mediación de Alfonso Iglesias, glosa a un fanfarrón,  pendenciero, camorrista, conflictivo, alborotador, bravucón y matasiete. Todo un pavo, vaya.

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Este desdén hacia lo propio  constituye un rango distintivo.

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En otros lugares, determinados pabellones (quioscos) se erigían con motivo de una celebración concreta, llegando a alcanzar notoriedad. Pueden considerarse, con todo rigor, elementos arquitectónicos. Se han convertido en símbolo de la ciudad que los alberga: pienso en la torre Eiffel, que se construyó para la Exposición Universal de 1889 de París.

Antes, Joseph Paxton, afamado constructor de invernaderos, hubo de intervenir para rematar el Crystal Palace, que albergaría la Gran Exposición de 1851 en Londres. Era un pabellón (un gran quiosco) que inspiraría el Palacio de Cristal del Retiro, en Madrid, construido en 1887.

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Viajar siempre me despierta necesidad de patear los entresijos de las ciudades que visito. Bebo mucho (para combatir la sed y el calor) y debo frecuentar mingitorios, también conocidos como “quioscos de necesidad”, aquellos retretes destinados al alivio (público) de necesidades (de forma privada). Recuerdo a Guillermo Summers avisando de que, en uno, había un león.


Durante las fiestas de San Mateo han colocado unas cabinas portátiles, habituales ya en cualquier festejo popular, flanqueadas por unos urinarios triples, absolutamente indecentes, que muestran su utilidad en la segunda parte del recorrido de la sidra, en el escanciado de retorno.

"Escanciador de sidra (gravitatorio)" Foto: Joselón Peña

La novela “Clochemerle” (Gabriel Chevallier, 1934) mostraba las reacciones que provocaba la instalación de unos urinarios públicos —un quiosco—, en la plaza de un pueblo, en el Beaujolais francés.

He encontrado un delirante vídeo, en inglés, de la serie basada en el libro que emitió la BBC en 1972, que ilustra la controversia. Con un nivel de inglés que me permite entender todo lo que dice la alcaldesa madrileña (cuando habla en inglés, al menos) no soy capaz de determinar si el pastor habla de “paz”, o está hablando del uso que se le va a dar al engendro protagonista.

He de reconocer que no hay nada más comprometido que sentirse incapaz de aligerar la presión. Más, si Claudine Longet está cantando —tan encantadora, tan francesa ella—, que no hay Nada que perder, a la vista de todos.


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Procurado el alivio, seguiré con el repaso.

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Pese a que se presentaban abiertos por todos los lados, destinados a conciertos populares, en ocasiones redujeron su tamaño, se cerraron con paramentos y se destinaron a usos específicos: venta de flores, golosinas o prensa.

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Cada vez que pienso en enviar un mensaje con flores, pienso en Nino Bravo, Scott McKenzie o The Lumineers.




Como quiera que de momento no tenga pensado partir, ni mi destino sea San Francisco, ni pretenda tampoco quedarme encallado en mitad de una escalera atestada, creo que me saltaré lo que en mi ciudad, con ese gusto afrancesado tan característico y deprimente, han bautizado el “Boulevard de las flores”.

Prefiero los que, siendo osados, sacan el género a la calle y llenan las aceras de olor y color.

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Las golosinas (chuches, en neolengua) se despachan en “tuttifruttis”, un calificativo inexplicable que la chavalería ha acortado como “tutti” y cuyos dependientes se han ganado el mérito profesional, al quedar como único espacio en el que los padres modernos dejan campar a sus hijos, de forma descontrolada.

No entraré en ninguno, por descontado. No puedo resistir los intentos infructuosos de compaginar la gula con el desconocimiento elemental de las matemáticas.

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Sólo quedan los quioscos de prensa. En esta ciudad fría y lluviosa, húmeda sin compasión, los quiosqueros se guarecen en establecimientos cerrados. Hacen lo que pueden por adaptarse, a la vista de que, como las librerías, su mercado se va reduciendo. No por el volumen de los productos (en septiembre y enero, alcanzan cotas desmedidas, con esa estrategia de marketing que se apoya en la visibilidad), sino por la reducción de su público potencial. Es evidente que cada vez se lee menos. Y que, de forma creciente, las pantallas no necesitan de alguien que les atienda personalmente.

[Anina, seguiré pasando a charlar contigo].

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Así que el término seguirá su viaje.

Empezó en Persia, —de “kōšk” (‘pabellón’ en pelvi) a “košk” (en persa)—, pasó a Turquía“köşk”, en turco— y llegó a Francia“kiosque”—.

De nuevo el gusto afrancesado hizo que la grafía con “k” ganara adeptos, aunque la RAE lo prefiere como con “q”, gracias.

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Una palabra que sobrevive, mutante, aunque sus usos originales se vayan mostrando en retroceso.

He visto un “Kiosko de vinos”. Creo que reemplazarán a las “boutiques” en su variedad multimodal.

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Hoy, 22 de septiembre de 2013, mientras los rezagados se retiran a dormir la siesta del carnero, un día después de la fiesta en honor de San Mateo —no el patrón de la ciudad, que es San Salvador—, habiendo comido el bollu preñau y recibido la Perdonanza, desalojados los ocupantes ocasionales, liberados de esta invasión transitoria (a los que, ocasionalmente, hemos desarmado), poco antes de cumplirse el 104º aniversario de la gesta del Cabo Noval, llega el tiempo de la meditación y el análisis.

No hay más que dos alternativas (y son mutuamente excluyentes):

ü      Alentar el establecimiento, favorecer la búsqueda de echar raíces, estimular el deseo de permanencia.

ü      Animar la itinerancia, la temporalidad, el tránsito perpetuo, en un viaje a ninguna parte, que invita a un talante peregrino, más que al desarrollo de una peregrinación hacia algún lugar definido.

Una pregunta debe encontrar respuesta: ¿cuál es el carácter que se desea insuflar en la ciudad, mediante los cambios que continuamente se incentivan?

Uno tiene la sensación de que dejarse cautivar por lo novedoso, sin atender a la huella que vaya a suponer, puede llevar a un goteo incesante, a un chorreo sin fin. Quienes tomen decisiones, todas decisivas, deben entender que la falta de liquidez obliga a una forma sensata de actuar, basada en la persecución de proyectos que, pasado el tiempo, se mantengan sólidos.

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Preocupa que, mientras continúa el cierre de tiendas, prolifera el despliegue de tenderetes; de aquellos que pueden largarse a la francesa.

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No se puede negar la facilidad con la que Caunedo cae atrapado por cantos de sirena, con ese voluntarioso ánimo que le hace apuntarse a todo lo que suene a nuevo. No importa si se trata de una aplicación para reservar aparcamiento desde el teléfono (¿no habíamos quedado en evitar las distracciones?), apuntarse a un plan Oviedo 30 basado en habilitar carriles en los que tienen prioridad las bicicletas y se multa a los vehículos que superen los 30 km/h (en una ciudad en la que resulta complicado animarse a coger una, a la vista de las cuestas y la lluvia) o modernizar las fiestas de San Mateo, aportando como novedades exclusivas la instalación de un nuevo escenario para actuaciones musicales (una carpa habilitada en el parking del Carlos Tartiere) o unas jaimas (casetas, para los neófitos en neolengua), que gestiona la Asociación de Hostelería y que se habilitaron en el paseo de los Álamos, controvertidas según para quién.

Una exposición itinerante se instaló este verano en la plaza de la Catedral, bajo una carpa. La taquilla era una caseta de obra, habilitada para no parecer un puesto de helados. El objetivo de la muestra era promocionar una reliquia, ubicada en Turín, por más que en el recorrido se incluyeran, como en un accésit, menciones al sudario que se guarda en la Cámara Santa. Se habló en su momento de, que serviría para analizar el posible impacto futuro de un centro de interpretación, [...] ubicado hipotéticamente en el martillo de Santa Ana. Sostener que la capital reúne, por primera vez, las dos reliquias más preciadas de la cristiandad [...]. Han tenido que pasar más de dos mil años para que, ambas telas, que, científicamente está demostrado que cubrieron a un mismo cuerpo, vuelvan a unirse es de una falsedad alarmante. Primero, porque la tela turinesa nunca vino a Oviedo (era un facsímile). Y segundo, y más importante, porque la muestra se quedó en puertas, alentando la interpretación de que el cabildo no las tenía todas consigo sobre las intenciones del promotor.

Tanto interés en dotaciones móviles, de quitaypón, con fecha de caducidad, habilitadas a discreción, permite otorgar al alcalde el nombramiento de “homo habilis”. En el mismo acto, Braun y Barry podrían ser nombrados sus fieles escuderos.

La sensación de provisionalidad sólo se transmite si contempla. Los cuatro escenarios (Catedral, la Ería, Plaza Feijoo, Plaza del Paraguas) explican por qué este año los empresarios no acudieron a la subasta para instalar barracas.

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Y, como cierre nefasto, la novedad más triste que se recuerda.

La Balesquida, la cofradía más antigua de España, data del siglo XIII. Una sentencia reciente confirma el cambio en la naturaleza de la sociedad, pasando de ser una entidad regida por el derecho civil —como siempre había sido, desde su fundación— a estar sometida al derecho canónico.

Una nueva deriva, contraria a la independencia de los asuntos divinos y terrenales, tan necesaria siempre.

Una completa traición a la tradición.

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Agradecimientos:

María Viyella dejó para el recuerdo la ilustración más bonita del quiosco que pueda imaginar.
Naim amablemente atendió mi petición para hacer una foto que muestra un deterioro incomprensible.
Nacho San Marcos me ayudó a precisar determinados términos técnicos y a quien pido clemencia por las incorrecciones que haya podido cometer.
Joselón Peña, de quien he tomado una fotografía que documenta el meadero mateíno.

4 comentarios:

  1. Magnífica entrada, amigo Secades. Qué pena me da lo que cuentas de Oviedo, ciudad muy querida para mí, aunque parece ser el signo de los tiempos, porque casi todo lo que dices puede aplicarse -mutatis mutandis- a Madrid.

    Especialmente triste lo del Campo de San Francisco; parece mentira que el Ayuntamiento no ponga interés en cuidar ese espacio privilegiado que tenéis en la ciudad. Si la gente lo visita cada vez menos, es que algo se está haciendo rematadamente mal.

    Estos munícipes tan originales que padecemos no parecen darse cuenta de que, cuando algo está bien, basta con cuidarlo; no es necesario hacer modernidades y gilipolleces -lo del calendario que cuentas me escalofría-. Por otro lado, es indecente el estado del quiosco; seguro que arreglarlo cuesta mucho menos que cualquier chorrada de las que hace el Ayuntamiento cotidianamente. Qué desastre.

    Por cierto, preciosa ilustración del quiosco. Felicidades a la artista.

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    1. Gracias.

      Lo de las chorradas de los alcaldes es un sinsentido excesivamente común. Comparar la ilustración de María y el estado actual, debería ser una llamada a la acción; seguramente, daría comunicando.

      Lo del calendario floral es tal y como lo cuento. Lo más sorprendente es la cantidad de turistas que se fotografían con ese fondo; si recuerdas el Campo está muy cerca del conjunto escultórico con una fotógrafa, una mula y una silla de tijera, donde todos hacen el ridículo. Otro lugar para detectar descerebrados es la plaza de Trascorrales, donde ancianos se juegan el tipo para subirse a una burra y morir (o quedar inmortalizados).

      Es así como los alcaldes habilitan espacios populares.

      Deplorable.

      PD - La ilustración es una maravilla. Sin duda, lo mejor del artículo.

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  2. El Ecmo Ayunatmiento dbería nombrarte hijo predilecto por la defensa del patrimonio del mismo. Solo conozco Oviedo de pasada pero me gsto bastante. un par de amigos son de allí pero como viven cerca de mi hogar nunca he quedado en Oviedo. Curiosamnete ayer estuve en un Quiosco con un grupo que tocaba versiones de Petty, Sade... increíble , no muy buenos pero alegraba la tarde noche en unas terrazas. Todos ñps lugares que forman parte de mi vida tienen uno. Como el toro de Osborne protección.

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    1. Querido Bernardo: tal y como están las cosas si el alcalde, o alguien afín a la corporación, se leyera el artículo, lo único que me nombrarían sería hijo de ....

      Lo de un quiosco, dedicado a su uso original, con versiones de Petty o Sade, suena de fábula (aunque fueran intérpretes mediocres).

      La mediocridad abunda tanto que se agradece el buen gusto.

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