La
película dirigida por Víctor García León,
estrenada el pasado viernes tras ser premiada en el Festival de Cine de Málaga,
plantea un tono de comedia sobre la crisis —económica y “de valores”, se suele apostillar— española.
Resulta
sencillo acercarse desde el lado trágico: la situación lo es en sí misma; sería
redundante.
Se
agradece el esfuerzo de mostrar una comedia. Como en todas, hay una búsqueda de
reírse de algo, entendiendo que la risa pueda resultar catárquica.
Y
se reconoce el intento de esquivar tres tentaciones en las que la comedia puede
caer: reírse de alguien (cayendo en una burla), apoyarse en prejuicios
(alimentando un clima, molesto en exceso, que favorece el enfrentamiento y la
transformaría en parodia), buscar soluciones simplonas (que conducirían a una
farsa).
Pero,
¿qué hacer si el producto que intentas vender está destinado a quienes sufren y tratan de esconder su
padecimiento? ¿A los que consideran que han hecho algo mal y están llenos de vergüenza
porque han estado acosados por las metáforas?
"La
enfermedad 'no es' una metáfora, y el modo más auténtico de
encarar la
enfermedad –y el modo más sano de estar enfermo– es el
que menos
se presta y mejor resiste al pensamiento metafórico".
Un
profesor de filosofía está pasando una crisis existencial.
La
última película de Woody Allen, “Irrational man”, nos presenta a Abe Lucas (Joaquin Phoenix), recién llegado al Braylin College, en Newport,
Rhode Island, para tomar posesión
(la retórica universitaria me fascina) de su plaza, en el campus local.
Su
fama le precede; es recibido y alojado.
“Somos mayores. No somos para ti”
También
es acogido.
“Me bajo el whisky, la escalera y el vestido cuando quieras, chato”
Rita Richards (Parker
Posey) se muestra accesible.
“O sea, me encanta cómo piensas”
Jill Pollard (Emma Stone),
también.
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Las
cosas de los profesores de filosofía son así.
Se
enredan en disquisiciones morales sobre el significado de la existencia, mientras
olvidan que su responsabilidad está en las labores de las que se ocupan a
diario.
No
hace falta ir a la India para cambiar el mundo.
Abe se plantea qué hacer para dejar huella, y
considera a su remesa de alumnos otra colección de mediocres irrelevantes, similar
a los del resto de Universidades que ha dejado atrás, bebiendo whisky en su petaca, para dejarse dominar
por la lascivia y permitir que su único rastro se encuentre en las camas que
comparte, en un dilema profundo e inmoral.
Porque
se puede ser profundo y meditabundo y, con
ese agravante, ser inmoral. Lo que se dice un sinsentido.
Más
todavía al tener en cuenta que yace con una mujer casada…
“Te estoy mirando el escote”
…o
una alumna.
“Hazme tuya”
*****
Con
la característica verborrea de un profesor desencantado, fascina a la joven, aludiendo
al azar, la suerte o lo aleatorio; la ruleta aparece como metáfora: la rusa, en
un juego con sus alumnos en una fiesta a la que es invitado; o la de la
fortuna, eligiendo el número correcto en la feria local.
“Con ese aparato podrás entrenar tu suelo pélvico y yo contendré los
síntomas de mi incipiente erección”
Las
confesiones al borde del mar…
“Llévame a España, tío”
…son
el preludio de una charla postcoital.
“Siete letras: puedo tener más de uno; empieza por ‘or’ y termina por ‘asmo’”
*****
Cualquier
película de Woddy Allen contiene detalles que la hacen mejor que la mayoría de las
del resto de la cartelera.
Su
ritmo de trabajo y sus cambios de registro hacen que sus propuestas estén
siempre aderezadas por un riesgo añadido.
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Lo mejor: los vértices femeninos del triángulo: espléndidas
Emma y Parker. La selección musical: los tres temas de Ramsey Lewis, que suenan de forma recurrente, describen la
confusión del profesor.
Lo peor: Joaquin sigue lastrado por haber
tenido que lidiar con la voz de Scarlett
Johansson, y no con toda ella, en “Her”,
la película de Spike Jonze. Es
normal que no se recupere.
“Emma, ya lo sé: es un coñazo de antagonista”
*****
Dejémonos
de filosofía. Apliquemos la psicología (popular):
Llegando
a casa, en el coche, no sé si por azar o por suerte —pero sí sé que fue aleatorio—,
una canción sonaba: “You Can’t Have Bad Luck All
The Time” (“No puedes tener mala suerte todo el tiempo”). Es Jackie Greene.
Tener
a Bernardo
Dual como amigo es la mejor garantía.
Todos
conocemos personas dispuestas a, con prontitud, establecer modelos explicativos
—denigratorios— del comportamiento humano, en el que caben todos, menos uno
mismo.
Los
hay que van todavía más lejos y se exculpan, de forma cobarde, recurriendo a un
irrevertible carácter propio —al que denominan bipolar y que entienden como licencia
personal e intransferible—, o justificándose, sin aceptar reproches, aludiendo
soterradamente a deméritos ajenos como causantes de sus actos fallidos.
"Disociados. Dependen del color desde donde miren" Foto: Apallalu
Aquello
de la paja y la viga.
Por
descontado, formular una ley de la conducta humana y apartarse de su
aplicación, no implica la percepción de sentirse marginado. Más bien, resulta
al contrario; defienden su completa normalidad.
“El sentido común es el menos común de
los sentidos”. Resulta sencillo
mostrar acuerdo con el popular dicho.
Pero
se vislumbra complicado aceptar que pueda ser uno mismo el que carezca
de él; el que se comporte como un insensato (ya sea de continuo, o de forma
aislada).
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He
oído hablar del pentalfa del periodismo: la fórmula quinta sobre la
que se establecen las preguntas que deben ser resueltas en una labor de
investigación coherente. Cinco cuestiones elementales, que empiezan por la
misma letra (en inglés): “Qué” [What],
“Quién” [Who], “Cuándo” [When], “Dónde” [Where]
y “Por qué” [Why].
Alguien
se percató de que habían olvidado una sexta, que incluyeron —pese a
incumplir la regla (de la) inicial—. Era importante saber “Cómo” [How].
Pero
en esta sociedad instrumental, utilitaria, que evita el uso de la crítica
aséptica para resultar deudora de filias
y fobias, “conocemos algunos ‘porqués’ y muchos ‘cómo’, pero ignoramos los
principales ‘para qué’ de nuestra existencia”, en palabras de Aurelio Arteta, Tantos
tontos tópicos (p. 22).
Finalmente,
los
enanitos resultaron ser siete, aunque uno de ellos, el menor del grupo, pudiera
pasar desapercibido por ser mudo y no llevar barba. Seguramente nos preguntaría "Para qué"[For what].
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En
los ‘60s, cuando se buscaban los límites de la experiencia y se suponía que
otra forma de sociedad era posible, Buffalo
Springfield cantaban que “nadie tiene
la razón si todos están equivocados”, aunque hay esfuerzos que valen la
pena.
Acabo
de ver la película “Hannah Arendt”,
dirigida por Margarethe von Trotta.
Una
película irregular, orientada hacia un clímax en el que la filósofa se defendía
de los que no habían entendido su postura en el juicio del nazi Adolf Eichmann, argumentando de forma
vibrante, en una cita que hago de memoria: “El
pensamiento no es útil para el conocimiento; lo es para aplicar criterios
morales, para distinguir el bien del mal, lo feo de lo hermoso”.