Belén Esteban dijo que había escrito un libro. Mario Vaquerizo, dos. El fin de semana
pasado terminé asustado viendo el festival de Eurovisión. Hay un elefante que
dibuja con la trompa y colaron un cuadro de un mono en un museo de arte moderno.
Lo único que une todos esos conceptos es la puta desfachatez. Desfachatez y
desprecio por los que hacen las carreras de Bellas Artes, por los que tiran a
la papelera folios llenos de historias y por los que buscan un acorde nuevo o
un sonido diferente. A veces, ni siquiera es diferente, sino bueno. Aceptable.
Cualquier cosa de la que sentirse orgulloso. Ahí reside otro problema: el
orgullo. No puede tener orgullo el cantante de Polonia, ni Eduardo Inda si uno se llama a sí mismo artista y el otro
periodista. No pueden tener orgullo Pdro
o Pablo; hacen marketing indigno
hasta para los ¿creativos? de MediaMarkt.
No pueden creer que lo hacen bien Mariano
y Albert porque uno no acepta que lo
puede hacer mejor y el otro se ha subido, con el beneplácito de Pablo, a un pódium tras un campeonato
que ni siquiera han permitido que empiece. No puede ponerse la medalla de
director de cine Santiago Segura,
porque tendríamos que asumir que Woody
Allen y él, “8 apellidos vascos”
y “El apartamento”, son lo mismo. Van Morrison y Pitbull. Cervantes y Mari Cielo Pajares.
¡Qué
gran cantidad de insultos! ¡Qué miserable autoestima desequilibrada! ¡Qué puto
mundo de despropósitos y egos desmedidos!
Y
hay quien dice que todo es arte, pero una mierda de perro en medio de la acera
no es una escultura de Rodin. Un
post no es literatura. Un grito no es un cantante (salvo que la que grita sea Beth Hart).
En
algún lugar se quedó la vergüenza. Y los locos rellenan de mentiras sus
tarjetas de visita. Los que siguen a los locos son aún más locos.
Los
artistas de verdad se mueren. Con las manos gélidas.
— En el alféizar de mi
ventana siempre tengo una pila …
— … de nidos colgados de oscuras
golondrinas —continúa el
mayor, lleno de la pasión propia de su edad; alentada por un alma de poeta.
— … de comida, para
alimentar a gatos abandonados y solitarios —apostilla el mediano, de corazón sensible, preocupado por
los que siente indefensos.
— … ¿qué es un alféizar? —pregunta el pequeño, con la curiosidad
que le caracteriza.
— Una repisa que tienen las
ventanas, por el lado exterior, pero también en el interior que es donde,
decía, tengo siempre una pila …
— … de libros, molestando,
obstaculizando el movimiento oscilante (y el batiente) e impidiendo que la
superficie esté limpia, llenando todo de cosas —rezongó ella, cargada de más razón que paciencia.
— Ya. Los quitaré —traté de sentenciar, asumiendo ambos
que era un propósito que me iba a costar llevar a cabo.
*****
El
cuarto de baño: un espacio sin puerta (en nuestra casa) que aprovecho para
lecturas improvisadas, a la vez que me alivio.
Hoy,
en uno de los libros que contenía la pila colocada en la parte interior del
alféizar de la ventana del cuarto de baño que utilizo por la mañana, he leído
lo siguiente:
“En
psicología existe una antigua historia sobre un anciano jubilado que estaba
encolerizado porque unos niños jugaban de manera ruidosa junto a la ventana de
su pequeño apartamento en el primer piso. ¿Los alejó a gritos? No. Eso no
hubiera sido inteligente. Salió y dijo que le encantaba oír a los niños jugando
debajo de su ventana y que les daría un cuarto de dólar a cada uno si jugaban
allí. Los niños estuvieron encantados. Les pagó un cuarto de dólar cada día
durante una semana. La segunda semana salió después de que hubieran estado
jugando y les explicó que como era muy pobre, sólo podía darles diez centavos a
cada uno. A los niños no les gustó la reducción del pago. Algunos abandonaron,
pero la mayoría continuaron allí. Al comienzo de la tercera semana, el hombre
jubilado salió y les explicó que era tan pobre que sólo podía pagar un penique
para cada uno al día. Los niños se marcharon diciendo que no jugarían debajo de
aquella ventana por un penique. La estrategia del anciano para solventar su
problema refleja una comprensión detallada de cómo sus acciones afectarían a
los muchachos”.
Al Siebert: “La
resiliencia. Construir en la adversidad”
*****
— Es curiosa la historia.
— Sí. Me llamó la
atención. Por eso quise compartirla contigo.
— Gracias.
— Ahora estoy pensando cuándo
podré encontrar la posibilidad de poner en práctica la estrategia. Se me
ocurrió pagar a los niños para que, progresivamente, vayan reduciendo su nivel
de ruido.
— Adelante.
— Pero he encontrado un
problema.
— Sabía que serías capaz
de hacerlo.
— No sé cómo hacer para
pagarles.
— ¿Perdón?
— Que hay un problema de
conversión de monedas.
— No te sigo.
— Te explico: primero, el
jubilado, empieza con un cuarto de dólar; más tarde, pasa a ofrecerles diez
centavos y no sorprende que rechacen su oferta final.
— Era lo que buscaba. Les
ofreció una cantidad ridícula.
— El jubilado que no salía
de su casa en esa antigua historia que existe en psicología quería que se
fueran a jugar a otro sitio. Pero, ofreciéndoles un penique, los niños no encontraron
la cantidad ridícula, sino que les pareció absurda y, por eso, se fueron.
— Lo que él quería.
— Que no. ¿Cómo iba un
jubilado anciano, que apenas sale de su casa más que para arengar a unos niños
que juegan de manera ruidosa debajo de su ventana, orquestar un plan en el que,
mientras apacigua su cólera y reprime su deseo inicial de amedrentarlos con el
bastón para hacerlos callar, les aturde ofreciéndoles moneda extranjera —¡peniques!—
para que comprueben su grado de locura, se aturdan y se vayan?
— ¡Mira que tienes gana de
sacarle punta a las cosas.
— Todo es culpa de la
reducción de costes y la forma de hacer libros, fabricándolos como si fueran en
serie.
— Deliras.
— Que no. Que te digo yo
que todo este sinsentido se debe a cómo trabajan ahora las editoriales, que
encargan los trabajos de traducción a becarios, que no aparecen acreditados y a
los que descuentan una cantidad fija de dinero por cada coma empleada.
— ¿Has tomado la pastilla?
— Voy a mirarlo.
— …
— ¿Ves? Mira la página de
créditos:
(Alienta
Editorial. Planeta DeAgostini Profesional y Formación, 2007)
— Ninguna mención al
traductor. Ni siquiera indican el título original de la obra, ni su año de
publicación.
— ¿Es importante?
— Para gente con ideas
propias, no. Pero, para los que cumplen los protocolos, es tremendamente
relevante. Hay una forma de trabajar establecida que debería seguirse.
— Ya.
— Pero, ¿qué puedes
esperar de unos tíos que vienen del planeta Agostini?
De
joven, leía las tiras de Mafalda. Quino siempre mostraba situaciones con
las que podía identificarme.
Recuerdo
cómo, siendo niño, me retaba andando por la calle.
No
pisar rayas.
Evitar
las alcantarillas.
Hacer
cuentas con las matrículas de los coches.
Y,
muy a menudo, acelerar el paso para llegar a la esquina antes que el gordo.
"Miguelito gana al gordo" Tira: Quino
*****
Hoy,
unos cuantos años después, el gordo soy yo.
Y
también llevo sombrero.
Y
sé que, aunque los jovencitos me adelanten, en trayectos largos les terminaré
superando.
Soy
capaz de mantener una constante velocidad de crucero.
Y
no me detengo.
Repentinamente.
*****
Ahondando
en mi comportamiento viejuno, sólo cruzo cuando el semáforo lo permite. No
aprovecho para mirar mi dispositivo y enredarme en una consulta que siempre
dura más de lo que preveía.
El intercambio de correos, mensajes privados en fb y
la lectura de los comentarios que muchos amigos han dejado como consecuencia de
mi nominación en los premios
para elegir la mejor Web de Asturias, me han tenido entretenido y lleno de
satisfacción.
Francisco, Brizeida,
Lucía, Nacho, Ángel, Albana, Tere, Chusina, Antonio, Montse, Borja, Cova, Humberto, Pedro, Nacho, David, Iñaki, Amaya, JOMA, Eloy, Luisa, Chals, Berna, Anabel, Fernando, Antonio, Nacho, Beatriz, Silvia, Maria, Ana, Alina, Juan Carlos, Ángel, Gonzalo, Luis, Quique, Orestes, Pedro, Belen, Elías, Lucía, Marta, Anina, fueron
cariñosos y debo mostrarles mi gratitud, esperando no olvidar a ninguno, porque
los recuerdo a todos.
Aunque agradezco no estar enganchado a twitter,
ni al WhatsApp;
hubiera sido excesivo.
*****
"Un día duro"
El día empezó con la noticia del sexto
aniversario del blog, de una reciente incorporación a mi universo virtual, Molinos, que regenta con chispa un
espacio en el que detalla las Cosas
que (le) pasan, del que me estoy empezando a considerar adicto. En todo
caso, dado que estamos en esa fase timorata en la que parece que prefieres
atisbar, más que decidirte a mostrar, en ese juego en el que se cae cuando a
uno le atrae la forma que tiene alguien para plantear sus cosas, andando con
tiento, le pregunté por la canción que daba fondo sonoro a un vídeo lleno de
energía y buenrollismo (algunas características destacadas en la autora —Molinos
es una mujer— que conjuga con un humor ácido y una forma pimpante de aprovechar
el tiempo). Amable, me dijo que eran Pete Yorn
& Scarlett Johansson, cantando “Relator”.
Más tarde, salgo a pasear a Z y me cruzó con el comentarista de TV más lúcido y poliédrico del
espectro nacional, que desde hace casi 30 años conjuga elementos de psicología
experimental o filosofía clásica para explicar la realidad de la TV (y la
vida), desde un punto de vista batracio (cada vez más caliente, cada vez más
amodorrada). Es Antonio Rico, con el que llevo la
mitad de mi vida cruzándome y, en ese momento, me envalentoné y estreché su
mano y le felicité por el certero análisis en el artículo en que animaba
a Coca-Cola a sacar pronto su anuncio, con el que sustituir a aquel de “veo una vida nueva y tú no estás en ella”.
Un brillante escrito que, como muchas veces me ha pasado, me hubiera gustado
firmar a mí y que recomiendo leer con detenimiento. Anuncio
Coca-Cola - Despedido
Sigue el día y entro en contacto telefónico con un fumador empedernido
al que conozco desde hace tiempo, pero con el que nunca había cruzado palabra;
cumplimos el proceso inverso al descrito por la canción que sirvió para iniciar
las emisiones de una cadena que ahora se ve abocada al final de sus días, aplicando
el axioma de que, si se le caía la M, se convertiría en una TV más,
extraordinariamente ordinaria, carente de interés. Buggles hicieron sonar música, por primera vez, el 1 de agosto de
1981, para avisar que el vídeo acabaría con la radio. No es una partida de
piedra, papel y tijera; la imagen ganará siempre (como siempre perderá la
lectura). Las píldoras serán cada vez más pequeñas (y mucho más numerosas).
Pero, más allá de aquella bravata, cierta entonces, fuimos capaces de poner
voces a rostros (que ya identificábamos, incluso alterados), avanzando en
nuestra relación, que ha madurado y se adentra, también, en el ámbito de lo
comercial, convencido de que ayudaría a evitar convertirme en un gilipollas
moderno.
Tuve que invertir mi papel, con gusto de nuevo, y
mientras ella terminaba de resolver asuntos, calenté la comida y realicé faenas
domésticas, con la música de fondo (y el PC encendido). Una canción me
atormentó y estuve danzando con ella parte del día. Esa sensación de que
tengo un hueco en mi cabeza, que están tratando de averiguar lo que pienso, que
surgen ideas que me cuesta conectar pero que sé que, de alguna forma, están
entrelazadas.
A pesar de que mi cerebro parezca cada vez más un
queso (fundido y lleno de agujeros), mis sinapsis deben hacer mal contacto y,
me sucede a veces —creo que he leído mal el nombre de la etiqueta dónde han
guardado mis fármacos— me quedo atrapado en un sinsentido. Otra vez, no ¡por favor!.
Te-tener que tra-trasbillarme y a-tra-tran-trancarme pro-pronunciando
pa-palabras. Me costará transcribir mi conversación. Con JJJ, culpable
de que haya vuelto al cine.
—Fundamental para mi bienestar.
—Podías usarlo para esperar en la cola de la farmacia,
mientras se ocupan de sellar las recetas y hacer el cálculo de cuánto van a
tener que pagar.
—Pues casi mejor. Empezaré a hacerlo. No como el otro
día.
—¿Qué te pasó?
—Tenía las ingles escocidas, de jugar al paddle. Fui a que me dieran un bálsamo
reparador. Se me pusieron mucho peor.
—No me digas.
—Tengo las pelotas al rojo vivo. Un dolor del carajo.
—Estarás rascándote de continuo.
—Fíjate. El otro día se quejó mi contrincante de que por qué
me ponía a hacerle gestos obscenos. Y yo sólo trataba de aliviarme.
—¿Pudiste?
—¡Qué va! Tengo las ingles más en carne viva que la
mano de Nadal.
—¡No me jodas!
—Para eso sí que no estoy, ahora.
—Yo creo que en el ungüento que te dieron, de uso
tópico, debía poner escrito, bien grande: “muestra
sin valor”.
—Ya te digo. Pero sí que necesitaría valor para
mostrar mis pelotas en público. Especialmente en este estado.
—Menudo cabrón el que dijo que el deporte era bueno
para la salud.
Mi amiga Fe,
Miss Loretta, explicó la realidad de
un mundo apoyado en emociones, la importancia de racionalizar lo que
experimentamos por los sentidos y me hizo darme cuenta de lo maravillosa que
es.
Hablé también con Carmen, amiga querida, pieza fundamental en el puzzle de mi vida y,
mientras yo recordaba una conversación, y la música que sonaba de fondo, ella me regaló un montón de fichas
de póker y me recordó la importancia de compartir.
Tuve que ir a la reunión
del colegio. Nos pusieron dos tiras de Quino.
A La primera sigo dándole vueltas; todavía no he sido capaz de comprenderla. La
segunda, la adjunto.
Quiero suponer que explica
el miedo de los padres a que los hijos crezcan. Olvida que los que son, verdaderamente
heroicos, son ellos, nuestros hijos, por enfrentarse a un mundo que
desconocen lo que les va a deparar.
Volviendo a casa, el
reproductor de música, programado en posición random, contribuyó a aumentar mi alarma, conduciendo en una noche
oscura y lluviosa.
Y cuando llego a casa, me cruzo con Y, que baja a Z a dar su paseo. Aprovecho para hablar con ella de la reunión del
colegio, temas tratados, balance nocturno et
al. Mientras charlábamos, se empezó a escuchar un sonido, como el del trino
de un pájaro. Nos recordó a una de esas pipas que se llenan de agua y que
imitan el canto de un jilguero. También empezamos a oír golpes continuados, en
un diálogo sonoro “fli-fli-fli”, “pom-pom-pom”, “fli-fli-fli”, “pom-pom-pom”, “fli-fli-fli”, “pom-pom-pom”, que, tras comprobar que no correspondía a los otros
dos presuntos, imaginamos que procedían de otras casas, en las que alguien
hacía ruido y otro le increpaba golpeando con la escoba.
Error.
Era Y que
se había quedado encerrado en el ascensor.
Un poco más tarde, en el aseo, planificando el día
con ella:
— ¿Qué tal? ¿Tienes mucho, hoy?
— Tí.
Esos días, en los que ella contesta con un tí,
entrañan una complejidad que no se percibe en su apariencia minimalista. Los
años ayudan a descubrir que, tras esa brevedad —como cantar acompañada por un
ukelele y unas simples palmas— se encierra años trabajando en la destilación de
un método para afrontar lo que será, sin duda, un largo día.
Podían ser escritores a los que los estudios ponían en
plantilla para que dedicaran su tiempo, en exclusiva, a crear tramas y
personajes para ellos.
La fuga de guionistas a la TV —mucho más rentable e influyente— dejó huérfano
al star system. Los productores
ocuparon ese espacio y diseñaron un plan bien simple: la realización de
adaptaciones cinematográficas de obras que, habiendo triunfado en otros
formatos, podían alcanzar éxito vía Hollywood.
Musicales de Broadway,
libros clásicos (o modernos), obras de teatro. Todo podía constituir un filón.
También los comics,
claro.
*****
Ahora llega “El
llanero solitario”, avalado por el sello de los productores de “Piratas del Caribe”. Una película que
acabo de ver, como parte de un plan familiar.
Y que ha conseguido enervarme, porque recuerdo los tebeos
que leía de niño y, más tarde, la serie de TV, cuya
presentación concluía:
“Con su fiel compañero indio, Toro, el
audaz e ingenioso jinete enmascarado de la llanura inició su lucha por la ley y
el orden en el temprano oeste de los Estados Unidos. En ninguna de las páginas
de la Historia
se puede encontrar a un mayor campeón de la justicia. Vuelven a nosotros ahora
esos emocionantes días de ayer. ¡Desde el pasado viene como un trueno el galope
del gran caballo Silver! ¡El llanero solitario cabalga de nuevo!
"Defensores de la ley y el orden. Y la justicia"
Entiendo que haya sido preciso actualizar la imagen de los protagonistas. Es probable que el skijama azul celeste no suponga un look actual. Y que el dos-piezas con flecos, de color ocre, y
la escueta cinta en el pelo, careza de una apariencia suficientemente étnica (no puede parecer salvaje sin llevar
la cara pintada).
Pero se han pasado.
Han traicionado el espíritu de sus aventuras conjuntas y han
transformado su carácter, con el único objetivo de mostrarse irreverentes; esa actitud que hoy se
considera tan divertida.
"Kemo Sabay es, en la nueva entrega, 'hermano equivocado'. Con un par"
Sólo recuerdo haberme indignado tanto, cuando, leyendo las aventuras de Mafalda, Felipe —con el
que siempre me identifiqué— se encuentra con Susanita, que, de forma fulminante, le hace bajar de su mundo
fantástico y toparse con la cruda realidad (y la ordinariez).
"Quino: un verdadero genio"
*****
Lo más extraño de la película es que, en su inicio, se hace
un homenaje al cine del oeste: al paisaje, a los figurantes, a la escenografía
y al atrezzo del género.
A lo accesorio.
Pero, por lo demás, se utiliza la burla, el anacronismo y la
inexactitud al servicio de un espectáculo que termina resultando grotesco (y
molesto para los que habíamos seguido y respetábamos las etapas precedentes).
Como le pasa a cualquiera, viendo lo que han hecho.
*****
PERSONAJES
El llanero solitario
Soy capaz de asumir el
contrasentido de anunciar como solitario a un tipo que siempre viaja en pareja
(pese a que no hayan explotado la posible atracción mutua; tantos precedentes me
tenían con la mosca detrás de la oreja).
Originalmente era un ranger de Texas, una especie de guardabosques. No un marshall, o un sheriff,
los que necesitaban llevar una estrella.
Tenía gran puntería, cabalgaba
con destreza y se enfrentaba a todos sin miedo, oculto tras un antifaz, con el
que evitaba tener que presentar cuentas ante nadie.
Montaba a Silver, al que jaleaba al grito de “Hi-yo, Silver! Away!”. El caballo se encabritaba y,
misteriosamente, una orquesta comenzaba a tocar la “Overtura
Guillermo Tell”, de Rossini.
Siempre utilizaba balas de plata.
Toro
Era un indio, parco en palabras,
con el rostro cetrino (aunque sin asomo de pinturas; ni de guerra, ni de
ninguna otra clase). Su único tocado era una cinta y una larga trenza, que en
ocasiones recogía en un moño.
Montaba, siempre, un caballo
marrón y blanco al que, con astucia, había llamado Pinto.
En USA se llamaba Tonto, aunque en Hispanoamérica y España
se la bautizó de nuevo como Toro,
tratando de evitar el contenido peyorativo de su nombre original.
Johnny Depp aporta al personaje los rasgos que habían hecho célebre
a Jack Sparrow y se utiliza, ahora
sí, la carga negativa de su nombre, convirtiéndolo en alguien que, más que
tonto, tiene la cabeza a pájaros.
Para que resulte evidente, se le plantifica un cuervo en la cocorota (al que
alimenta, en una relación irreal).
Un completo majadero.
*****
ERRORES,
ANACRONISMOS, INEXACTITUDES
La ceremonia del Golden Spike, que sirvió para colocar el
remache que finalmente uniría el tramo realizado por la Union
Pacific (avanzando hacia el oeste) y el realizado por la Central
Pacific (hacia el este) se realizaría en Promontory Summit (Utah), no en Texas, que
ni siquiera estaba cerca del recorrido.
El magnate Latham Cole califica a su intento de acaparar las acciones del
Ferrocarril como una OPA.
Se menciona la batalla de Gettysburg, ante un regimiento de
caballería comandado por un tipo que recordaba a Custer.
El psicologicismo del jefe de la
tribu y la aparición de un nuevo tópico, inédito hasta ahora, con la mención
del Wendigo.
Las locomotoras inician una
persecución imposible, mientras desarman la tarima donde se había emplazado la
orquesta a tocar el himno nacional.
*****
Constituye una nueva demostración del elogio de lo
inverosímil.
Como acepto que en el proyecto han invertido recursos
suficientes para documentarse de forma apropiada, la única explicación es que
se trata de algo intencionado. Me saltaré la opción de esperar a comprarme el
DVD [edición coleccionista] para que me expliquen, en uno de los discos, las
razones concretas por las que el director, Gore
Verbinski, o el productor, Jerry
Bruckheimer, encontraban gracioso burlarse de valores, principios o iconos
reconocibles, mientras homenajeaban a lo accesorio.
Esta idea de ridiculizar al héroe, socavar la integridad de
sus valores, justificando su atrevimiento como una forma aceptable de irreverencia,
se ampara en la ignorancia de los espectadores.
Su principal excusa es que sólo tratan de entretener. Lo
cierto es que la mayoría se tronchaba, entretenida,
sin darle más importancia a lo que sucedía. Pocos descubrían los ardides y, ninguno, se ocuparía de desmontarlos.
Y, aunque lo hiciera, no le importaría a nadie.
*****
Salvo que la burla se emplee, de forma intencionada, contra
los poderosos.