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sábado, 15 de julio de 2023

Creedence Clearwater Revival — Have You Ever Seen The Rain?


Creedence Clearwater Revival
Have You Ever Seen The Rain?

Pendulum (1970)

El Cerrito, California (USA)

John Fogerty, Tom Fogerty, Stu Cook, Doug Clifford

*****

El 6º LP de CCR se planteó en un momento de crisis: estaban en el apogeo de su carrera y habían alcanzado más fama y reconocimiento del que nunca hubieran podido imaginar, pero Tom estaba a punto de iniciar una carrera en solitario porque las diferencias con su hermano eran insalvables.

Y el cambio de década les hacía ver que los problemas que ellos denunciaban desde el principio seguían sin ser resueltos, pero parecía que ya a nadie le importaba.

*****

En conmemoración del 50º aniversario de la fundación de la banda se presentó el vídeo que adjunto, protagonizado por Sasha Frolova, Jack Quaid y Erin Moriarty.

*****

Alguien me dijo hace mucho tiempo

Hay una calma antes de la tormenta

Lo sé, ha estado presente durante un tiempo

Cuando termina, dicen que lloverá en un día soleado

 

Y quiero saber, ¿alguna vez has visto la lluvia

Cayendo en un día soleado?

Es difícil conciliar felicidad y fama

sábado, 26 de enero de 2013

Enfermar. La tos como síntoma de la asignación de roles


Me he puesto malo.
La gripe, claro.
He seguido mi propio consejo y me he metido en la cama.
He visto la TV.

"Todo el tiempo" Foto: billellis

Ése fue mi error.
He comprobado que todo el mundo parece estar enfermo.



¿Lo has visto?

¿Seguro?

¿Y te ha parecido normal?

Yo estoy encendido (y no sólo por la fiebre).

*****

No ha sido cuestión del azar. Verás cómo todo estaba bajo control.



Así es el modo en que la sociedad del conocimiento (en la que dicen que vivimos), afronta la enfermedad y la forma en que se asignan los roles sociales, atendiendo a si se trata de hombres o mujeres, obrando con una denigrante desigualdad.

El primero de los anuncios presenta a un hombre en un mundo de gladiadores.

Un oficinista llega al trabajo, disparando a discreción.


Viene bien pertrechado, embutido en su abrigo y con una bufanda (a la que no ha tenido tiempo de quitarle la etiqueta).


Su estornudo provoca una reacción y hace que su compañero vierta el café que estaba tomando. Le está bien empleado, por posar las nalgas en la mesa y tratar de escaquearse, mientras otra compañera —una mujer— está afanosamente trabajando.


Es multi-woman. La podemos ver en segundo plano —afanosamente trabajando, otra vez—, mientras el tosedor diurno, que claramente ha llegado tarde (todos los puestos están ocupados ahora; un oficinista varón ha tenido tiempo, ya, de quitarse la chaqueta y colgarla en el respaldo de la silla) es acompañado por su secretaria (o una compañera voluntariosa, todo puede ser), que le informa, estresada, con ese código telegramático impuesto por las prisas:

Reunión. Ya mismo.


Al tipo hay que reconocerle su mérito. Ha sido capaz de llegar al despacho del jefe —a despecho de su propio malestar— y ha podido deshacerse en el trayecto del abrigo (pero no de la bufanda). La cara que muestra se debe más a su lamentable estado de salud, que al miedo escénico.


Y eso que, detrás de la puerta le esperan tres de sus compañeros y el jefe. Éste, como manda su porte imperial, se muestra sereno. Lo de los otros tres sí que tiene delito. Él, guarnecido con un casco, pone gesto estreñido y adelanta su mano derecha con intención de agarrar algo. Ellas se muestran con mayor fiereza y marcan su feminidad de forma evidente: la pelirroja (más próxima a la vista) está desmelenada. La rubia (en segundo término) lleva un peto en el que se le marcan los pezones. Ambas muestran de forma palpable su agresividad.


El jefe (al que no sabemos si el puesto le viene grande, aunque podamos afirmar rotundamente que la corona de laurel, sí; se le hubiera caído si no fuera porque las orejas la sujetan) muestra su gesto reprobatorio (nótese la efectiva combinación de rostro y pulgar).


Este es el momento en el que el tipo me conquista definitivamente, mostrando a las bravas que los tiene bien puestos. Hace caso omiso de la pelirroja (que asiste estupefacta a la pachorra del pavo), el estreñido (que, inexplicablemente, lleva ahora un reloj colgado del pecho) y un tercero, barbudo, que, habiéndose incorporado en el último momento, parece querer proponerle una partida de teto. De la rubia ya no se sabe nada. Pero él, impasible el ademán, no sólo se toma tiempo para tomar el fármaco, sino que ha aprovechado para quitarse la bufanda y montarse un estrado de orador, con jarrita de agua (a un lado) y juego de café (al otro).


Esta demostración de aplomo, esta conducta, típicamente de macho alfa, aplaca los ánimos de la grey con la que trabaja y, pese a que podríais hacerlo vosotros, sé que agradeceréis que detalle los efectos. La pelirroja ha pasado de ser la sobrina de Bob Marley (enfurecida) para convertirse en una jovencita risueña. El estreñido ha dejado de serlo, aplicando un conocido remedio. La rubia ha recogido su pelo en unas trenzas, cual moderna Rapunzel. El jefe pone la sonrisa de un buencha que nunca hubiese roto un plato. El barbas saluda, mientras dice “bueno, lo del teto lo dejamos para otro rato, ¿vale? Siempre estaré disponible”. Hay botellines de agua dispersos por la mesa, para ayudar a pasar el mal trago.


Todo ello para explicar en su charla un esquema que tiene la complejidad del mecanismo de un silbato. Y, además, hacerlo, con esa chaqueta, en tono beige, que, por arriba, lleva abrochada como una sotana y, por abajo, parece estar dispuesto para facilitar la micción. Con esa facha y es capaz de capear el temporal.


El gesto de su jefe se ha transformado. Ya no es sólo aprobador (es notorio). El componente freudiano de la elevación del pulgar, dejo que lo descubráis por vuestra cuenta.

¿Consecuencias?


Sonrisas en él...


...y en ella. ¡Todo arreglado!

*****

El segundo anuncio muestra a una mujer trabajadora.


Llega tosiendo a casa, tarde, cuando las luces están apagadas y todos están durmiendo.


Sólo la recibe su mejor amiga que, antes de encender la luz, ya se ha puesto a saltar y a jugar y a mostrar su alegría por su llegada.


La manda callar, porque no quiere despertar a su familia.


Ella, que no ha mirado para sí (y viene desabrigada, con el cuello abierto; sin chaquetón, ni bufanda), no deja de preocuparse por los suyos.


Su esfuerzo es baldío. Su hijo y su pareja (que duermen con la puerta entornada) se despiertan y preguntan, con una alegre despreocupación (no suponen que pueda ser un psicópata o un ladrón; asumen que es ella), “¿mami?, ¿cariño, eres tú?”. Sí, claro es ella, ¿quién va a ser a esas horas? Ella (no puede ser otra), que llega cansada del trabajo, con tos, sensación de agotamiento y depresión generalizada, porque tiene la impresión de que no da abasto con todo lo que tiene que hacer, a pesar de salir de casa cuando no ha amanecido y llegando con noche cerrada, para, en el fondo, tener que hacer todo el trabajo en la oficina y preparar las estúpidas charlas de su compañero que, además de llegar con abrigo y bufanda (bien calentito) ha tenido la desfachatez de contagiarle. ¡Vida ésta!


El tono de la voz en off —que dice “calla tu tos”, pero al que es fácil imaginar añadiendo un epíteto de cuatro letras— hace que se mire en el espejo y comprenda lo verdaderamente jodido que es ser mujer hoy.


Repasemos el cuadro: se acuesta, sin que su pareja le haya dedicado un mísero beso. En la mesilla, sobre una carpeta (no sobre un libro), descansan sus gafas de lectura que, ni intentando exprimir el tiempo, ha podido utilizar. En su caso, cuando tiene oportunidad, la emplea para, antes de dormirse, repasar asuntos del trabajo; no tiene ni un minuto que pueda desaprovechar.


Y, así, el barrio entero se apaga. Mañana será otro día (aunque, para ella, pueda parecer el mismo).

*****

El mundo de la tos es así. Cuando voy al médico, es una de las cosas con las que me atormenta, tratando de tipificar mi tos.

— Tengo tos.
— ¿De qué tipo?
— ¿Cómo de qué tipo? Tos. No sabría que hubiera tipos de toses.
— ¿Tos seca?
— ¿Perdón?
— Que la tos, ¿que si es seca?
— El otro tipo de tos, ¿qué es?, ¿húmeda?
— No. Productiva.
— ¿Y qué produce?
— Expectoración, flemas, esputos...

Recuerdo que siguió enumerando otras asquerosidades, pero yo ya había cerrado mis conductos auditivos.

*****

Nuestra protagonista es, además de multitarea, multitursiva. El mismo spot sirve para promocionar productos que combaten distintos tipos de tos.


La inespecífica (y con otros síntomas, como dolor, fiebre o congestión nasal).




La seca.

*****

Una mujer es capaz, ella sola, en un único intento, de cubrir el amplio espectro de toses posibles, mientras que, todo el trabajo que puede mostrar un hombre, en una apretada jornada, llena de estrés y amenazas, es un diagrama de una simplicidad insultante.

Luego dirán que los esfuerzos para tratar de conciliar la vida laboral, la personal y la familiar, no son más acentuados en las mujeres. Yo, después de esto, prometo dejar de ver la TV.

E intentar conciliar el sueño.

jueves, 5 de abril de 2012

Un poquito más

¿Sabes esos despertadores que programas para que, conociéndote como te conoces, vuelvan a sonar 5 minutos más tarde y te dejen dormir “un poquito más”?

¿Sabes cuando desactivas la opción porque al día siguiente es festivo y no tienes que madrugar?

¿Sabes cuando el que suena es el de quien duerme contigo y ves que no parece que lo esté notando, porque sigue roncando, y tienes que terminar levantándote tú, porque  además se lo dejó olvidado en otra habitación?

"Despierta" Foto: Farid Igbal

Pues eso.

domingo, 1 de abril de 2012

El (des)encuentro


La humildad requiere más valor que la altanería.

Hay momentos para la acción y lugares para la reflexión. Confundir las ocasiones y las situaciones, favorece la inoportunidad.

Toda pared tiene un resquicio, pero si te das de cabezazos sin saber dónde está, terminarás con dolor de cabeza.

Las conductas repetidas se convierten en hábitos. Los hábitos, a fuerza de reiterarse, se transforman en costumbres. Las costumbres, con el tiempo, devienen en tradiciones. Las tradiciones no gustan de ser cambiadas.

Si nunca dices sí, nadie te escuchará cuando te empeñas en decir que no.

En lo colectivo, la soberbia incendia pasiones y vacía el granero.

Para llegar a alguna parte, hay que saber dónde se quiere ir. Si no, es posible haber llegado sin haberte dado cuenta.

El que mira el desorden en la casa del vecino, desatiende la limpieza en la propia.

Dos no se juntan si uno de ellos no quiere hacerlo.

Cuando el gato está de viaje, el perro caza ratones. A su regreso, el perro quiere seguir cazándolos.

Rectificar es un acto privado, individual, que se manifiesta, siempre, en un cambio de postura ante los demás.

El arrepentimiento, ennoblece; la terquedad, nubla el entendimiento.

El perdón es más enriquecedor que el rencor.

Para resolver una disparidad de criterios, es necesario que todas las partes tengan voluntad alcanzar un acuerdo.

Cualquier proyecto colectivo encierra en sí mismo la voluntad y los deseos de los que lo hacen posible.

"Gracias" Foto: César Poyatos

El que quiera entender, que entienda.

sábado, 17 de marzo de 2012

Trabajo desinteresado

Mi padre siempre me dijo que no hablara en público de Religión. Me explicaba que, además de ser de mala educación, resultaba inútil porque, lo mismo que en política, era imposible hacer cambiar a nadie de opinión presentando argumentos y, por eso, las conversaciones se convertían en discusiones estériles. Como buen hijo, recuerdo sus observaciones y, como vástago independiente, hago caso a medias. De política hablo poco, pero de Religión nunca.

"Viva" Foto: Dey

Empiezo con esta explicación porque, al margen de que siempre es buen momento para acordarse del padre de uno, sé que me voy a meter en un jaleo complicado. Por adelantado aviso: nada más colgar el artículo señalaré la casilla que indica No estoy de acuerdo porque tengo la certeza de que para muchos, más de lo habitual, será la impresión que os produzca esta lectura.

Me consta que presentaré un acercamiento difícil de entender —y de compartir— y asumo, por anticipado, que, explique lo que explique, mis intenciones serán malinterpretadas. Pero tengo claro que no me desalienta el riesgo y, sinceramente, cada vez me gusta más andar por la delicada frontera de la incomprensión.

Así que, allá voy.

Llevo dándole vueltas a un artículo desde finales de enero. No sé exactamente el motivo por el que empecé a trabajar sobre ello, pero tengo constancia de que fue en esa semana. Chapado a la antigua como estoy, apunto notas en mi agenda semanal de sobremesa. Es, cómo no, una Moleskine, del modelo 18 meses, agenda semanal, tapa blanda, Negra, Grande que, en la página de la izquierda, lleva la agenda semanal y, en la de la derecha, una hoja blanca rayada para apuntar cosas variadas. A mí me sirve para anotar ideas que, voy pasando de semana en semana, mientras trabajo sobre ellas.

Ya sé que resulta un modo sorprendente de afrontar la escritura de un blog. He mantenido conversaciones con (otros) escritores que entendían que el hecho de no escribir on–line invalidaba la naturaleza del blog porque, su propia esencia, implicaba la escritura en tiempo real, directamente sobre la caja de nuevas entradas.

También sonará antediluviano, para algunos, saber que utilizo un bolígrafo para escribir en papel, en lugar de hacerlo directamente en el ordenador.

Es posible.

Probablemente cambie de método de trabajo (en un futuro más o menos próximo), pero hoy, sigo aferrado a mi agenda de mano —con la que salgo a la calle a cumplir con mis obligaciones diarias— y mi agenda de sobremesa en la que, con facilidad, puedo consultar qué y cuándo empecé a trabajar sobre una idea.

Así que, en la semana que empezó el 30 de enero, tengo anotado lo siguiente: “trabajar desinteresadamente”. No recuerdo exactamente cómo surgió, pero supongo que fue algo que oí en la radio, el típico comentario lleno de suficiencia que, por lo general, consigue arrebatarme. Se basaba en la presunción de que los trabajos que se realizan desinteresadamente, los que se hacen de forma altruista, los que protagonizan los voluntarios, los que realizan personas con dedicación y vocación, carecen de valor porque, en un machadismo irreformable, se empeñan en confundir valor y precio. Ya entré en detalles sobre el particular en un artículo que titulé “Gratis total”. Pero, la idiocia de quien confunde el precio con el valor de las cosas le lleva, no sólo a menospreciar —minusvalorar será más adecuado— la labor de quién realiza un servicio para los demás que no pretende cobrar, sino que, en su estúpida complacencia, se despacha con un licencioso “de forma desinteresada”, como si la realidad cotidiana no nos abocara diariamente a contemplar la desidia y el desinterés con el que muchos trabajadores afrontan su labor, ésta sí remunerada.


Y con esta idea en la cabeza iba tomando apuntes para un trabajo en esa línea. Por descontado, resultaba pertinente recuperar un artículo de los inicios del blog, allá por junio del año pasado, titulado “El mito de las vocaciones”, en el que trataba de explicar las diferencias entre afrontar un trabajo respondiendo a una misma pregunta de formas, a la larga, antagónicas: “hago lo que me gusta” o “me gusta lo que hago”, en una aliteración que produce la in(di)vertida y paradójica consecuencia que se ha dado en llamar “efecto Tom Sawyer”.

Naturalmente, no podía olvidar la forma de entender un trabajo orientado a los ”Clientes”, máxime cuado tu ocupación se sitúa dentro de esa descripción tan extraña que te hace trabajar “cara al público”, ya sea en una panadería o en un “Taxi”.

En el entorno en que desempeñes tu actividad, tendrás que contar con el resto de profesionales que se dediquen a lo mismo, “La competencia”, con quien deberás establecer relaciones que pueden ser enfrentadas o colaborativas. Es posible que necesites participar en un proyecto colectivo, mostrando un cierto estilo de “Liderazgo”.

Las diferentes opiniones pueden llevar a un enfrentamiento por la alternancia de argumentos, o utilizarse tratando de “Debatir” de forma provechosa para construir una solución que integre las aportaciones de todos. Para ello no puedes renunciar nunca a ejercer “El protagonismo”.


Así eran los mimbres con los que trabajaba para construir mi cesto. Rebatir la idea, profundamente arraigada, de que los que trabajan de forma voluntaria, sin ser retribuidos por ello, lo hacen “desinteresadamente” cuando, a diario puedes comprobar cómo “La felicidad” de mucha gente se construye sobre una base tan endeble que les encamina a centrar todo su interés en cualquier otra cosa que no sea el trabajo, en alternativas que tampoco parecen edificantes, mientras algunos, pocos, emplean su inteligencia, experiencia y pasión en ocuparse de una labor, en ocasiones social —destinada a otros— que les llena y que nos beneficia a todos.

Seguro que conoces a muchos: se reúnen en asociaciones culturales, clubes de lectura; son monitores deportivos, o de informática, o de yoga. Enseñan a utilizar las técnicas de pesca, de relajación o cantan en un coro. Transmiten su experiencia y conocimientos a jóvenes que quieren aprender a tocar un instrumento musical. Se ocupan de cuidar y alimentar a los animales que terminan en los albergues, incluyendo a un “Gato”, que bien pudo llamarse “Otis”. Acompañan a enfermos o a personas mayores; leen para ellos, les ayudan a pasear, ponen su hombro para combatir su soledad. Se juntan para pintar, intercambiar sellos, mostrar fotografías o recordar un pasado común. Organizan comilonas campestres: espichas, corderadas, jaranas, saraos varios y, a pesar de que están anegados en sudor, la sonrisa les hace sentirse más plenos.

No estoy hablando de los que han hecho de ello una profesión (noble, por otra parte). No. Pienso en los que no cobran por hacerlo. Tampoco lo hacen por amor al arte. Lo hacen por interés.

Para algunos, es la única savia que les permite sentirse vivos. La alternativa de esconderse delante de un TV para llenar su “Ocio” les horroriza. Sólo quieren compartir su tiempo y mantenerse y sentirse activos. Es una buena forma de iniciarte en un círculo de actividad y una extraordinaria manera de prolongar la plenitud de tu vida todavía más tiempo, pero para muchos su dedicación “altruista” les acompañará siempre.


Ya ves cómo se perfilaba el artículo.

Pero salió el vídeo.


Un trabajo fijo / Nunca te faltarán las fuerzas / Se puede llegar hasta el final / Personas que no saben cuánto valen / Querrás repetirlo una y otra vez / Sabrás que has hecho lo correcto / Te necesitarán / Nunca te arrepentirás / Un proyecto inolvidable / Tu trabajo dará mucho fruto / Tu riqueza será eterna / Tu amor será más fuerte que el miedo / Llevarás esperanza / Una palabra eficaz / La certeza de que has sido elegido / Alimentarás al Mundo / Unirás corazones / Acompañarás a los que sufren / Confirmarás a los que quieren ser fuertes / Experimentarás con ellos la verdadera alegría / Sumergirás a los hombres en la Verdad / Y serás sacerdote, testigo de Jesucristo.
Te prometo una vida apasionante.

Naturalmente, las críticas se extreman —en lo positivo y en lo negativo— en una posición condicionada de inicio por la postura que uno mantenga ante la Iglesia católica y, para algunos, los ojos cegados les impiden tratar de encontrar una conexión entre el vídeo y lo que vengo escribiendo. Como ya he dicho, siguiendo los consejos de mi padre, nunca hablo de Religión en público, por lo que no avanzaré más en explicar mi postura personal.

Me permito, eso sí, plantear preguntas a quien quiera afrontarlas de forma honesta, eliminando las ideas preconcebidas y empleando su propio “Juicio”.


Mejor aún, ni siquiera plantearé las preguntas; dejaré que cada uno se las haga a sí mismo.

Pero, antes, una visita al cine:

Todos necesitamos ser aceptados, pero deben pensar que sus convicciones son únicas: ¡les pertenecen!, aunque a otros puedan parecerles raras o inaceptables, aunque toda la manada diga: “¡no está bien!”.

Robert Frost dijo: “Dos caminos divergían en un bosque y, yo, tomé el menos transitado de los dos y aquello fue lo que cambió todo”.


Si todavía sigues aquí, piensa lo siguiente: el que está tratando de defender sus convicciones, el que siente que se encuentra en un camino poco transitado, el que oye como la manada le dice que lo que va a hacer “¡no está bien!”, el que puede que empiece a sentir una llamada que le habla en voz baja, tranquila y pausadamente, ése, nunca recibirá la misma señal que recibió Jake Blues.


Nota para mí mismo: El título de las últimas entradas —Credibilidad y confianza / Conciliar— hacía presagiar que ésta iba a llegar pronto.

viernes, 16 de marzo de 2012

Conciliar


“Poner en armonía, o de acuerdo, a dos o más personas o cosas, a unas con otras”.

"Armonioso" Foto: Bill Gracey

¿Cómo se debe aplicar la conciliación en el trajín de la vida moderna?


El principal cambio viene derivado de la incorporación de la mujer a la vida laboral (fuera del hogar), con una presencia más activa que la que se había producido con anterioridad [aunque no debe soslayarse que la mujer siempre ha trabajado, extendiendo su implicación más allá de las tareas domésticas].

Por lo demás, las tareas han cambiado y, singularmente, cada trabajador ha debido adaptar sus competencias a la nueva realidad que, en cada caso, debiera atender.

Pero el principal cambio con respecto a, pongamos hace 30 años, es que hay (más) mujeres que desempeñan un puesto de trabajo.

Este fenómeno suscita un problema nuevo que, como consecuencia, requiere una solución diferente. Las tensiones que se produzcan individualmente tendrán mejor solución si el entorno social es capaz de asimilar la nueva realidad.

Ya han pasado muchos años desde que el cambio de tendencia empezó a manifestarse de manera natural. Sin embargo, no parece que haya sido —en la mayoría de situaciones— resuelto adecuadamente.

A mi juicio, parte de un problema de enfoque y trataré de introducir dos elementos, abordados de manera diferente a lo que suelo leer y/o escuchar.

  1. La conciliación debe tener como objetivo la búsqueda de la armonía entre tres ámbitos que, idealmente, deberán ser complementarios.

Normalmente se suele hacer referencia sólo a dos: el trabajo y la familia. [Tácitamente este enfoque supone que, quienes son solteros, o no tienen hijos, carecen de un ámbito familiar al que prestar atención: la realidad debería ser que, sin considerar si las necesidades son menores, deberían entenderse como distintas. Eso no implica que no merezcan ser atendidas y respetadas].

En cualquier caso, los ámbitos de conciliación no pueden ser sólo dos: debe prestarse atención, además del plano laboral y familiar, a la vertiente personal. No se pueden desatender las aficiones, intereses o gustos de ninguna persona, circunscribiendo exclusivamente sus (pre)ocupaciones a los ejes familiar y laboral. Todos debemos reservar tiempo para atender nuestros intereses personales, manifestándose de la forma que, cada uno, consideremos oportuna y adecuada a nuestras necesidades y posibilidades. Puede expresarse en solitario, en pareja, con amigos o con otras personas de menor intimidad, pero si la parcela personal no tiene su propio espacio (y se cuida con esmero) la conciliación nunca podrá ser armónica, ni equilibrada.

  1. En el ámbito familiar se producen tensiones en cuanto al reparto de tareas. Entendiendo que la naturaleza de cualquier relación es exclusiva (por la propia identidad de cada miembro y por las características libremente aceptadas en cada pareja), la búsqueda de un reparto idéntico no parece que deba ser la principal prioridad.

Sólo aquellas parejas que sepan respetar las diferencias individuales y encontrar su propia receta —adaptada a las preferencias, necesidades y posibilidades de ambos—, encontrarán allanadas las dificultades. El compromiso honesto y la confianza deben ser los patrones que guíen la asunción de las responsabilidades contraídas.


"Tres" Foto: Steve-h


Esas tres dimensiones —familiar, personal y laboral— deben ser atendidas y respetadas para conseguir una conciliación equilibrada y armoniosa.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...