viernes, 30 de septiembre de 2011

Bill Bryson: En casa

El planteamiento inicial del libro es ciertamente original: preocuparse por el origen y la historia de los lugares en que habitamos, los utensilios que empleamos y la génesis y evolución de los progresos que facilitan nuestras comodidades domésticas.

Bryson se pone a ello y lo hace de una forma realmente entretenida, mostrando sus vastos conocimientos, en temas verdaderamente singulares, y convirtiendo el relato en una colección de anécdotas y datos, carentes de un enfoque enciclopédico, que, todo sumado, convierte a la lectura de la obra en una experiencia sumamente atrayente.

Dos deficiencias en sus postulados lastran la obra para lectores vía traducción —a pesar del notable trabajo de Isabel Murillo en la edición española—:

ü      La historia de la vida privada —de lo que ocurre en casa— se circunscribe al Reino Unido y sus antiguas colonias [notablemente Estados Unidos], como si otras culturas no hubieran aportado nada en ese terreno [sólo se incluyen pequeñísimas pinceladas de Francia].

ü      El interés por la evolución etimológica de determinados términos en inglés, resulta superfluo para un lector español.

En definitiva: una forma entretenida de pasar un buen rato con la única pretensión de asistir al relato de acontecimientos interesantes de la historia, pero que, por su estructura singular, le deja a uno sin ningún poso.

Vale

-         Me vas a hacer un favor. Buscas en el armario de la entrada, ¿vale?, en el cajón de las llaves y está ahí el llavero del plátano que compramos en Tenerife, ¿vale?, me lo coges y me lo traes, ¿vale? Me traes también el estuche que guardo donde los calcetines, ¿vale? ¡Ah! Y no te olvides de traerme también el libro que tengo en la mesilla, ¿vale?, acuérdate que tiene las tapas azules y un dibujo de un tigre gruñendo, ¿vale?
-         Vale.


-         Hola, me llamo Victoria, pero mis amigos me llaman Vicky, ¿vale? Llevo trabajando dos meses en la empresa y estoy muy contenta del trabajo que hago, ¿vale? Me han apuntado para hacer este curso y no tengo muy claro qué es lo que espero sacar de él, ¿vale?, pero espero pasármelo bien, ¿vale?, y que me sirva para poder hacer bien mi trabajo, porque, como llevo poco tiempo, ¿vale?, todavía hay cosas que no sé hacer muy bien, ¿vale?, pero espero que el curso me sirva para aprender, ¿vale? También me gustaría que el curso me sirviera para conocer más a algunos compañeros, que todavía no los conozco bien del todo, ¿vale?, pero eso es lo que espero del curso que empezamos hoy, ¿vale?


-         Mire, tiene usted una frenopatía extrúlica, ¿vale? En estos casos, lo normal es operar, pero debido a su edad, ¿vale?, hemos pensado que será mejor tratarlo con medicación. Normalmente suele funcionar en un 75% de los casos, ¿vale?, pero es muy importante que siga el tratamiento que le vamos a indicar, ¿vale? Por las mañanas tiene que tomar una pastilla de xilizonina, ¿vale?, media de otropacil y tres gotas de parecemilín, ¿vale? Si algún día tiene dificultades para orinar a primera hora, tome citoporina granulado, ¿vale? Al medio día, después de la comida, tome 1 sobre de pinilorín, le ayudará a mantener alto el nivel de estrosterosa, que lo tiene muy bajo, ¿vale? Tiene que tomar una pastilla azul los lunes, miércoles y viernes, ¿vale?, y una pastilla roja los martes, jueves y sábados. Los domingos, ¿vale?, depende de si llueve o hace sol, pero no puede tomar la misma pastilla tres domingos seguidos, ¿vale?, esto es muy importante que no lo olvide. Para cenar, si tomó huevos en el día, ¿vale?, no se olvide de tomar un sorbito pequeño de clororato, ayuda en la descalcificación moleculosa, ¿vale? Los pacientes, como usted, con índices altos de FHpd, tipo II, ¿vale?, deben tomarlo siempre. Y antes de acostarse, ¿vale?, no olvide rezar sus oraciones y preparar la jeringa autoaplicativa de las dos de la mañana, ¿vale? De todas maneras, no se preocupe, que se lo dejo apuntado todo.
-         Y para todas estas medicinas, ¿me darán un vale?


Foto: paurian


Cuando el “vale” se usa para todo, no vale para nada.

Si estamos en la sociedad del “todo vale”, ¿alguien puede explicarme el valor de nuestra sociedad?


Estamos en el mundo de la indefinición, de la atonía, de la indiferencia existencial.

“Me da lo mismo ocho que ochenta”

“Como quien oye llover”

Se presta atención a cualquiera que quiera hablar, independientemente de que se le reconozca como un charlatán.


“Tengo derecho a contar mi verdad”.

Empeñarse en hablar, aunque nadie te atienda, aunque no vayas a conseguir nada, hablar por hablar, explicar incansable a los demás lo que opinas, para que sólo vayas a obtener un vale.

Vale.


En algún momento, al inicio de mi carrera de formador, me planteé poner una penalización a quien empleara en su discurso el perturbador “vale”. Cobarde declarado, me arredré, no fuera a ser que me denunciaran. Hoy creo que, si desde ese primer día hubiese puesto la penalización en marcha, ya habría conseguido retirarme.


Escuchar al socaire una conversación de adolescentes es asistir a un partido infinito de ping-pong vale.

Vale.

martes, 27 de septiembre de 2011

El árbol de la vida

En el artículo que iniciaba este blog afirmaba que había dejado de ir al cine. Era una afirmación veraz y explicaba, entre otras cosas, las razones por las que había dejado de ir al cine. Hoy he cambiado esa costumbre y he ido a ver “El árbol de la vida”, la reciente película de Terrence Malick, un director personalísimo, con una trayectoria de lo más particular, que podéis encontrar narrada en cualquier otro espacio dedicado al cine.


Antes de decidirme a ir a ver la película, exploré por internet. Las reacciones son extremas: o la rechazas o te apasiona. Había leído que la gente se va durante la proyección y, puedo confirmar que ocurrió lo mismo en la sesión a la que yo asistí. Incluso he visto alguna página que pedía que contaras las películas de las que habías salido durante la proyección y algunos afirmaban que era la primera vez que lo hacían.




Carece de una estructura narrativa convencional; de hecho casi cualquier adjetivo se podría intentar encajar para describirla, excepto convencional. Por eso, me declaro incapaz de contestar a la primera pregunta clásica del cine [¿de qué va?] y pospongo para el final del artículo la respuesta a la segunda pregunta clásica [¿te gustó?].



Haré tres apuntes personales a la película, sin pretender iniciar un debate para convencer a nadie de mis reflexiones; simplemente intentaré compartir —por si a alguien le pudiera interesar— algunas impresiones que considero de interés.

  1. No participo de una falta bastante extendida de acusar a otros de no tener sensibilidad por no emocionarse con las mismas cosas que le emocionan a uno. Asumo, por definición, que todos tenemos capacidad de emocionarnos y, que podamos encontrar esa posibilidad en diferentes situaciones, es una de las cosas que hace la vida más rica y entretenida.

Pero ésta es una película de emociones, de sensaciones. Ambas son difíciles de transferir. O se tienen o no se tienen. Nadie puede explicar a otro lo que siente cuando se emociona. Es evidente que no todo el mundo siente lo mismo en el cine. Resulta contradictorio verte llorando mientras otras personas abandonan la sala.

  1. El componente visual es relevante. La belleza de las imágenes es sobrecogedora. En muchos casos, me hacía pensar que, algunas de las imágenes con que he ilustrado artículos en este blog, parecían sacadas de la película.

  1. Para quién se pregunte cuál es el mensaje que quería transmitir el director, explicaré mi postura personal, única e intransferible: me interesan más las preguntas que las respuestas. “El árbol de la vida” no me ha ofrecido respuestas, pero ha hecho que, durante la proyección, me haya hecho muchas preguntas a mí mismo. Estoy seguro, además, que la película, las imágenes y las preguntas me acompañarán durante muchos días, por no decir toda mi vida.


Y ahora, la respuesta que había pospuesto, la convierto en dos preguntas:

ü      ¿Crees saber si me ha gustado?

ü      ¿Crees que te recomiendo que vayas a verla?

viernes, 23 de septiembre de 2011

La felicidad (II)

Viene de La felicidad

Si necesitas recordar el vídeo, vamos por el minuto 2:02 — justo a mitad de camino—.



Otra aportación anónima: “mis vacaciones ideales son estar en la playa, tumbada, sin hacer nada”.


No comentaré nada, para no cansarme. O sea, me da así como pereza, tía.


“Mi ideal de felicidad es pasar las vacaciones en una isla del Caribe. No es muy original, ya lo sé, pero me pierden esas playas de arena blanca y aguas transparentes”.


Es Carmen Beltrán, periodista (por ocupación) y soñadora (por definición) Le falta hacerse clienta del banco naranja. Eso sí, tiene una amiga y una bañera.

“Mucha espuma olorosa, velitas de colores, música agradable, cerrar los ojos y a gozar hasta que se me arruguen los dedos de los pies. Un momento de felicidad perfecto tras un día agotador y a buen precio. No hay como el buen consejo de una buena amiga”.


Pero, ¿no era que le faltaba plan para las vacaciones? Así sin conocerte te diré, guapa, que eso lo puedes hacer hasta los días de trabajo. De hecho, suena a plan al salir del trabajo. ¿Verdad que no nos estarías intentado engañar para parecer más feliz?



El 87.1% de la gente que se
considera muy feliz admite darse
algún capricho con regularidad


¿Ves? Te hemos pillado: con regularidad lo dice todo. Es el plan que haces todos los días cuando terminas de trabajar y llegas a casa, sola, y te pones velitas y espuma y musiquita y dejas que los dedos de tus pies se arruguen como los de una bruja mentirosa. Tu amiga te contó ese cuento, y se ligó a tu antiguo novio, y se dedica a hacer con él, lo que las amigas hacen con los antiguos novios de sus amigas, y luego tu amiga te cuenta cuentos como si fueran consejos, porque tu amiga sabe que eres de las amigas que se creen los consejos que les dan, y así te quedas en casa, arrugándote en una bañera, mientras piensas en el Caribe y no sales a la calle para hablar y conocer y hacer cosas de verdad con personas reales. Y ya.




“La felicidad humana generalmente
no se logra con grandes golpes de
suerte, que pueden ocurrir pocas veces,
sino con pequeñas cosas que ocurren
todos los días”

Benjamin Franklin



Dejo capturada imagen de los responsables: Clara Vila en la dirección —la maletera— y Marta Vila —dedos arrugados— y Tobias Leierkasten —viajero volador— en el guión (Aviso a rotulistas que guión lleva acento).


Y ahora me toca a mí. Y para ponernos en situación hay que llamar a Palito Ortega:


Hemos llegado a la felicidad en menos de cuatro minutos. Realmente es sencillo alcanzar la felicidad (en cuatro minutos). La idea es que dure algo más que eso. Esa efímera felicidad es del todo insatisfactoria. La madurez es, entre otras cosas, comprobar en uno mismo esa verdad imperecedera: que la felicidad tiene que construirse continuamente.

En un artículo anterior planteábamos condiciones para la felicidad:

ü      No hedonista, no inmediata, no superficial
ü      No exclusiva, no reduccionista, no selectiva
ü      Basada en el juicio personal, individual, identitario

Ahora afirmamos que la felicidad es un camino sin destino. Su propósito es una búsqueda personal. No hay baldosas amarillas que nos guíen como hacían con Dorothy cuando buscaba a Totó en El mago de Oz.



Plantear el camino como la búsqueda de un destino final es problemático, confuso y potencialmente frustrante. Dorothy empieza buscando a Totó, luego sigue tratando de llegar a Ciudad Esmeralda para poder consultar con El mago de Oz y, entre tanto, descubre que sólo quiere volver a Kansas.

En el camino, encuentra a tres simpáticos compañeros de viaje: un espantapájaros, un hombre de hojalata y un león. Cada uno tiene sus propias ambiciones y juntos inician una búsqueda que les lleva, por un montón de peripecias, hasta encontrarse con la decepción del farsante que se esconde detrás de la cortina.

Finalmente, Dorothy vuelve a casa y puede afirmar que “se está mejor en casa que en ningún sitio”. Esa valoración es, desde el punto de vista de un espectador, bastante cuestionable. Nadie hubiera ido a ver al cine una película titulada “La (aburrida) vida de Dorothy en Kansas”. De hecho, al principio ella quería escapar de Kansas. Donde se mostró verdaderamente feliz era en el mundo de Oz, aprendiendo y disfrutando de las experiencias que tenía que vivir junto a sus compañeros de aventuras. Eso es lo que todos queremos ver en la película: las luchas con la Bruja Mala del Oeste y las peripecias que deben ir superando. Lo demás es una fábula interpretativa rebuscada. Mucho se ha escrito sobre los mensajes implícitos de la misma. La actriz que interpretaba el papel protagonista, Judy Garland, no tuvo una vida precisamente feliz. Como homenaje al simbolismo encerrado en la película (que yo no consigo ver) fue elevada a lo más alto de la iconografía gay. Desaprovechó personalmente la posibilidad de extraer el mensaje que tenía a la vista y se sumergió en un mundo ficticio en el que creía que podría ser Dorothy para siempre.

Para nuestros propósitos, los que resultan verdaderamente ejemplares son sus compañeros de viaje: crecieron personalmente afrontando los retos que les preparaba el destino. El espantapájaros desarrolla su inteligencia, el hombre de hojalata muestra sus sentimientos y el león confirma su valentía. Son felices porque consiguieron las habilidades que pretendían. Cambiaron y maduraron hasta alcanzar la felicidad.


El programa transmite un mensaje confuso: plantea el viaje como una huida. Las aportaciones destacan que, en realidad, no son felices en su propia vida.

Un arraigado mensaje es que la felicidad es incompatible con el trabajo. Muchos estamos en desacuerdo. Entendemos el trabajo como una posibilidad de desarrollo personal; le dedicamos muchas horas y nos esforzamos, en una búsqueda activa, tratando de que nos guste lo que tenemos que hacer. El descanso después del esfuerzo es necesario, merecido y reparador. La holganza, la pereza y la flojera son, además de males a combatir, profundamente insatisfactorios.

Plantear una vida en la que, mientras trabajas, no tienes tiempo para hacer otra cosa y, cuando descansas, escapas de tus rutinas, es la causa de que existan las depresiones vacacionales: gente que descubre que, en el fondo, ni siquiera soporta a su familia. Por eso aumentan los índices de divorcios en vacaciones.


Yo quiero ser feliz todos los días. Quiero que ser feliz sea, para mí y los míos, rutinario. Intentaré poner un poco de azúcar en las cosas que tenga que hacer.



A partir de ahora, mientras duren los cuatro minutos de felicidad en La 2, ya sabéis dónde me podéis encontrar. Esperando que empiece Saber y ganar, que se retrasa siempre.


La felicidad depende siempre de uno mismo

La felicidad

Os contaré un hábito familiar: después de comer, solemos ver en TV Saber y ganar, el programa concurso presentado por el eterno Jordi Hurtado. Es un momento de sosiego antes de retomar las actividades vespertinas. Cada uno se lo toma de diferente manera: yo trato de acertar las respuestas a las preguntas que formulan y ella trata de desconectar, aprovechando que la locución del programa y mi voz se mezclan y la arrullan en una leve modorra.

Vengo comprobando sorprendido que las normas que se aprobaron para la TV pública se incumplen reiteradamente: es normal la presencia continua de publicidad (Si anuncian un programa, aunque sea de la misma cadena, no deja de ser publicidad. Los mini-reportajes de los programas ADO de patrocinio del deporte paralímpico, siguen siendo publicidad. Las campañas de ONGs, por muy humanitarias que nos puedan parecer, son publicidad pura y dura. Las campañas institucionales del Gobierno de España, todos sabemos lo que son).

Es también recurrente el incumplimiento de los horarios programados. En la página de rtve.es aparece claramente el horario de emisión, de lunes a viernes, 15.30 h. —esquina superior derecha—.


La información contextual que se emite con la señal, indica diariamente el horario de emisión, pero el programa empieza siempre con retraso, a las 15:40. En casa ya nos hemos acostumbrado y no parece que el país se vaya a indignar por esta pertinaz impuntualidad. Así que, necio que es uno, a las 15:30 me planto a esperar que empiece el programa y ver lo que sea que pongan hasta entonces. Normalmente me vengo tragando el tramo final de documentales que me alegro haber pillado empezados, la publicidad encubierta y, antes, disfrutaba enormemente con los logros de los deportistas paralímpicos, dignos merecedores de un mayor reconocimiento por su esfuerzo ejemplar.

Pero todo este panorama se vio alterado este lunes, histórico 19 de septiembre de 2011, que recordaré siempre. Es el inicio de un mini-espacio titulado La felicidad (en cuatro minutos). Adjunto vídeo de la edición correspondiente al jueves 22, que deberéis ver si queréis entender lo que pasará a continuación. Sólo os llevará… eso, cuatro minutos.


Vaya, espero que lo hayáis visto como yo lo he hecho. Bueno, de la misma manera que yo lo he visto, es complicado, porque, en mi caso, me ha cambiado la vida. Así, tal y como leéis. Uno dedicando tiempo y energías en un blog que me sirviera a mí y ayudara a quienes pudieran leerlo, echándole tiempo en buscar argumentos y La 2, quién si no, echa por tierra todo mi esfuerzo. En sólo cuatro minutos. En mucho menos del tiempo que tardo en conseguir que el ordenador se ponga en marcha.

En su página informan de sus intenciones y propósitos:

¿Qué nos hace felices? ¿Se puede educar para ser felices? La felicidad (en cuatro minutos) es un programa que invita a la reflexión y a la participación y que nace con la intención de aportar ideas para cumplir el sueño común de la humanidad durante siglos: ser felices.

Cada capítulo recoge la opinión de los ciudadanos y las frases célebres de todo tipo de personajes famosos nos han dejado sobre el tema a lo largo de la historia.

El programa cuenta con la colaboración del Instituto Coca-Cola de la Felicidad y cierra siempre con el análisis, comentario o sugerencias de expertos profesionales de prestigio que nos ofrecerán su testimonio personal.

Sé que ya no me llamarán para ofrecer mi testimonio personal como experto en felicidad.


Me han humillado y en mi venganza prometo ser cruel.


Sé que es complicado competir con un enemigo tan poderoso, pero no me da miedo enfrentarme con “El Instituto Coca-Cola de la Felicidad”.

Podrán convencer a la TV pública de que les patrocine y conseguirlo, integrando un logo que reza “patrocinio cultural” —tve patrocina al Instituto—, pero, habiéndome sentido retado por superar la estupidez sublime de “La República Independiente de Tu Casa”, no conseguirán que me eche atrás.




Lo siento por la chica que habla inglés y que parece que canta una cancioncilla infantil titulada “things that make me happyyyyyy”. Se acuerda de viajar, de los amigos, de la paz, del sol, pero termina con un perfect? que traducen por un premonitorio ¿vale?, —que titulará mi esperado próximo artículo—, cuando en realidad quería decir ¿me puedo ir ya?


También da motivo para el tema del día —otros anteriores fueron “Amores”, “Compartir momentos” y “Pasear en compañía”—, pero hoy esta simpática chica anuncia que vamos a “Viajar”.


La entradilla de presentación está repleta de imágenes molonas: canicas, una cara sonriente en un espejo, saltar descalzo sobre el césped, darse la mano, soplar las velas de una tarta de cumpleaños, darse un beso esquimal.


















Claro, así cualquiera llena de buen rollito a los espectadores.


Hoy va, ya lo dijimos, de viajes.

El primero de nuestros protagonistas es Enrique Gutiérrez. No sabemos si es su propia voz, o la del locutor, pero lo cierto es que no parece muy feliz. Comenta que él, antes —suponemos que antes de que le llamaran del programa— creía que no existía la felicidad completa. Ahora ha empezado un nuevo trabajo fuera de su ciudad. Y tiene que viajar. No es un tipo cualquiera: a su trabajo va en avión.

 

Su trabajo no es un trabajo cualquiera: es analista.


Y utiliza su herramienta de trabajo para analizar lo que le pasa. Analiza y ve que tiene dos problemas: separarse de su familia y hacer un equipaje —“cuatro libros, dos pares de zapatos, zapatillas, cuatro trajes, pijama, calcetines, paraguas y tropecientas cosas más en una sola maleta”—.

De verdad que no parece un gran analista preparando lo que debe llevarse para pasar cuatro noches fuera de casa. Así, en principio, cuatro libros —uno por día, para estar todo el día trabajando, parecen excesivos—. Dos pares de zapatos, ¿además de los puestos?, para pasar de lunes a viernes trabajando desplazado: o es Manolo Blahnik, o no me lo creo. Cuatro trajes metidos a saco en la maleta le llegarán con certeza arrugados. Meter un paraguas —por lo que parece intenta incluso meterlo abierto—no se le ocurriría ni a Mr. Bean.


Afortunadamente está casado con su tocaya —Ana, lista— que, como es natural, sabe cómo hacer una maleta en condiciones. Por eso Emilio, ahora, es doblemente feliz: vuelve con los suyos y —dónde antes no le cabían sus pertenencias— ahora le caben, además, los regalos que trae para todos. Yo creo que debió hacerse con el bolso de Mary Poppins.






Un 67.7% de encuestados se consideran muy felices viajando


La mayoría, por viajes de ocio. Simples que son; no saben apreciar la felicidad de preparar una buena maleta, como nuestro amigo Gutiérrez.


Un anónimo señala risueño: “lo más feliz de mi  trabajo, cuando cojo vacaciones; los días de vacaciones es lo mejor; cuando salgo después de trabajar; cuando cumplo el horario”. Es evidente que su trabajo no le gusta mucho. Es probable que, si preguntamos a sus compañeros, también señalen que lo más feliz de su trabajo es cuando él se va.



Un año después, en la cola del paro, terminaría recapacitando.


Otra anónima señala: “para mí la felicidad en general no existe, simplemente hay momentos felices; para resumirla, la resumiría en: amistad, música, saber cada día un poco más, si es posible”.

Mi recomendación: trata de hacerte amiga de Fernando Argenta; felicidad tres en uno.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

La competencia

Leyendo el título puede surgir en el lector la duda de qué pretendo abordar en este artículo. No me voy a referir al hecho de ser competente en el desempeño de una actividad: en ese caso hablaría en plural (las competencias), pero ya escribí sobre ellas en una entrada anterior. Ahora me centraré en la forma de afrontar, las personas y las organizaciones, el hecho de estar incluidos en un entorno en el que, inexorablemente, hay otros que hacen lo mismo. Es interesante —a mí me lo parece— analizar cómo se afrontan esas relaciones, digamos, horizontales.

Foto: j.o.h.n. walker

Diccionario [a lo mejor me meto en un problema porque, cuando voy a consultarlo, ya tengo definidas las líneas maestras de mi escrito]. En el que utilizo siempre, se abren dos entradillas distintas para la misma palabra.

  1. Cualidad o condición de competente.

  1. Hecho de competir / Competición deportiva / En algunas actividades, especialmente en el comercio: conjunto de los competidores / Hacer la competencia: competir con ella.

Así que encontramos dos caminos distintos: en uno, se hace referencia a ser competente y, en otro, a ser competitivo. Si hay dos caminos distintos, que sean paralelos, convergentes o divergentes, termina siendo, a la larga, una cuestión electiva.


Echo otra ojeada más a la entrada competente: “Persona que tiene capacidad y preparación para el desarrollo de su actividad”.

Y otra, —última, lo prometo— a competitivo: “Capaz de competir”.

Ya tenemos elementos para armar el discurso. Veremos a dónde os lleva.


Las personas son competentes —pueden llegar a serlo: ése debería ser su objetivo—.

Las organizaciones son competitivas —si no lo son, terminarán por  desaparecer. También pueden cambiar: esos cambios deberán producirse para poder garantizar, por medio de su competitividad, su capacidad de supervivencia—.


Y ahora, centrado ya en la competencia, apunto así en desorden cosas que se me van ocurriendo; más tarde trataré de organizarlo.

Detrás de la competencia se encuentra el afán de superación, la lucha por mejorar. Algunos entienden —a mi juicio erróneamente— que la clave está en ganar a los demás. Hay una frase acuñada que, copiada del nefasto modelo del fútbol super-profesional, he oído múltiples veces repetida. La dicen entrenadores portugueses, la oyen los padres que acompañan a sus hijos a los partidos —y así les luce el pelo con sus comportamientos en la banda— y la repiten los propios niños. Encierra un propósito devastador, que condena para siempre el espíritu de Coubertin al afirmar que “a mí no me gusta perder ni a las chapas”. Dos apuntes, además de los que cada uno pueda observar en éste o cualquier otro sentido [ahí están las hojas de comentarios, como si fueran las de reclamaciones]

  1. Desconfiad siempre de la gente que inicia sus frases con esos falsos protagonistas “a mí”.
  2. Todos los que hablan del juego de las chapas, ¿saben de qué hablan? Mis hijos piden chapas en los bares, como antes hacíamos muchos, y me consta que actualmente es un comportamiento extravagante: la reacción sorprendida de los camareros denota que es francamente inusual.


En una de mis facetas profesionales, como panadero, siempre entendí una máxima que aplico desde el primer día que tuve que desempeñar esa labor. El resto de profesionales del sector, todas las panaderías y confiterías de mi entorno, son, a mi juicio, compañeros de profesión, no la competencia. Los que considero mi competencia son aquellos que practican el intrusismo y que, empleando en su propia contra la indefinición, se meten en el camino del compañero, abandonando de paso sus señas de identidad. Son, por ejemplo, carniceros que venden pan, quiosqueros que venden pan, pescaderos que venden pan o cualquiera que, sin más criterio que, abusando de los límites de la confianza y el mal gusto, se mete a molestar en la casa del vecino. Ahora las gasolineras venden pan y lo ponen en bolsas de plástico con la inscripción: “Especialistas en pan”. Su reclamo es un cartel que anuncia “Tenemos pan recién horneado”. Ellos sí son competencia.

También son mi competencia las Grandes Superficies, las que han modificado los hábitos de consumo y alejan a los consumidores de los núcleos urbanos para llevarlos a recintos feriales donde son tratados como reatas.

Pero los que sufren, igual que yo, las penurias del ejercicio de una tarea común, ésos son mis compañeros de profesión, no la competencia.

Por eso, porque mucha más gente piensa igual, se organizan las asociaciones profesionales. No hablaré de la que me toca cerca y a la que pertenezco, porque en este artículo me he planteado ser positivo.

Por eso se organizan semilleros de ideas, congresos, reuniones, conferencias, simposios, saraos varios: su propósito es compartir ideas y experiencias, crecer y hacer crecer con las ideas propias y las de los demás. Ya se ha superado la fase del recelo temeroso del espionaje industrial. Es otra demostración más de que avanzamos hacia una sociedad de los hábiles. Se está paulatinamente cambiando hacia otro modelo en el que, interiormente, la mayoría sabe que el conocimiento no es lo realmente importante. Antes, lo que los panaderos o confiteros atesoraban era su recetario: sus fórmulas mágicas, conocimientos arcanos que se transmitían de generación en generación y que había que envolver en un misterio cegador. Una especie de fórmula de la Coca-cola “urbi et orbi”. Ahora las cosas han cambiado: todos quieren enseñar sus fórmulas, sus recetas. Se editan libros, se emiten programas de TV, se hacen clases magistrales con multitudinaria asistencia. En el gremio de la cocina —otros le llaman hostelería o restauración; yo soy más clásico y, teniendo en cuenta que siempre he defendido el carácter bíblico de mi profesión, me quedo en llamarles cocineros, sin pretender con ello ofenderles—, el espectáculo ha alcanzado los niveles de los grandes magos. Para algunos profanos son percibidos como herederos de la alquimia. No cuestionaré la validez de ese protagonismo de los cocineros (no lo haré ahora), pero afirmo tajantemente que todos quieren mostrar sus cartas, enseñar sus trucos, compartir con los demás —los que se quieran asomar— lo que saben.

No sólo en esos gremios: la profusión de intercambio de conocimientos viene dada porque todos implícitamente reconocemos que los conocimientos no son lo verdaderamente importante. Aunque yo supiera las fórmulas que utiliza Adrià, aunque tuviera su instrumental y aparataje, aunque contara con un equipo tan numeroso y preparado como el suyo, sería incapaz de igualar su espectáculo. No tengo las habilidades para hacer lo que él y su equipo hacen. Eso es lo que él atesora con firmeza. En inglés se explica mejor: es su “know-how”, saber cómo. Las cosas que cada uno lleva en su mochila, que ha ido atesorando con el paso de los años, sumando sus experiencias individuales. Lo que cada uno sabe hacer, sus habilidades, que, ni aunque lo intente, será capaz de transmitir.

La única forma de adquirir y desarrollar habilidades es mediante la práctica y la repetición. Por eso gran parte de la Formación está desvirtuada. Atiende a la transmisión de conocimientos, pero olvida la necesidad de la experiencia personal del que quiere aprender, olvida que la repetición y la interiorización son los mecanismos para el desarrollo de hábitos y que sólo tienen sentido cuando se manifiestan, por la interacción, en un contexto social.


Volvamos a la competencia. Ya vimos que no es lo mismo ser competente que competitivo, ni el proceso pasa necesariamente por ganar en una lucha en la que sólo uno permanece.

Realmente, debemos trabajar con intensidad en formular un nuevo modelo de relaciones personales. Tenemos que conseguir una profunda conversión que transforme a las personas para conseguir una forma de entender el mundo que sea mayoritaria. El elemento esencial está en la (auto)superación. El símil deportivo es ejemplar; la forma de entenderlo, no siempre.

En la liga de fútbol de Primera División compiten 20 equipos y, es un axioma, sólo uno puede ganar. Pero no sólo el que gana sobrevive. Hay varios equipos que pueden entender que su temporada ha sido un éxito, habiendo quedado muy lejos del primer clasificado. Es esencial establecer retos a la medida de las distintas organizaciones (los clubes de fútbol lo son, aunque no siempre lo parezcan). No todos pueden quedar el primero y, establecer ese objetivo para todos, además de utópico, es de imbéciles.

No sólo triunfa el que queda el primero. Si pensamos en ciclismo, no todos pueden ser Contador, no todos pueden ganar el Tour: ni Contador puede ganar el Tour todos los años. Que le pregunten a Samuel Sánchez si el Tour de 2011 fue un éxito para él: vencedor de una etapa, ganador del maillot de la montaña, pero peor resultado en la clasificación General que el año anterior.

Si este año disputaron el Tour 198 ciclistas, no hubo un único ganador, el australiano Cadel Evans; muchos otros disfrutaron de éxitos diferentes. Para algunos fue un mal Tour: algunos, por caídas, quedaron alejados de alcanzar sus objetivos. Otros no tuvieron un buen Tour, pero alcanzaron éxitos en otras pruebas del calendario. Para algunos fue un mal año: el deporte enseña eso, aceptar los reveses y afrontar con más ganas de superarse la próxima prueba, el siguiente reto.

Los deportistas deben asumir que la esencia de su progresión está en su esfuerzo continuado antes de las competiciones deportivas. Sus entrenamientos, sus esfuerzos continuos durante mucho tiempo se concentran en unos pocos instantes. En la final del reciente campeonato del mundo de Atletismo, Usain Bolt fue descalificado por adelantarse unas milésimas en su tiempo de reacción.

Los JJ OO se celebran cada 4 años. Una lesión inoportuna, una indisposición temporal, frustra el esfuerzo continuado de dedicación y entrega de toda una vida. Superando la máxima olímpica: lo realmente importante, lo trascendente de veras, es ese esfuerzo continuo, el afán de superación. Participar debe ser una experiencia irrepetible, pero el hábito del esfuerzo marcará tu vida.

Participar en una actividad deportiva —y hacerlo estableciendo un propósito razonable— implica entender que, aunque sólo uno gane, muchos pueden alcanzar el triunfo.


Las organizaciones están fundamentadas en las personas que las conforman. La importancia de la dimensión humana no puede desdeñarse. Inspirado por una conferencia que he visto recientemente de Koldo Saratxaga, reclamo la necesaria relevancia de una característica que, últimamente, las organizaciones están crecientemente abandonando: la proximidad.

Se debe desarrollar una nueva estructura de relaciones en las organizaciones:

-      Relaciones internas. Tratar a todos los miembros de una organización como personas. Superación de las divisiones jerárquicas y (des)calificatorias entre directivos y trabajadores. [Leo últimamente un término que se ha puesto de moda: CEO, no sé muy bien lo que significa, pero suena realmente feo]. Afirmar que el capital humano es el activo más importante de una organización y centrar exclusivamente los esfuerzos de mejora —vía “coaching”— en una casta absurdamente privilegiada, es un profundo contrasentido y una absurda sinrazón. Siempre fue importante, pero ahora empieza a ser urgente, la necesidad de conectar tareas, dentro de un entorno organizado, que conduzcan a alcanzar objetivos comunes. Las organizaciones deben fomentar el desarrollo de una ética de la responsabilidad personal que prime el enriquecimiento recíproco por medio del desarrollo de habilidades útiles y compartidas.

-      Relaciones externas (con clientes y proveedores). Entender que son compañeros de viaje y, por tanto, es preciso encontrar un acomodo recíproco. Establecer relaciones en las que todas las partes obtengan algo de provecho y entender que las relaciones basadas en un desequilibrio implícito son, en la práctica, inviables. Plantear relaciones a largo plazo; las que se fundamentan en intereses no duraderos son meras transacciones que, con perspectiva, resultan ser poco rentables.

-      Relaciones sociales. Búsqueda de localización, lo que implica implantarse en un entorno de proximidad. Los planteamientos actuales, de los que hablan los libros y vemos sus consecuencias cada día que pasa, se fundamentan en un modelo erróneo, perjudicial e insostenible.

La deslocalización lleva acarreada la despersonalización que, a su vez, implica la deshumanización. Cuando una organización se deslocaliza, se desarraiga, pierde los vínculos que necesita para conectarse con el entorno próximo en el que opera. La primera medida para la deslocalización es recortar costes salariales, prescindir del personal en plantilla, para buscar trabajadores más baratos. La consecuencia es que las organizaciones olvidan su dimensión humana y se centran en balances, instrumentos al alcance de cualquiera que carezca de escrúpulos y del mínimo sentido común.


¿Soluciones? Sólo hay una: Desarrollar un nuevo modelo basado en la búsqueda de relaciones confiables, fundamentadas en algunos valores clave:

-      Entre iguales (no idénticos)

-      A largo plazo

-      Crecientes en valor recíproco

-      Empleando el mecanismo básico de la confianza

-      Compartir frente a competir

El resultado: habremos invertido en beneficios continuados, duraderos y perdurables. Abandonando un antiguo (y superado) modelo de competencia, nos habremos dotado de las habilidades necesarias para llegar a ser realmente competentes.

Sí que suena bien.